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martes, 27 de junio de 2023

COPITO (CUENTO)


 

 

UNAS PALABRAS

 

Muy gratificante fue leer este texto narrativo muy sugerente, del escritor Eliodoro Martínez, que con gran soltura y apego al arte narrativo va describiendo al personaje central, Copito, un pequeño gato que fue recogido por Carlitos, un joven amante de los animales.

Con esta historia cuyo personaje central es el Copito, un pequeño felino de color blanco, me llevó a recordar mi cuento titulado “La gata misho”, que también fue recogido por una pareja de esposos, y que muy pronto se convirtió en la mimada del hogar, creando una ambiente muy alegre.

Cada una de las vivencias de Copito, en otros lares donde tiene que buscar modos de supervivencia y adaptarse a un mundo nuevo, hace de este relato una apetencia para quien lo lea y descubrir la trama que nos hace soñar despiertos.

 

Ya en otros textos, escritos por Eliodoro, con historias y personajes similares como el burrito Shorongo, veo su acercamiento hacia los animales a quienes, a través del relato, les da vida, crea y recrea a los personajes que se sumergen en mundos muy parecidos a los humanos, pero con una trama envolvente que al lector le sumerge en esas historias, y a veces “participa” de ellas.

La forma de relatar y el lenguaje sencillo utilizado por el escritor Eliodoro Martínez, hace que el cuento relato, sea digerible para grandes y chicos, que estarán deseosos de conocer más historias como esta. Vemos en él esa capacidad de desarrollar narraciones con personajes reales y mágicos a la vez, que buscan abrir espacios a la lectura.

El contacto con estudiantes, con la gente común, el visionar con la realidad de los pueblos andinos de nuestra América, le permite al escritor escudriñar lo cotidiano y que el arte literario lo hace sencillamente fantástico. Eso es lo hermoso de ser escritor, por cuanto tenemos la licencia de transgredir lo real para internarse en un mundo más humano.

Saludamos a Eliodoro por esta nueva historia narrativa de Copito, el pequeño gato que vive varias vidas, como las tiene un gato, acompañado de sus personajes que mientras van desarrollándose en parajes y pueblos costeros de su región, San Pedro de LLoc, al norte del Perú.

A través de esta historia muy emotiva, de paso, el autor nos hace conocer a su país, su gente, y sus costumbres.  Pero también la riqueza creativa de los escritores del hermano país vecino, que tuve la suerte de compartir con ellos en varios encuentros internacionales de literatura.

 

Oswaldo Mantilla Aguirre

NARRADOR Y PERIODISTA.

Quito-Ecuador.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

COPITO”

                                                                         En memoria de mi entrañable amigo, Carlos Enríquez Román.

 

Bajo la alborozada   mirada   del cielo Pacasmayino por la llegada de las primeras luces que besaban la quietud de la tierra y la plenitud del inmenso mar.  A esa misma hora, Carlitos, llegaba presuroso a comprar una prestobarba a la tienda de la esquina, esa que queda frente a lo que fuera la otrora estación del antiguo ferrocarril. Estaba tan apurado que pidió que lo atendiesen inmediatamente. Logró su cometido y fue atendido prontamente. Cuando estaba recibiendo su vuelto, sintió que alguien rasgaba la punta su pantalón. Dirigió la mirada hacia abajo y observó que el causante era un gatito. Éste apenas podía emitir maullidos e insistía en rasgar la bota del pantalón.

-miauuu, miauuuu, miauuuu maulló débilmente, otra vez el minino y su mirada era tan lastimera, tan triste como que si quisiera decir algo desde lo más profundo de su corazón. Carlitos tuvo compasión de él y se agachó para recogerlo. El gatito era de color blanco como los copos de nieve, tenía un ojo verde y el otro azul, estaba flaquísimo, sucio, maloliente y lleno de pulgas. Lo llevó a su casa para curarlo. Inmediatamente fue a la veterinaria a comprar un shampoo para gatitos. Luego empezó la gran tarea de bañarlo lentamente, y conforme iba completando el baño las pulgas iban cayendo por montones del pobre cuerpecito, éste se dejaba bañar tranquilamente parecíase a un niño bueno. Después del baño cogió la secadora y empezó el trabajo de secarlo. Éste quedó limpiecito, solamente le habían quedado por todo el cuello las cicatrices que las pulgas habían dejado al chupar la sangre al pobre animal. Carlitos buscó un lugar donde cobijar al pobre animalito por lo menos por esa noche hasta ver que decidir hacer con él posteriormente. Lo ubicó en un enorme cartón que estaba junto a su cama, lo abrigó con una chompa vieja que tenía por allí guardada. Esa noche el gatito durmió plácidamente. Aprovechando que éste dormía Carlitos fue a Tottus a comprar comida para gatos.

               Al siguiente día Carlitos tenía que ir a trabajar y pensó cómo resolver el problema del gatito en el departamento que alquilaba. Carlitos era un joven soltero, natural de Calca, Cuzco, había llegado a la provincia de Pacasmayo a trabajar en la Escuela Pedagógica Pública “David Sánchez Infante” de San Pedro de Lloc. Pero vio que el animalito seguía durmiendo, pareciérase que éste no había dormido muchas noches porque algún irresponsable lo había botado a la calle para que sufriera y se muera en la calle de hambre y de frío. Lo dejó durmiendo y se fue a su trabajo no sin antes dejarle la comida cerca por si acaso se levantara y buscara que comer.  Ya en el trabajo sus compañeros de labor le notaron un poco preocupado y cansado.

-Carlitos que te pasa te notamos preocupado, cuéntanos que te pasa, manifestaron en coros sus amigos más cercanos.

-No pasa nada, sino que ayer me encontré un gatito muy maltrecho por la calle y lo he recogido y lo tengo en mi casa.

-Ah, contestaron todos en coro.

Y empezaron a contarle como debe tratarle al pobre gatito. Y la charla, esa mañana se centró en torno a los cuidados y qué comidas comen los gatos. Otros fueron más allá y hablaron sobre la sexualidad de los gatos, en fin, un sin número de cosas se dijeron acerca al gatito.  

Cuando Carlitos regresó a su departamento a eso de las 2 y media de la tarde halló al gatito que había comido lo que le había dejado y parece que le gustó porque lo había acabado todo, y empezó a maullar, pero sus maullidos eran ahora alegres y ya no tristes.

Desde aquel día Carlitos perdió su soltería; dejó de ir a fiestas, a discotecas y a reuniones con sus colegas y otros amigos. Ya no se quedaba todo el día fuera del departamento. En suma, vivía pendiente del felino. Le puso como nombre “COPITO” porque se había enterado por internet que el gatito pertenecía a la raza de los SNOWY y porque en inglés significa “Nievecita” o “Copito de nieve”.

Al tiempo que crecía, el pelo de Copito fue haciéndose más blanco y su corpulencia era ya la de un gato adolescente.

En muchas noches, cuando Carlitos trabajaba en su computadora, Copito subía entre sus piernas y empezaba a ronronear hasta quedarse dormido o dirigía su mirada a la computadora ya que le gustaba mucho los dibujitos que ésta mostraba. A veces Carlitos seleccionaba películas de dibujos animados: de Micky Mouse, del gato con botas, del patito feo. Entonces Copito estiraba su pescuezo y se quedaba quitecito observando sus películas. Cuando no quería mirar la computadora, jugaba con Carlitos con una pelotita de trapo. Éste, le lanzaba la pelotita y Copito la atrapaba como si fuera un gran arquero y cuando no podía atraparla la mordía. Siempre deambulaba por el aposento, ése era su mundo. Si se asomaba por la ventana y escuchaba algún ruido que provenía de la calle, se asustaba y se escondía debajo de la cama. Así que el departamento se convirtió en su diversión.

Cada vez que Carlitos regresaba de su trabajo a las 2 y media de la tarde, encontraba las cosas en desorden o averiadas. Copito rompía las medias, mordía los zapatos, jalaba la sábana con sus filudos dientes, rayaba las paredes, también las ventanas y puertas porque tenía unas enormes y bien filudas garras, entonces Carlitos se vio obligado a cortarlas para que no siga cometiendo más fechorías.

Pasó el tiempo. Un día de caluroso sol, cuando el verano empezaba con todo furor a besar las hermosas playas pacasmayinas, Carlitos, conjuntamente con su novia, planearon ir a gozar de los brillantes rayos del sol, de las delicias de la arena y del encanto del mar. Decidieron llevar a Copito para que haga lo mismo. Cuando iban por la calle, éste miraba a todos lados, se asustaba con el bullicio de la gente, en especial de los niños, que se acercaban para acariciarlo atraídos por la delicada blancura de su pelo y por sus ojos de colores diferentes. Al llegar a la playa, Carlitos y su novia se sentaron a disfrutar del panorama y dejaron a Copito sobre la arena, pero de inmediato éste dio un salto y se perdió a toda carrera por entre la gente. Se había asustado con el incesante ruido de las olas. Carlitos y su novia empezaron su búsqueda y lo encontraron, tiritando de miedo, después de dos horas, junto a la verja de una enorme mansión levantada frente al mar. Carlitos tuvo que saltar para poder entrar, cogerlo y llevarlo a casa nuevamente. En otra ocasión cuando llegó la fecha más importante y anhelada por todo el mundo, la navidad: la novia de Carlitos le llamó por la tarde para proponerle pasar juntos esa navidad en su casa. Carlitos aceptó la propuesta, pero con la condición de llevar también a Copito. Esa noche, Carlitos y su novia fueron a la playa por unos minutos. Cuando salieron, Copito se quedó quietecito en el mueble, sin hacer ningún berrinche. Casi al promediar las 11.55 de la noche, los novios regresaron para darse el abrazo de nochebuena.  Pero, ¡Oh sorpresa! Copito había hecho de las suyas. Lo encontraron prendido en las estrellas de Belén, había destruido el colorido arbolito navideño y todos los adornos se encontraban, regados, por el suelo. Carlitos y su novia se miraron intrigados y luego soltaron una sonora carcajada.

Así vivía el sorprendente gatito. Y cada vez que Carlitos regresaba de su trabajo, lo encontraba mirando hacia la calle, sentado sobre la ventana. Desde afuera parecía un hermoso peluche. Pero un día que Carlitos retornó del trabajo, Copito ya no estaba allí. Abrió despacio la puerta y empezó a llamarlo, pero ningún maullido escuchó como respuesta. Después de tanto llamarlo, empezó a buscarlo y lo encontró debajo de la cama, abrazado de un hermoso peluche, un osito que le había regalado su novia. Cogió el peluche y empezó a jalarlo, pero Copito no lo soltaba, salió prendido encima del peluche. Cuando se desprendió, Carlitos se dio cuenta que el peluche estaba mojado. Copito había eyaculado. Desde aquel día su comportamiento fue cambiando. Ya no jugaba con la pelotita, tampoco se subía a sus rodillas sino quería estar junto al peluche. Este deseo sexual de Copito se debía a que ya era un gato adolescente, al que una gata, con tres gatitos, lo rondaba desde el techo de una casa vecina y lo ponía inquieto. Pero Copito tenía miedo de salir al patio de la casa a pesar de que Carlitos siempre lo sacaba a pasear para que se distraiga un poco y dejé de ser miedoso. Cada vez que la gata pasaba por el techo dejaba un olor que despertaba a Copito y lo volvía más inquieto,

Un día a Carlitos se le ocurrió sacara a Copito al patio de la enorme casa donde vivía, pero como en ese momento alguien tocó insistentemente la puerta, tuvo que dejarlo para atender el llamado. Cuando Carlitos regresó a ver a Copito, después de atender a su amigo, ya no lo encontró en el patio. Se había escapado por la pared y enrumbó por los enmarañados techos pacasmayinos. Pasó un día, pasaron dos, tres, muchos días más y no apareció- ¡Qué será del minino ¡-pensaba Carlitos -, ¡pobrecito dónde estará, con quién andará, estará enfermo, o de repente algún cazador malévolo lo había hecho caer en una trampa y a esta hora sería el deleite de un suculento estofado! . Todas estas ideas rondaban por su cabeza. Todas las noches, antes de acostarse, se arrodillaba para orar al pie de la cama y pedir a Dios que cuide a Copito. Una mañana fue al periódico “Últimas Noticias” y a las emisoras locales para poner avisos de la pérdida de Copito, en las que ofrecía una atractiva recompensa.

Varias noches seguidas tuvo que ir acompañado de su novia más un amigo y con linterna en mano a buscar a Copito por las casas abandonadas de Pacasmayo. También tuvo que pegar unos avisos en los mototaxis de algunos amigos.

       Mientras tanto Copito había caído en la casa de una familia de clase media. Era la casa donde lo había ido corriendo detrás de la susodicha gata que lo había vuelto loco. Allí pasaba sus días entre el sucio techo que se había convertido en su guarida. Encontró un gran amigo, un perrito salchicha llamado “Boby” quien desde el primer día que lo vio empezaron a congeniar. “Boby” lo llamaba con unos alegres ladridos y Snowy bajaba del techo y se ponían a jugar las escondidas por el enorme patio de la casa. Hasta que en una de esos días alegres apareció Rosita una alegre chiquilla, integrante de la familia, que lo albergaba.

-¡Un gatito, un gatito!

-¡Qué lindo gatito! 

-Mishi, mishi, ven acá.

Y Copito no sabía si correr o dejarse atrapar por la niña, pero como estaba hambriento, prefirió lo segundo. Fue así como se hicieron grandes amigos. Y empezó una gran amistad.

Un día Rosita fue por una semana a visitar a su abuelita a Jequetepeque y se había olvidado por completo de Copito por estar jugando con los demás niños disfrutando de sus vacaciones de medio año. Cuando regreso a casa lo primero que hizo fue ir corriendo al patio. Y empezó a gritar:

-¡Mishi, mishi, mishi, en acá gatito, hermoso, precioso!

Copito cuando lo vio inmediatamente se abalanzó sobre ella. Lo cogió y le dio un abrazo muy fuerte mientras éste le lamia la cara. Ese día empezaron las clases y la niña tuvo la genial idea de llevar a Copito a clase. Lo tuvo que esconder en su mochila para que no se diera cuenta la profesora puesto a que era un delito llevar animales a clase. Ese día la profesora empezó a tomar la tabla de multiplicar del número dos y el que no sabía los agarraba a palmetazos.

-Haber Juanita cuando es dos por dos, manifestó la profesora.

La niña se quedó muda no sabía la respuesta.

-Apúrate- volvió a repetir la maestra.

La niña seguía sin contestar y miraba al techo como queriendo encontrar la respuesta allí.

En eso la maestra volvió a repetir:

-¡Cuánto es dos por dos Juanita!

-miau, miau, miau, miau!, se escuchó en el silencio sepulcral del aula.

Y todos voltearon la mirada de dónde provenían esos maullidos. Efectivamente eran de la mochila de Rosita donde se encontraba Copito escondido. La maestra le ordenó que abra la mochila, y apareció alegremente la cabeza de Copito con su lengua rojiza le pasó por sus manos de la profesora. Ésta en lugar de enojarse se sonrió porque le había salvado a Juanita porque Copito contestó correctamente con cuatro maullidos la respuesta de la pregunta formulada. Y para probar que indudablemente Copito sabía multiplicar la profesora preguntó a otra niña:

-Cuánto es tres por dos, Lucía.

La niña se quedó muda y no sabía qué contestar. Y en eso se escuchó nuevamente:

-miau, miau, miau, miau, miau, miau.

Y desde aquel día Copito fue el más mimado de la escuela porque sabía multiplicar. Y Rosita había descubierto que él tenía un don, el de saber la tabla de multiplicar. Cuando regresaron a su casa su mamá se sorprendió al ver que Copito fue llevado al colegio y fue informada que sabía multiplicar. Y todos se alegraron de tener un gato estudioso en casa. Y los niños vecinos de Rosita todos los días desde aquel suceso se iban a jugar con él para preguntarle la tabla de multiplicar. La noticia que Copito sabía multiplicar llegó a los oídos del cirquero de los Hnos. Fuentes Gasca quien propuso a su dueño comprárselo para que haga su número en el circo respondiendo a la tabla de multiplicar, pero la propuesta fue aceptada por la dueña de la casa. Pero para que Rosita no sufra le dijeron que habían acordado alquilarlo para cada función. Copito había escuchado dicha conversación de que, o iban a vender y esa noche no comió, estaba triste, y tomó la decisión más fácil de todas, escaparse de la casa. Y en la media noche cuando todos dormían, se fue volando como el viento de techo en techo para nunca más volver a mirar atrás. 

Copito empezó a seguir deambulando por las calles y techo de Pacasmayo. Unos policías lo vieron y empezaron a corretearlo para atraparlo, pero no lo consiguieron porque él había campeón en maratón.  Después que los policías lo asustaron, Copito empezó a vagar por los candentes arenales de las palayas del mar pacasmayino, sin rumbo fijo. Era casi el medio día. El sol estaba muy candente. Sus patas estaban inflamadas de tanto caminar. No había ninguna sombra a la vista para que pueda protegerse del calor infernal que hacía. Ya no podía más. Su cuerpo no resistía la inclemencia del sol. En ese instante se acordó de Dios porque en la casa de Carlitos todos los días a la hora de comer los alimentos o a la hora de acostarse siempre oraban implorando a Dios la agradable bendición. “Padre nuestro que estás en los cielos, tú que eres el creador de todas las cosas del universo, perdóname por haber faltado a tu palabra, por haber desobedecido a Carlitos que tanto me amó, perdóname todas mis iniquidades cometidas, no me dejes que muera de hambre y de sed, dame la oportunidad de vivir y poder glorificar tu nombre”, era la oración que en ese momento el “Copito” acababa de efectuar. Tenía los ojitos llenos de lágrimas. Ni bien los abrió, distinguió a los lejos, en medio del desierto de la playa, a un enorme rancho y fue directo hacia él. Se arrodilló y expresó: “Gloria a Dios, eres grande y poderoso mi señor, rey de reyes”. Y se tiró panza arriba. La sombra que éste daba, incitaba al descanso que tanta falta le hacía. Así se quedó dormido profundamente, rendido de tanto deambular por el desierto de la playa.   Despertó cuando el sol besaba la quietud de la noche.  Su hambre era exagerada. La boca estaba reseca. Necesitaba agua para poder refrescarse. De pronto escuchó ruidos de motores muy cercanos a donde se encontraba. Se alegró de estar cerca de la civilización. Se levantó lentamente y empezó a caminar en dirección a donde provenían los ruidos. Y caminó, caminó y caminó hasta que se dio cuenta que era la enorme pista que conducía a Jequetepeque. Estaba salvado. Ni bien se fue acercando observó en la penumbra de la noche, algunas casas cercanas, a la carretera, y leyó un letrero que decía “Bienvenidos a Jequetepeque”, ciudad de bendición. 

A la entrada del pueblo había una casita con una luz muy tenue que llamaba la atención porque estaba pintada de un color fucsia fosforescente y que a leguas se distinguía del resto de casas por el exorbitante color, y Copito sintió una corazonada, que ahí le iría mejor, por eso enrumbó hacia allá. Primero dio una vuelta alrededor de la casa para ver si alguien estaba adentro, en ese instante escuchó una voz femenil que decía:

-Elena, Elena, Elena, mira un gatito está aquí.

-Ven corre, rápido, parece que está enfermo.

-Apúrate, antes que se vaya.

La otra fémina salió corriendo con una toalla en la cintura porque recién acababa de bañarse.

- ¡Ah, caramba, qué lindo gatito!

-Hay que darle de comer, parece hambriento y cansado.

-Está bien Maritza, pero hay que avisarle a Katia no se vaya enojar porque hemos decidido darle de comer a este lindo gatito, argumentó Elena.

Y desde aquel día Copito pasó a vivir en la casa de aquellas mujeres. Siempre veía que llegaba una mujer montada en un enorme caballo y las otras dos mujeres la atendían en todo. Le preparaban sus ricos alimentos. Le lavaban su ropa. Y lo más curioso que Copito observó fue que dormían juntas las tres, en una sola cama.  

Cada vez que salían a la calle, montadas en chúcaros caballos, acompañadas del Cuto, un perro de raza dóberman.  Y la gente gritaba:

-Allí va la mujeriega-

-Muchachas ahí viene la mujeriega-.

-Cuidado con la mujeriega. Y todos los palomillas del pueblo se echaban a reír a carcajadas cuando veían aparecer, a Katia, montada en un brioso caballo alazán junto a sus mujeres. Vestía un hermoso pantalón jean, una fina camisa a cuadros, un sombrero palma, unas enigmáticas botas de cuero de cocodrilo y una hermosa pañoleta color naranja rodeaba su fino y delicado cuello.  Desde muy joven tuvo estas inclinaciones y gustos por las hermosas jovencitas del pueblo a quienes solía corretear hasta que, rendidas, caían en sus brazos. 

Su primer y gran amor de la “mujeriega” fue una monja, a la que conoció en la infancia, allá en su adorado pueblo de San Pedro de Lloc. Cuando se enteró que su enamorada sería monja porque sus familiares no aceptaban su relación, se deprimió. Los días los pasaba de cantina en cantina emborrachándose para matar sus penas, pasaba los días. Hasta que una noche, según cuentas los pobladores, partió a Lima en busca de su primer amor. Estando allá, se disfrazó de monja, y así pudo ingresar al convento. Estuvo deambulando varios días dentro de ese claustro hasta que, por fin, una noche de invierno, pudo encontrar a su amada y logró convencerla para que regresen   a su San Pedro querido.

Un día de intenso sol, Maritza dejó la puerta de la recámara entreabierta, Copito podía estar por toda la casa menos en ese lugar, pero su curiosidad hizo que lentamente ingresara al recinto. Las paredes estaban pintadas de color morado y el zócalo, rojo. Por todos lados había dibujos de mujeres desnudas que adornaban la habitación. Se quedó asombrado de lo que había descubierto.  Más allá, en el centro, había una mesita de noche donde Katia posiblemente colocaba su sombrero, su enorme reloj acuático y su inseparable pañoleta azul. Y a un costado del tálamo estaba un imponente aparador.  Copito intrigado por saber qué es lo que contenía el bendito aparador se paró delante de él en dos patas y con sus enormes y filudos dientes fue jalando despacito y ¡Oh sorpresa! Encontró una cosa suave, blanda y un poco dura a la vez. Eran de diversos tamaño y grosor, y tenían escrito un nombre que correspondía a cada día de la semana. Sorprendido, a Copito le pareció que eran deliciosos parecidos a ricos trozos de carne. Así que escogió el más grande, lo sujetó fuerte con sus dientes y se dirigió a la calle para darle trámite.

-Oye gato degenerado-

-A dónde vas con eso, le gritó Maritza.

-Elena, Elena, Elena, mira lo que lleva Copito en su boca, agárralo a palos por degenerado y sinvergüenza.

-Plaf, plaf, plaf, sonaban los chicotazos sobre su lomo.

Casi muelen a golpes al pobre Copito. Pero luego de evadir algunos chicotazos, en un descuido de Elena quien se encontraba parada en la puerta para no dejarlo salir sin recibir su merecido, saltó encima de ella y salió a la calle aullando de dolor y empezó su loca carrera por la orilla de la pista rumbo al sur, huyendo de la casa de esas mujeres locas que casi lo matan a golpes. Él no sabía porque lo habían maltratado tan feo. 

Deambulando por esos lares y todo maltrecho por los latigazos recibidos, estuvo casi una semana perdido y no sabía exactamente donde se encontraba. Había llegado a otro pueblo. Se mantuvo comiendo desperdicios que la gente arrojaba desde los ómnibus y a veces no comía nada. Por las noches se cobijaba en los nichos del cementerio porque allí nadie lo molestaba, ni siquiera los muertos. Se lamentaba de su mala conducta, de no haberse portado bien con Carlitos. Allá había tenido de todo. Buena comida, bien aseado, jugaba con los amigos de Carlitos, sus vacunas al día y más que todo seguía extrañando a las hembritas que había dejado.  Así que esa noche empezó a orar a Dios para que haga su voluntad. Ya bastante castigo había tenido por su mala acción y lo estaba pagando caro. “Tenme piedad, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito, lávame a fondo de mi culpa, y de mi pecado purifícame. Pues mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin cesar está ante mí; contra Ti, contra Ti solo he pecado, lo malo a tus ojos cometí.” Imploraba Copito sin cesar. Había doblado sus patas delanteras y con su cabeza pegada a la tierra, lloraba amargamente para que Dios le muestre el camino a casa y pueda ser recibido nuevamente por Carlitos, no importa, aunque tenga que estar encerrado por malcriado, pero quería regresar a su querencia. Así se quedó dormido profundamente.           

Carlitos había perdido la esperanza de encontrar a su amigo, hasta que un día de radiante sol, apareció un mototaxista con Copito. Lo había encontrado abandonado por el mercado de abastos de las Palmeras de la parte Alta de Pacasmayo. Estaba todo sucio, flaco, herido y con unas enormes garras. Carlitos se alegró muchísimo, lo bañó como la primera vez que lo encontró y lo acostó en su cama; Copito dormía plácidamente con un ojo cerrado y el otro semi abierto como auscultando el peligro, ya no era el gatito de antes. Cuando Carlitos tuvo que cambiar su residencia a San Pedro de Lloc, decidió llevar a Copito. Allí, en un nuevo hogar sin amigos, paraba siempre inquieto y se mostraba   agresivo. Entonces Carlitos tuvo que darle en adopción a la señora que hacía la limpieza de la casa y que vivía en Jequetepeque.

Ha pasado el tiempo y la señora cuenta que ahora Copito vive feliz en la tierra santa del clarito, pasando sus últimos días y contando sus fantásticas historias a sus nietos. Allí resposa el guerrero indomable, mirando con sus ojos de colores diferentes, el cielo azul de sus hermosos recuerdos con Carlitos.

 

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