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martes, 27 de junio de 2023

CUTO, EL HIJO PRÓDIGO . (CUENTO)





I

EL DESTIERRO

Eran aproximadamente las seis y media de la tarde, cuando el sol intentaba ocultarse, la fría tormenta de la noche principiaba a caer en los rostros de los curtidos pobladores de Pacanguilla y todo se tornaba negro a nuestro alrededor. Entonces la luz artificial comienza a brillar con el canto tris-te de los grillos que a veces nos hacen llorar sin encontrar consuelo en nuestro sufrido corazón que va describiendo un haz de ilusión y esperanza. Pareciérase que todo se va a derrumbar con el silencio profundo del inmenso manto negro del anochecer, pero un grito insistente nos devuelve a la realidad.

-        ¡Papá, papá, el Cuto! Señalaba con su dedo, Warner, el hijo menor de mi hermano José.

Efectivamente era el Cuto, nuestro perro que mi hermano Javier lo había traído desde la lejana tierra cajamarquina de Santa Cruz.

El cuto ni bien escuchó hablar a Warner inmediatamente reconoció su voz y corrió a abrazarlo dando saltos a su al-rededor. Empezó lamiéndole los pies, las manos y Warner se agachó para acariciarlo.

-        Papá, papá, es el cuto, volvió a decir Warner.

Agárralo hay que llevarlo a la casa, manifestó José.      Javier regresó a casa, después de una larga ausencia de casi tres años. Estuvo por las lejanas tierras de Santa Cruz trabajando en un proyecto de electrificación. Un domingo, casi faltando dos días para celebrar el día de la madre, llegó. Traía consigo muchos regalos para cada uno de sus hermanos y sus padres. Todos recibimos contentos los regalos. Pero el más contento era mi padre. Para él, Javier había traído un hermoso perrito de color canela, boca ancha y negra, enormes y hermosas patas; pero por no tener rabo inmediatamente le pusimos por nombre Cuto.

Cuto era la mascota más mimada de nuestra familia. Era mimado por todos. No le faltaba nada: buena comida, útiles de aseo, vacunas. Lo bañábamos siempre en la enorme acequia que discurría cerca de la casa, con agua pura, cristalina como la luz del sol. Lo llevábamos al veterinario para que le ponga sus vacunas. Era el engreído de la casa. Cuando era necesario lo sacábamos a pasear por el campo para que se distraiga corriendo detrás de los cañanes, de las iguanas, de los zorros y era perseguidor implacable de los hurones y zorrillos.

Un día, amanecieron muertos seis pollitos que nuestra gallina, Flor de Haba, había sacado en una camada. Empezamos a indagar quien era el culpable. Pero los resultados eran negativos, hasta que una mañana encontramos al Cuto con el hocico manchado de sangre. Mi padre le riñó y le perdonó por ser la primera vez. De allí en adelante aparecieron más animales muertos como patos, pavos, gallinas, cuyes. Enormes nidadas de huevos también fueron a parar en el estómago del Cuto.

-        Hay que matarlo, sentenció mi padre.

Nosotros nos pusimos tristes y le rogamos que no lo hiciera que mejor le diera otro castigo. 

Entonces el destierro será su castigo, dijo mi padre.

Aquel día nadie comió en casa. Todos estábamos muy tristes. Esa noche la pasamos en vela. El Cuto había sido apresado y lo tenían amarrado en un enorme guayabo que estaba al frente de nuestra casa. A escondidas de papá, nos fuimos despacito para que no nos sientan, ya que todos dormían, en busca del Cuto. Éste al vernos empezó a quejarse y con su lengua comenzó a lamernos la cara.  Nos dio mucha pena. Le agarramos la nuca y como si nunca nos fuéramos a ver, nos abrazamos de su cuello. Pasamos nuestras manos por sus ojitos y sentimos que algo caliente salía de ellos. Eran sus lágrimas. Estaba llorando y nosotros también.  Nos retiramos cuando la luna estaba ya por ocultarse.

Los encargados de cumplir la orden de nuestro padre fue-ron mis hermanos mayores Hugo y Juan. Cogieron al Cuto, lo metieron en un saco de color negro y fueron en una mototaxi rumbo a Chiclayo, y cuando oscurecía lo abandona-ron por las pampas de la Sandía. El cuto se quedó quietecito mirándolos hasta que se perdieron en el horizonte, quizás resignado a su mala suerte, y a cumplir el castigo por haberse portado mal con sus amos. El que más sintió la partida del Cuto fue mi hermano Javier porque esa noche y muchas otras se puso a orar en la Iglesia “Casa de Oración” para que no le pase nada al Cuto y que Dios tenga compasión de él. Muchas noches la familia entera se reunió en la iglesia para seguir orando y haciendo vigilia para que Dios haga su voluntad con el Cuto.

 

 

 

 

II

EL CHACARRÓN

El Cuto se quedó perdido en la superficie de la oscuridad. Y buscó dónde guarecerse del descomunal frío que en ese momento le calaba hasta los huesos. El viento silbaba en la penumbra de la noche levantando polvareda que le fastidiaba los ojos y le era casi imposible orientarse y saber dónde se encontraba en ese instante. Presentía que la pampa de las Sandías. Era enorme y empezó a sentir mie-do por primera vez. De tanto caminar, a lo lejos divisó un pequeño bulto en medio del desierto. Apuró sus pasos y conforme iba avanzando se dio cuenta que era una casa de campo. De adentro salía el reflejo de una pequeña luz. Dio la vuelta por la vivienda y no había forma de ingresar. Todo estaba cerrado. La puerta estaba bien trancada. Por más que buscó donde cobijarse y pasar la noche no encontraba lugar, hasta que divisó un montón de paja de frijol, y allí se acomodó acurrucándose hasta quedarse dormido. 

Con los primeros rayos del sol, el Cuto escuchó que la puerta de madera empezó a crujir, alguien la estaba abriendo. Se dio cuenta que el dueño de la casa era un hombre alto, robusto, de tez morena, de ojos muy vivaces y que promediaba unos cuarenta y ocho años. Vestía pantalón Jean, zapatillas azules, camisa a cuadros y estaba puesto un sombrero blanco.

El Cuto sin pensarlo dos veces salió de su escondite lentamente, desperezándose aún. El dueño de la casa al verlo se asombró mucho y le dijo:

-Hola amigo, ¿qué haces allí? ¿quién te ha traído hasta acá?   

El cuto solamente movía su cola de felicidad porque aquel hombre lo estaba tratando amablemente.  

-Ven amigo, no temas. Seguro que tienes hambre, así que ven come- Le decía muy contento aquel desconocido. Así que el Cuto no lo pensó dos veces y fue detrás de la persona que le indicaba que ingrese a la casa. Una vez que estuvo adentro, observó que la casa tenía una salita pequeña, que al costado estaba un enorme fogón y al fon-do había una cama de madera. El dueño de la casa fue directo a las ollas que estaban a un costado del brasero y de allí sacó un poco de comida vaciándolo en un enorme mate. Era camote sancochado, se veía exquisito. En un abrir y cerrar de ojos, el Cuto se despachó los deliciosos camotes.  Enseguida el dueño le dijo amablemente:

-Sabes, creo que Dios te ha traído por estos lares. Tantas noches le he pedido que me dé una compañía y creo que me escuchó porque tú vas a darme ese cariño que tanto necesito. Desde aquel día el Cuto se quedó a hacerle compañía porque no tenía a dónde ir y estaba pagando caro su mal comportamiento. Estaba lejos de su anterior hogar. No tenía con quien jugar. Le faltaba ese calor de familia y extrañaba mucho a las hembritas que había cerca de la casa de don Eugenio ya que muchas de ellas fueron suyas.  Siempre, su nuevo dueño, salía de noche y regresaba de madrugada montado en su caballo alazán. Venía repleto de muchas cosas. Y ya entrada la mañana,  llegaba una camioneta con tres personas, las cuales bajaban y llevaban a la camioneta de las cosas traídas como: radios, televisores, licuadoras, etc.

El hombre cada noche que salía, le decía al Cuto:

-Bueno, te dejo cuidando la casa. No me demoro, regreso pronto.  Se marchaba en la oscuridad de la noche. La primera vez que lo dejó tuvo que amarrarlo junto a un enorme Guayaquil que estaba al frente de la casa. Pero conforme fue teniéndole confianza empezó a dejarlo suelto. Una tarde, cuando el sol declinaba en el horizonte, el Cuto escuchó pasos de caballos que se acercaban raudamente con dirección a la casa y empezó a ladrar fuertemente alertando a su dueño, quien se encontraba durmiendo. Esto permitió que su amo se escapara montado en su brioso caballo alazán porque sabía que venían por él, eran los de la policía nacional.  Ni bien llegaron los policías, agarraron a chicotazos al Cuto por haber avisado su llegada.  Querían atrapar con las manos en la masa al  “Cholo Chacarrón”, osado delincuente, jefe de la banda “los atorrantes”, que siempre paraba escabulléndoseles.

-Perro simplón, defiendes al delincuente.

-Zas, zas, zas, zas sonaban los chicotazos que los policías le propinaban al Cuto, muy enojados por su comportamiento.

-Vuelve acá perro vagabundo, le gritaban.

El Cuto salió como flecha disparada, no miraba hacia atrás, corría y corría con todas sus fuerzas por los arenales de las pampas de la sandía. Los policías no lo persiguieron. Lo dejaron ir por el inmenso arenal, para que allí se muera de hambre y de sed.

                                          III

LA MUJERIEGA

 Después que los policías lo asustaron, el Cuto empezó a vagar por los candentes arenales de las pampas de las Sandías, sin rumbo fijo. Era casi el medio día. El sol estaba muy candente. Sus patas estaban inflamadas de tanto caminar. No había ningún árbol a la vista para que pueda protegerse del calor infernal que hacía. Ya no podía más. Su cuerpo no resistía la inclemencia del sol. En ese instan-te se acordó de Dios porque en la casa de don Eugenio todos los días a la hora de comer los alimentos o a la hora de acostarse siempre oraban implorando a Dios la agradable bendición. “Padre nuestro que estás en los cielos, tú que eres el creador de todas las cosas del universo, perdóname por haber faltado a tu palabra, por haber desobedecido a mi familia que tanto me amó, perdóname todas mis iniquidades cometidas, no me dejes que muera de hambre y de sed, dame la oportunidad de vivir y poder glorificar tu nombre”, era la oración que en ese momento el “Cuto” acababa de efectuar. Tenía los ojitos llenos de lágrimas. Ni bien los abrió, distinguió a los lejos, en medio del desierto, a un enorme zapote y fue directo hacia él. Se arrodilló y expresó: “Gloria a Dios, eres gran-de y poderoso mi señor, rey de reyes”. Y se tiró panza arriba. La sombra que éste daba incitaba al descanso que tanta falta le hacía. Así se quedó dormido profundamente, rendido de tanto deambular por el desierto.   Despertó cuando el sol besaba la quietud de la noche.  Su hambre era exagerada. La boca estaba reseca. Necesitaba agua para poder refrescarse. De pronto escuchó ruidos de moto-res muy cercanos a donde se encontraba. Se alegró de estar cerca de la civilización. Se levantó lentamente y empezó a caminar en dirección a donde provenían los ruidos. Y caminó, caminó y caminó hasta que se dio cuenta que era la enorme panamericana. Estaba salvado. Ni bien se fue acercando observó en la penumbra de la noche, algunas casas cercanas, a la carretera, y leyó un letrero que decía “Bienvenidos a San Juan de Dios”, ciudad de bendición. 

A la entrada del pueblo había una casita con una luz muy tenue que llamaba la atención porque estaba pintada de un color fucsia fosforescente y que a leguas se distinguía del resto de casas por el exorbitante color, y el Cuto sintió una corazonada, que ahí le iría mejor, por eso enrumbó hacia allá. Primero dio una vuelta alrededor de la casa para ver si alguien estaba adentro, en ese instante escuchó una voz femenil que decía:

-Elena, Elena, Elena, mira un perro cuto está aquí.

-Ven corre, rápido, parece que está enfermo.

-Apúrate, antes que se vaya.

La otra fémina salió corriendo con una toalla en la cintura porque recién acababa de bañarse.

- ¡Ah, caramba, qué lindo perrito!

-Hay que darle de comer, parece hambriento y cansado.

-Está bien Maritza, pero hay que avisarle a Katia no se vaya enojar porque hemos decidido darle de comer a este lindo perrito, argumentó Elena.

Y desde aquel día el Cuto pasó a cuidar la casa de aquellas mujeres. Siempre veía que llegaba una mujer montada en un enorme caballo y las otras dos mujeres la atendían en todo. Le preparaban sus ricos alimentos. Le lavaban su ropa. Y lo más curioso que el Cuto observó fue que dormían juntas las tres, en una sola cama.  

Cada vez que salían a la calle, montadas en chúcaros caballos, acompañadas del Cuto, la gente gritaba:

-Allí va la mujeriega-

-Muchachas ahí viene la mujeriega-.

-Cuidado con la mujeriega. Y todos los palomillas del pueblo se echaban a reír a carcajadas cuando veían aparecer, a Katia, montada en un brioso caballo alazán junto a sus mujeres. Vestía un hermoso pantalón jean, una fina camisa a cuadros, un sombrero palma, unas enigmáticas botas de cuero de cocodrilo y una hermosa pañoleta color naranja rodeaba su fino y delicado cuello.  Desde muy joven tuvo estas inclinaciones y gustos por las hermosas jovencitas del pueblo a quienes solía corretear hasta que rendidas, caían en sus brazos. 

-Te voy a mandar violar para que te hagas mujercita-, le gritaba su hermana mayor a una asustada y temerosa Katia. Esas palabras quedaron grabadas para siempre en la mente de Katia. Constantemente su hermana le hacía recordar en el lugar en que se hallase; ya sea en la casa, en la calle, en la escuela o en cualquier otro lugar. Continuamente le repetía que “practicar sexo con un hombre”, "probar un buen varón", la enderezaría, y volvería hacer bien mujer.  Katia caía en llanto y depresión por los insultos de su hermana. Continuamente le decía: “una mujer que llora por otra, no es correcto”. Debes llorar por un buen hombre que te haga sentir bien mujer. El constante acoso de su hermana por hacerla cambiar su opción sexual despertó su apetito amatorio por las mujeres.

Su primer y gran amor de la “mujeriega” fue una monja, a la que conoció en la infancia, allá en su adorado pueblo de San Juan. Cuando se enteró que su enamorada sería monja porque sus familiares no aceptaban su relación, se deprimió. Los días los pasaba de cantina en cantina emborrachándose para matar sus penas, pasaba los días. Hasta que una noche, según cuentas los pobladores, partió a Lima en busca de su primer amor. Estando allá, se disfrazó de monja, y así pudo ingresar al convento. Estuvo deambulando varios días dentro de ese claustro hasta que, por fin, una noche de invierno, pudo encontrar a su amada y logró convencerla para que regresen   a su San Juan querido.

Un día de intenso sol, Maritza dejó la puerta de la recámara entreabierta, el Cuto podía estar por toda la casa menos en ese lugar, pero su curiosidad hizo que lentamente ingresara al recinto. Las paredes estaban pintadas de color morado y el zócalo, rojo. Por todos lados había dibujos de mujeres desnudas que adornaban la habitación. Se quedó asombrado de lo que había descubierto.  Más allá, en el centro, había una mesita de noche donde Katia posible-mente colocaba su sombrero, su enorme reloj acuático y su inseparable pañoleta azul. Y a un costado del tálamo estaba un imponente aparador.  El Cuto intrigado por saber qué es lo que contenía el bendito aparador se paró delante de él en dos patas y con sus enormes y filudos dientes fue jalando despacito y ¡Oh sorpresa! Había siete penes de diverso tamaño y grosor, y su nombre que estaba escrito correspondía al nombre de cada día de la semana. Sor-prendido, al Cuto le pareció que los penes eran deliciosos huesos. Así que escogió el más grande, lo sujetó fuerte con sus dientes y se dirigió a la calle para darle trámite.

-Oye perro degenerado-

-A dónde vas con eso, le gritó Maritza.

-Elena, Elena, Elena, mira lo que lleva el Cuto en su boca, agárralo a palos por degenerado y sinvergüenza.

-Plaf, plaf, plaf, sonaban los chicotazos sobre su lomo.

Casi muelen a golpes al pobre Cuto. Pero luego de evadir algunos chicotazos, en un descuido de Elena quien se encontraba parada en la puerta para no dejarlo salir sin recibir su merecido, saltó encima de ella y salió a la calle aullando de dolor y empezó su loca carrera por la orilla de la pista rumbo al sur, huyendo de la casa de esas mujeres locas que casi lo matan a golpes. Él no sabía porque lo habían maltratado tan feo. 

Deambulando por esos lares y todo maltrecho por los latigazos recibidos, estuvo casi una semana perdido y no sabía exactamente donde se encontraba. Había llegado a otro pueblo. Se mantuvo comiendo desperdicios que la gente arrojaba desde los ómnibus y a veces no comía nada. Por las noches se cobijaba en los nichos del cementerio porque allí nadie lo molestaba, ni siquiera los muertos. Se lamentaba de su mala conducta, de no haberse portado bien con don Eugenio. Allá había tenido de todo. Buena comida, bien aseado, jugaba con los hijos de don Eugenio, sus vacunas al día y más que todo seguía extrañando a las hembritas que había dejado.  Así que esa noche empezó a orar a Dios para que haga su voluntad. Ya bastante castigo había tenido por su mala acción y lo estaba pagando caro. “Tenme piedad, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito, lávame a fondo de mi culpa, y de mi pecado purifícame. Pues mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin cesar está ante mí; contra Ti, contra Ti solo he pecado, lo malo a tus ojos cometí.” Imploraba el Cuto sin cesar. Había doblado sus patas delanteras y con su cabeza pegada a la tierra, lloraba amargamente para que Dios le muestre el camino a casa y pueda ser recibido nuevamente por don Eugenio, no importa, aunque tenga que estar amarrado por malcriado, pero quería regresar a su querencia. Así se quedó dormido profundamente.           

                                          

IV

EL NOYO

 Al amanecer se levantó con ganas de buscar el camino a casa. Merodeó todo el día por las calles de Pacanguilla sorteando muchos peligros, hasta casi al caer la tarde.    

De tanto vagabundear, el Cuto llegó a la salida del pueblo, en la parte sur. Cerca había una enorme huaca y sobre ella se habían levantado unas pequeñas casitas de adobe con techo de calamina. Allí también a un costado de la huaca, junto a una acequia se encontraba el camal municipal. Husmeando, husmeando se fue acercando y se dio cuenta que unos perros vagos se peleaban por los desperdicios que caían por un enorme tubo hacia la gran acequia. Le dio ganas de ir tras esos manjares, pero unos fuertes ladridos lo detuvieron y no insistió más. Ya estaba anocheciendo y no había comido tres días, se sentía débil y cansado.

-Un perro cuto, está por acá, gritó alguien cerca de su presencia.

-Sí, es un perro Cuto, afirmaron varias personas   que empezaron hacerle un círculo con la intención de cogerlo.

Éste se hizo un ovillo en el suelo, cerró los ojos y se dejó llevar por las miradas de aquellas personas.

-Heeey, carajo qué pasa, gritó alguien saliendo de una de las casas de la Huaca.

Todos se esfumaron al ver aparecer a aquel tipo y corrieron en diferentes direcciones. 

-Ah es un perrito Cuto, venga para acá, parece que tienes hambre, vamos a la casa que hay bastante comida. El Cuto solamente movía su rabito de felicidad porque al fin alguien se había compadecido de su sufrimiento por culpa de su desobediencia.  Así el Cuto pasó a servir al “Noyo”, así se llamaba el hombre que lo había cobijado en su casa.

Después de tres días y al haber recuperado ya las fuerzas necesarias, el Cuto se sentía muy contento de estar en ese nuevo hogar. Veía que por las noches se reunían muchos jóvenes para jugar casinos y tomarse algunos tragos. Luego salían en grupos de a tres y regresaban en la madruga-da. Siempre hacían lo mismo hasta que un día “Noyo” le dijo al Cuto:

-Esta noche vamos a salir juntos y nos acompañarás. Nos servirás de campana.

El Cuto no entendía nada ni sabía que era campana, solamente estaba contento porque al fin iba a ir en busca de alguna aventura con su amo.  Aquella noche y varias no-ches seguidas fue el acompañante de “Noyo” y de sus amigos. Veía que buscaban en casas que habían sido marcadas con una cruz a un costado de las puertas e introducían debajo un papel con una nota o a veces envolvían una bala y la depositaban en el mismo lugar. El Cuto estaba cerca de ellos o a veces se quedaba a una cuadra de distancia para avisar con sus ladridos si alguien se acercaba.

Así la pasaban, en la casa vivían felices, había abundante comida y el Cuto era el engreído. Se había olvidado de don Eugenio y sus hijos. Había conseguido algunas hembritas en el barrio de la Huaca, qué más le podía pedir a la vida si lo estaba tratando muy bien.

-uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu, se escuchó en ese instante el sonido de la sirena   que emitía el carro de la Policía Nacional y todos los muchachos de la casa se pusieron nerviosos y querían salir corriendo; pero el “Noyo” se paró fuerte y dijo:

-Carajo nadie se mueve.

-Esos cojudos vienen por plata.

-Así que tranquilos muchachos.

Y todos se quedaron quietos. El Cuto se metió debajo de la cama del “Noyo”. Le tenía pánico a la Policía porque ya lo habían azotado una vez. El “Noyo” abrió la puerta y apareció un policía:

-Hola “Noyo” cómo es la guita, la tienes o no, cuidado con   hacernos venir por las huevas.

-No Jefe, aquí está completita. Y le alcanzó un paquete en-vuelto en una bolsa de plástico, de color negro.

-Muy Bien Noyo, eres un buen chico.

-Nada Jefe, es mi contribución porque ustedes se portan bien conmigo.

-uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu, se escuchaba nuevamente la sirena que se alejaba del lugar de la Huaca. Y el “Noyo” decía:

-Muchachos ya pueden salir, ya se fue la tombería. El cuto también salió   debajo de la cama, con un poco de temor todavía.

-uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu, se escuchó, al poco rato, nuevamente la sirena de la policía.

-Carajo estos cojudos qué se habrán olvidado, dijo el “Noyo”. Todos corrieron a esconderse nuevamente y el “Noyo” salió para abrir la puerta.

-No te muevas carajo, tú debes ser el “Noyo”.

-Sí, jefe, pero yo no hecho nada malo. Veinte policías del escuadrón verde lo apuntaban con sus armas listos para disparar.

-Vamos a ver cojudo, extorsionador de miércoles.

-Ya, enmarróquenlo, gritó el que parecía ser el jefe.

-Ya, busquen al resto.

-Bang, bang, se escuchaban los disparos que hacían los policías para amedrentar a los demás integrantes de la banda que esa noche fueron capturados junto a los malos policías que cobraban por dar protección al “Noyo”.

-jefe, aquí hay un perro debajo de la cama.

-Sácalo a chicotazos de ahí, debe ser la campana, ordenó el jefe.

-Zas, zas, zas, zas, sonaban los chicotazos en el lomo del Cuto. Trató de evadirlos. Tomó fuerzas y como pudo salió corriendo por entre las piernas de los policías.

-Ven acá perro atorrante, gritó un policía que parecía que lo conocía.

Y así, todo maltrecho se escapó y fue a esconderse en un montón de paja de arroz que estaba cerca de la Huaca. Y desde allí observaba cómo eran subidos al carro uno por uno los amigos del “Noyo”. Allí en el escondite se quedó dormido dos días, sufriendo por los golpes que le habían propinado. En ese instante lloró por su mala suerte y rogó a Dios que lo deje morir. Ya no quería vivir. Todo le salía mal. Si estuviera en la casa de don Eugenio no le hubiese pasado todo esto. Estaba arrepentido de su mala acción. Y así se la pasó llorando hasta que tomó la decisión de buscar el camino de retorno a la casa de don Eugenio, seguro de que le iba perdonar. Y empezó a merodear por las calles polvorientas de aquel enorme pueblo.  

                                          

 

 

 

 

 

 

 

 

 

V

EPILOGO

  - ¿Papá, papá!, sí, es el cuto, gritó desesperadamente Warner. José pasó suavemente su mano por el lomo del Cuto y éste empezó a saltar alegremente. Dio dos saltos mortales de alegría y con sus dos brazos rodeó por la cintura a José y a su hijo. Y de sus ojitos empezaron a caer dos gruesas lágrimas que mojaron la empolvada calle Leoncio Prado, lugar donde lo habían encontrado. Estaba flaquísimo, había cambiado de color canela a color pardo oscuro, producto de la suciedad.  José tuvo lástima y le ordenó a su hijo:

¡Warner!, coge al cuto llevémoslo a casa, papá no creo que se enoje. 

Fue así como el Cuto   volvió a nuestra casa. Le rogamos a Papá que lo deje vivir con nosotros. Le dijimos que estaba arrepentido de las malas acciones que había hecho y que ya nunca más iba a ser desobediente, también le dijimos que Dios le había dado al Cuto la última oportunidad en su vida de reivindicarse con nosotros. Papá dijo: Así será pues.

Hoy el Cuto vive con nosotros. Ya no se come los huevos. Tampoco mata a los animalitos. Ahora son sus amigos. Los pollitos duermen encima de él cuando está descansando debajo del enorme tumbo que existe en la casa. creo que el Cuto aprendió la lección y vive feliz como un rey.

 

 



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