UNAS PALABRAS
Muy gratificante
fue leer este texto narrativo muy sugerente, del escritor Eliodoro Martínez,
que con gran soltura y apego al arte narrativo va describiendo al personaje
central, Copito, un pequeño gato que fue recogido por Carlitos, un joven amante
de los animales.
Con esta historia
cuyo personaje central es el Copito, un pequeño felino de color blanco, me
llevó a recordar mi cuento titulado “La gata misho”, que también fue recogido
por una pareja de esposos, y que muy pronto se convirtió en la mimada del
hogar, creando una ambiente muy alegre.
Cada una de las
vivencias de Copito, en otros lares donde tiene que buscar modos de
supervivencia y adaptarse a un mundo nuevo, hace de este relato una apetencia
para quien lo lea y descubrir la trama que nos hace soñar despiertos.
Ya en otros textos,
escritos por Eliodoro, con historias y personajes similares como el burrito
Shorongo, veo su acercamiento hacia los animales a quienes, a través del
relato, les da vida, crea y recrea a los personajes que se sumergen en mundos
muy parecidos a los humanos, pero con una trama envolvente que al lector le
sumerge en esas historias, y a veces “participa” de ellas.
La forma de relatar
y el lenguaje sencillo utilizado por el escritor Eliodoro Martínez, hace que el
cuento relato, sea digerible para grandes y chicos, que estarán deseosos de
conocer más historias como esta. Vemos en él esa capacidad de desarrollar
narraciones con personajes reales y mágicos a la vez, que buscan abrir espacios
a la lectura.
El contacto con
estudiantes, con la gente común, el visionar con la realidad de los pueblos
andinos de nuestra América, le permite al escritor escudriñar lo cotidiano y
que el arte literario lo hace sencillamente fantástico. Eso es lo hermoso de
ser escritor, por cuanto tenemos la licencia de transgredir lo real para
internarse en un mundo más humano.
Saludamos a
Eliodoro por esta nueva historia narrativa de Copito, el pequeño gato que vive
varias vidas, como las tiene un gato, acompañado de sus personajes que mientras
van desarrollándose en parajes y pueblos costeros de su región, San Pedro de
LLoc, al norte del Perú.
A través de esta
historia muy emotiva, de paso, el autor nos hace conocer a su país, su gente, y
sus costumbres. Pero también la riqueza
creativa de los escritores del hermano país vecino, que tuve la suerte de
compartir con ellos en varios encuentros internacionales de literatura.
Oswaldo
Mantilla Aguirre
NARRADOR Y
PERIODISTA.
Quito-Ecuador.
COPITO”
En memoria de mi entrañable amigo, Carlos Enríquez Román.
Bajo la alborozada mirada
del cielo Pacasmayino por la llegada de las primeras luces que besaban
la quietud de la tierra y la plenitud del inmenso mar. A esa misma hora, Carlitos, llegaba presuroso
a comprar una prestobarba a la tienda de la esquina, esa que queda frente a lo
que fuera la otrora estación del antiguo ferrocarril. Estaba tan apurado que
pidió que lo atendiesen inmediatamente. Logró su cometido y fue atendido
prontamente. Cuando estaba recibiendo su vuelto, sintió que alguien rasgaba la
punta su pantalón. Dirigió la mirada hacia abajo y observó que el causante era
un gatito. Éste apenas podía emitir maullidos e insistía en rasgar la bota del
pantalón.
-miauuu, miauuuu, miauuuu maulló
débilmente, otra vez el minino y su mirada era tan lastimera, tan triste como
que si quisiera decir algo desde lo más profundo de su corazón. Carlitos tuvo
compasión de él y se agachó para recogerlo. El gatito era de color blanco como
los copos de nieve, tenía un ojo verde y el otro azul, estaba flaquísimo,
sucio, maloliente y lleno de pulgas. Lo llevó a su casa para curarlo.
Inmediatamente fue a la veterinaria a comprar un shampoo para gatitos. Luego
empezó la gran tarea de bañarlo lentamente, y conforme iba completando el baño
las pulgas iban cayendo por montones del pobre cuerpecito, éste se dejaba bañar
tranquilamente parecíase a un niño bueno. Después del baño cogió la secadora y
empezó el trabajo de secarlo. Éste quedó limpiecito, solamente le habían
quedado por todo el cuello las cicatrices que las pulgas habían dejado al
chupar la sangre al pobre animal. Carlitos buscó un lugar donde cobijar al
pobre animalito por lo menos por esa noche hasta ver que decidir hacer con él
posteriormente. Lo ubicó en un enorme cartón que estaba junto a su cama, lo
abrigó con una chompa vieja que tenía por allí guardada. Esa noche el gatito
durmió plácidamente. Aprovechando que éste dormía Carlitos fue a Tottus a
comprar comida para gatos.
Al siguiente día Carlitos tenía
que ir a trabajar y pensó cómo resolver el problema del gatito en el
departamento que alquilaba. Carlitos era un joven soltero, natural de Calca,
Cuzco, había llegado a la provincia de Pacasmayo a trabajar en la Escuela
Pedagógica Pública “David Sánchez Infante” de San Pedro de Lloc. Pero vio que
el animalito seguía durmiendo, pareciérase que éste no había dormido muchas
noches porque algún irresponsable lo había botado a la calle para que sufriera
y se muera en la calle de hambre y de frío. Lo dejó durmiendo y se fue a su
trabajo no sin antes dejarle la comida cerca por si acaso se levantara y
buscara que comer. Ya en el trabajo sus
compañeros de labor le notaron un poco preocupado y cansado.
-Carlitos que te pasa te notamos
preocupado, cuéntanos que te pasa, manifestaron en coros sus amigos más
cercanos.
-No pasa nada, sino que ayer me encontré
un gatito muy maltrecho por la calle y lo he recogido y lo tengo en mi casa.
-Ah, contestaron todos en coro.
Y empezaron a contarle como debe
tratarle al pobre gatito. Y la charla, esa mañana se centró en torno a los cuidados
y qué comidas comen los gatos. Otros fueron más allá y hablaron sobre la
sexualidad de los gatos, en fin, un sin número de cosas se dijeron acerca al
gatito.
Cuando Carlitos regresó a su
departamento a eso de las 2 y media de la tarde halló al gatito que había
comido lo que le había dejado y parece que le gustó porque lo había acabado
todo, y empezó a maullar, pero sus maullidos eran ahora alegres y ya no
tristes.
Desde aquel día Carlitos perdió su
soltería; dejó de
ir a fiestas, a discotecas y a reuniones con sus colegas y otros amigos. Ya no
se quedaba todo el día fuera del departamento. En suma, vivía pendiente del
felino. Le puso como nombre “COPITO” porque se había enterado por internet que
el gatito pertenecía a la raza de los SNOWY y porque en inglés significa
“Nievecita” o “Copito de nieve”.
Al
tiempo que crecía, el pelo de Copito fue haciéndose
más blanco y su corpulencia era ya la de un gato adolescente.
En
muchas noches, cuando Carlitos trabajaba en su computadora, Copito subía entre
sus piernas y empezaba a ronronear hasta quedarse dormido o dirigía su mirada a
la computadora ya que le gustaba mucho los dibujitos que ésta mostraba. A veces
Carlitos seleccionaba películas de dibujos animados: de Micky Mouse, del gato
con botas, del patito feo. Entonces Copito
estiraba su pescuezo y se quedaba quitecito observando sus películas. Cuando no
quería mirar la computadora, jugaba con Carlitos con una pelotita de trapo.
Éste, le lanzaba la pelotita y Copito la atrapaba como si fuera un gran arquero
y cuando no podía atraparla la mordía. Siempre deambulaba por el aposento, ése
era su mundo. Si se asomaba por la ventana y escuchaba algún ruido que provenía
de la calle, se asustaba y se escondía debajo de la cama. Así que el
departamento se convirtió en su diversión.
Cada
vez que Carlitos regresaba de su trabajo a las 2 y media de la tarde,
encontraba las cosas en desorden o averiadas. Copito rompía las medias, mordía
los zapatos, jalaba la sábana con sus filudos dientes, rayaba las paredes,
también las ventanas y puertas porque tenía unas enormes y bien filudas garras,
entonces Carlitos se vio obligado a cortarlas para que no siga cometiendo más
fechorías.
Pasó
el tiempo. Un día de caluroso sol, cuando el verano empezaba con todo furor a
besar las hermosas playas pacasmayinas, Carlitos, conjuntamente con su novia,
planearon ir a gozar de los brillantes rayos del sol, de las delicias de la
arena y del encanto del mar. Decidieron llevar a Copito para que haga lo mismo.
Cuando iban por la calle, éste miraba a todos lados, se asustaba con el
bullicio de la gente, en especial de los niños, que se acercaban para
acariciarlo atraídos por la delicada blancura de su pelo y por sus ojos de
colores diferentes. Al llegar a la playa, Carlitos y su novia se sentaron a
disfrutar del panorama y dejaron a Copito sobre la arena, pero de inmediato
éste dio un salto y se perdió a toda carrera por entre la gente. Se había
asustado con el incesante ruido de las olas. Carlitos y su novia empezaron su
búsqueda y lo encontraron, tiritando de miedo, después de dos horas, junto a la
verja de una enorme mansión levantada frente al mar. Carlitos tuvo que saltar
para poder entrar, cogerlo y llevarlo a casa nuevamente. En otra ocasión cuando
llegó la fecha más importante y anhelada por todo el mundo, la navidad: la
novia de Carlitos le llamó por la tarde para proponerle pasar juntos esa
navidad en su casa. Carlitos aceptó la propuesta, pero con la condición de
llevar también a Copito. Esa noche, Carlitos y su novia fueron a la playa por
unos minutos. Cuando salieron, Copito se quedó quietecito en el mueble, sin
hacer ningún berrinche. Casi al promediar las 11.55 de la noche, los novios
regresaron para darse el abrazo de nochebuena.
Pero, ¡Oh sorpresa! Copito había hecho de las suyas. Lo encontraron
prendido en las estrellas de Belén, había destruido el colorido arbolito
navideño y todos los adornos se encontraban, regados, por el suelo. Carlitos y
su novia se miraron intrigados y luego soltaron una sonora carcajada.
Así
vivía el sorprendente gatito. Y cada vez que Carlitos regresaba de su trabajo,
lo encontraba mirando hacia la calle, sentado sobre la ventana. Desde afuera
parecía un hermoso peluche. Pero un día que Carlitos retornó del trabajo,
Copito ya no estaba allí. Abrió despacio la puerta y empezó a llamarlo, pero
ningún maullido escuchó como respuesta. Después de tanto llamarlo, empezó a
buscarlo y lo encontró debajo de la cama, abrazado de un hermoso peluche, un
osito que le había regalado su novia. Cogió el peluche y empezó a jalarlo, pero
Copito no lo soltaba, salió prendido encima del peluche. Cuando se desprendió,
Carlitos se dio cuenta que el peluche estaba mojado. Copito había eyaculado.
Desde aquel día su comportamiento fue cambiando. Ya no jugaba con la pelotita,
tampoco se subía a sus rodillas sino quería estar junto al peluche. Este deseo
sexual de Copito se debía a que ya era un gato adolescente, al que una gata,
con tres gatitos, lo rondaba desde el techo de una casa vecina y lo ponía
inquieto. Pero Copito tenía miedo de salir al patio de la casa a pesar de que
Carlitos siempre lo sacaba a pasear para que se distraiga un poco y dejé de ser
miedoso. Cada vez que la gata pasaba por el techo dejaba un olor que despertaba
a Copito y lo volvía más inquieto,
Un
día a Carlitos se le ocurrió sacara a Copito al patio de la enorme casa donde
vivía, pero como en ese momento alguien tocó insistentemente la puerta, tuvo
que dejarlo para atender el llamado. Cuando Carlitos regresó a ver a Copito,
después de atender a su amigo, ya no lo encontró en el patio. Se había escapado
por la pared y enrumbó por los enmarañados techos pacasmayinos. Pasó un día,
pasaron dos, tres, muchos días más y no apareció- ¡Qué será del minino ¡-pensaba
Carlitos -, ¡pobrecito dónde estará, con quién andará, estará enfermo, o de
repente algún cazador malévolo lo había hecho caer en una trampa y a esta hora
sería el deleite de un suculento estofado! . Todas estas ideas rondaban por su
cabeza. Todas las noches, antes de acostarse, se arrodillaba para orar al pie
de la cama y pedir a Dios que cuide a Copito. Una mañana fue al periódico
“Últimas Noticias” y a las emisoras locales para poner avisos de la pérdida de
Copito, en las que ofrecía una atractiva recompensa.
Varias
noches seguidas tuvo que ir acompañado de su novia más un amigo y con linterna
en mano a buscar a Copito por las casas abandonadas de Pacasmayo. También tuvo
que pegar unos avisos en los mototaxis de algunos amigos.
Mientras tanto Copito había caído en la
casa de una familia de clase media. Era la casa donde lo había ido corriendo
detrás de la susodicha gata que lo había vuelto loco. Allí pasaba sus días
entre el sucio techo que se había convertido en su guarida. Encontró un gran
amigo, un perrito salchicha llamado “Boby” quien desde el primer día que lo vio
empezaron a congeniar. “Boby” lo llamaba con unos alegres ladridos y Snowy
bajaba del techo y se ponían a jugar las escondidas por el enorme patio de la
casa. Hasta que en una de esos días alegres apareció Rosita una alegre
chiquilla, integrante de la familia, que lo albergaba.
-¡Un
gatito, un gatito!
-¡Qué
lindo gatito!
-Mishi,
mishi, ven acá.
Y
Copito no sabía si correr o dejarse atrapar por la niña, pero como estaba
hambriento, prefirió lo segundo. Fue así como se hicieron grandes amigos. Y
empezó una gran amistad.
Un
día Rosita fue por una semana a visitar a su abuelita a Jequetepeque y se había
olvidado por completo de Copito por estar jugando con los demás niños
disfrutando de sus vacaciones de medio año. Cuando regreso a casa lo primero
que hizo fue ir corriendo al patio. Y empezó a gritar:
-¡Mishi,
mishi, mishi, en acá gatito, hermoso, precioso!
Copito
cuando lo vio inmediatamente se abalanzó sobre ella. Lo cogió y le dio un
abrazo muy fuerte mientras éste le lamia la cara. Ese día empezaron las clases
y la niña tuvo la genial idea de llevar a Copito a clase. Lo tuvo que esconder
en su mochila para que no se diera cuenta la profesora puesto a que era un
delito llevar animales a clase. Ese día la profesora empezó a tomar la tabla de
multiplicar del número dos y el que no sabía los agarraba a palmetazos.
-Haber
Juanita cuando es dos por dos, manifestó la profesora.
La
niña se quedó muda no sabía la respuesta.
-Apúrate-
volvió a repetir la maestra.
La
niña seguía sin contestar y miraba al techo como queriendo encontrar la
respuesta allí.
En
eso la maestra volvió a repetir:
-¡Cuánto
es dos por dos Juanita!
-miau,
miau, miau, miau!, se escuchó en el silencio sepulcral del aula.
Y
todos voltearon la mirada de dónde provenían esos maullidos. Efectivamente eran
de la mochila de Rosita donde se encontraba Copito escondido. La maestra le
ordenó que abra la mochila, y apareció alegremente la cabeza de Copito con su
lengua rojiza le pasó por sus manos de la profesora. Ésta en lugar de enojarse
se sonrió porque le había salvado a Juanita porque Copito contestó
correctamente con cuatro maullidos la respuesta de la pregunta formulada. Y
para probar que indudablemente Copito sabía multiplicar la profesora preguntó a
otra niña:
-Cuánto
es tres por dos, Lucía.
La
niña se quedó muda y no sabía qué contestar. Y en eso se escuchó nuevamente:
-miau,
miau, miau, miau, miau, miau.
Y
desde aquel día Copito fue el más mimado de la escuela porque sabía
multiplicar. Y Rosita había descubierto que él tenía un don, el de saber la
tabla de multiplicar. Cuando regresaron a su casa su mamá se sorprendió al ver
que Copito fue llevado al colegio y fue informada que sabía multiplicar. Y
todos se alegraron de tener un gato estudioso en casa. Y los niños vecinos de
Rosita todos los días desde aquel suceso se iban a jugar con él para
preguntarle la tabla de multiplicar. La noticia que Copito sabía multiplicar
llegó a los oídos del cirquero de los Hnos. Fuentes Gasca quien propuso a su
dueño comprárselo para que haga su número en el circo respondiendo a la tabla
de multiplicar, pero la propuesta fue aceptada por la dueña de la casa. Pero
para que Rosita no sufra le dijeron que habían acordado alquilarlo para cada
función. Copito había escuchado dicha conversación de que, o iban a vender y
esa noche no comió, estaba triste, y tomó la decisión más fácil de todas,
escaparse de la casa. Y en la media noche cuando todos dormían, se fue volando
como el viento de techo en techo para nunca más volver a mirar atrás.
Copito
empezó a seguir deambulando por las calles y techo de Pacasmayo. Unos policías
lo vieron y empezaron a corretearlo para atraparlo, pero no lo consiguieron
porque él había campeón en maratón.
Después que los policías lo asustaron, Copito empezó a vagar por los
candentes arenales de las palayas del mar pacasmayino, sin rumbo fijo. Era casi
el medio día. El sol estaba muy candente. Sus patas estaban inflamadas de tanto
caminar. No había ninguna sombra a la vista para que pueda protegerse del calor
infernal que hacía. Ya no podía más. Su cuerpo no resistía la inclemencia del
sol. En ese instante se acordó de Dios porque en la casa de Carlitos todos los
días a la hora de comer los alimentos o a la hora de acostarse siempre oraban
implorando a Dios la agradable bendición. “Padre nuestro que estás en los
cielos, tú que eres el creador de todas las cosas del universo, perdóname por
haber faltado a tu palabra, por haber desobedecido a Carlitos que tanto me amó,
perdóname todas mis iniquidades cometidas, no me dejes que muera de hambre y de
sed, dame la oportunidad de vivir y poder glorificar tu nombre”, era la oración
que en ese momento el “Copito” acababa de efectuar. Tenía los ojitos llenos de
lágrimas. Ni bien los abrió, distinguió a los lejos, en medio del desierto de
la playa, a un enorme rancho y fue directo hacia él. Se arrodilló y expresó:
“Gloria a Dios, eres grande y poderoso mi señor, rey de reyes”. Y se tiró panza
arriba. La sombra que éste daba, incitaba al descanso que tanta falta le hacía.
Así se quedó dormido profundamente, rendido de tanto deambular por el desierto
de la playa. Despertó cuando el sol
besaba la quietud de la noche. Su hambre
era exagerada. La boca estaba reseca. Necesitaba agua para poder refrescarse.
De pronto escuchó ruidos de motores muy cercanos a donde se encontraba. Se
alegró de estar cerca de la civilización. Se levantó lentamente y empezó a
caminar en dirección a donde provenían los ruidos. Y caminó, caminó y caminó
hasta que se dio cuenta que era la enorme pista que conducía a Jequetepeque.
Estaba salvado. Ni bien se fue acercando observó en la penumbra de la noche,
algunas casas cercanas, a la carretera, y leyó un letrero que decía
“Bienvenidos a Jequetepeque”, ciudad de bendición.
A la
entrada del pueblo había una casita con una luz muy tenue que llamaba la
atención porque estaba pintada de un color fucsia fosforescente y que a leguas
se distinguía del resto de casas por el exorbitante color, y Copito sintió una
corazonada, que ahí le iría mejor, por eso enrumbó hacia allá. Primero dio una
vuelta alrededor de la casa para ver si alguien estaba adentro, en ese instante
escuchó una voz femenil que decía:
-Elena,
Elena, Elena, mira un gatito está aquí.
-Ven
corre, rápido, parece que está enfermo.
-Apúrate,
antes que se vaya.
La
otra fémina salió corriendo con una toalla en la cintura porque recién acababa
de bañarse.
-
¡Ah, caramba, qué lindo gatito!
-Hay
que darle de comer, parece hambriento y cansado.
-Está
bien Maritza, pero hay que avisarle a Katia no se vaya enojar porque hemos
decidido darle de comer a este lindo gatito, argumentó Elena.
Y
desde aquel día Copito pasó a vivir en la casa de aquellas mujeres. Siempre
veía que llegaba una mujer montada en un enorme caballo y las otras dos mujeres
la atendían en todo. Le preparaban sus ricos alimentos. Le lavaban su ropa. Y
lo más curioso que Copito observó fue que dormían juntas las tres, en una sola
cama.
Cada
vez que salían a la calle, montadas en chúcaros caballos, acompañadas del Cuto,
un perro de raza dóberman. Y la gente
gritaba:
-Allí
va la mujeriega-
-Muchachas
ahí viene la mujeriega-.
-Cuidado
con la mujeriega. Y todos los palomillas del pueblo se echaban a reír a
carcajadas cuando veían aparecer, a Katia, montada en un brioso caballo alazán
junto a sus mujeres. Vestía un hermoso pantalón jean, una fina camisa a
cuadros, un sombrero palma, unas enigmáticas botas de cuero de cocodrilo y una
hermosa pañoleta color naranja rodeaba su fino y delicado cuello. Desde muy joven tuvo estas inclinaciones y
gustos por las hermosas jovencitas del pueblo a quienes solía corretear hasta
que, rendidas, caían en sus brazos.
Su
primer y gran amor de la “mujeriega” fue una monja, a la que conoció en la
infancia, allá en su adorado pueblo de San Pedro de Lloc. Cuando se enteró que
su enamorada sería monja porque sus familiares no aceptaban su relación, se
deprimió. Los días los pasaba de cantina en cantina emborrachándose para matar
sus penas, pasaba los días. Hasta que una noche, según cuentas los pobladores,
partió a Lima en busca de su primer amor. Estando allá, se disfrazó de monja, y
así pudo ingresar al convento. Estuvo deambulando varios días dentro de ese
claustro hasta que, por fin, una noche de invierno, pudo encontrar a su amada y
logró convencerla para que regresen a
su San Pedro querido.
Un
día de intenso sol, Maritza dejó la puerta de la recámara entreabierta, Copito
podía estar por toda la casa menos en ese lugar, pero su curiosidad hizo que
lentamente ingresara al recinto. Las paredes estaban pintadas de color morado y
el zócalo, rojo. Por todos lados había dibujos de mujeres desnudas que
adornaban la habitación. Se quedó asombrado de lo que había descubierto. Más allá, en el centro, había una mesita de
noche donde Katia posiblemente colocaba su sombrero, su enorme reloj acuático y
su inseparable pañoleta azul. Y a un costado del tálamo estaba un imponente
aparador. Copito intrigado por saber qué
es lo que contenía el bendito aparador se paró delante de él en dos patas y con
sus enormes y filudos dientes fue jalando despacito y ¡Oh sorpresa! Encontró
una cosa suave, blanda y un poco dura a la vez. Eran de diversos tamaño y
grosor, y tenían escrito un nombre que correspondía a cada día de la semana.
Sorprendido, a Copito le pareció que eran deliciosos parecidos a ricos trozos
de carne. Así que escogió el más grande, lo sujetó fuerte con sus dientes y se
dirigió a la calle para darle trámite.
-Oye
gato degenerado-
-A
dónde vas con eso, le gritó Maritza.
-Elena,
Elena, Elena, mira lo que lleva Copito en su boca, agárralo a palos por degenerado
y sinvergüenza.
-Plaf,
plaf, plaf, sonaban los chicotazos sobre su lomo.
Casi
muelen a golpes al pobre Copito. Pero luego de evadir algunos chicotazos, en un
descuido de Elena quien se encontraba parada en la puerta para no dejarlo salir
sin recibir su merecido, saltó encima de ella y salió a la calle aullando de
dolor y empezó su loca carrera por la orilla de la pista rumbo al sur, huyendo
de la casa de esas mujeres locas que casi lo matan a golpes. Él no sabía porque
lo habían maltratado tan feo.
Deambulando
por esos lares y todo maltrecho por los latigazos recibidos, estuvo casi una
semana perdido y no sabía exactamente donde se encontraba. Había llegado a otro
pueblo. Se mantuvo comiendo desperdicios que la gente arrojaba desde los
ómnibus y a veces no comía nada. Por las noches se cobijaba en los nichos del
cementerio porque allí nadie lo molestaba, ni siquiera los muertos. Se
lamentaba de su mala conducta, de no haberse portado bien con Carlitos. Allá
había tenido de todo. Buena comida, bien aseado, jugaba con los amigos de
Carlitos, sus vacunas al día y más que todo seguía extrañando a las hembritas
que había dejado. Así que esa noche
empezó a orar a Dios para que haga su voluntad. Ya bastante castigo había
tenido por su mala acción y lo estaba pagando caro. “Tenme piedad, oh Dios,
según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito, lávame a fondo de mi
culpa, y de mi pecado purifícame. Pues mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin
cesar está ante mí; contra Ti, contra Ti solo he pecado, lo malo a tus ojos
cometí.” Imploraba Copito sin cesar. Había doblado sus patas delanteras y con
su cabeza pegada a la tierra, lloraba amargamente para que Dios le muestre el
camino a casa y pueda ser recibido nuevamente por Carlitos, no importa, aunque tenga
que estar encerrado por malcriado, pero quería regresar a su querencia. Así se
quedó dormido profundamente.
Carlitos
había perdido la esperanza de encontrar a su amigo, hasta que un día de
radiante sol, apareció un mototaxista con Copito. Lo había encontrado
abandonado por el mercado de abastos de las Palmeras de la parte Alta de
Pacasmayo. Estaba todo sucio, flaco, herido y con unas enormes garras. Carlitos
se alegró muchísimo, lo bañó como la primera vez que lo encontró y lo acostó en
su cama; Copito dormía plácidamente con un ojo cerrado y el otro semi abierto
como auscultando el peligro, ya no era el gatito de antes. Cuando Carlitos tuvo
que cambiar su residencia a San Pedro de Lloc, decidió llevar a Copito. Allí,
en un nuevo hogar sin amigos, paraba siempre inquieto y se mostraba agresivo. Entonces Carlitos tuvo que darle
en adopción a la señora que hacía la limpieza de la casa y que vivía en
Jequetepeque.
Ha
pasado el tiempo y la señora cuenta que ahora Copito vive feliz en la tierra
santa del clarito, pasando sus últimos días y contando sus fantásticas
historias a sus nietos. Allí resposa el guerrero indomable, mirando con sus
ojos de colores diferentes, el cielo azul de sus hermosos recuerdos con
Carlitos.

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