PRÓLOGO
MARÍA OLINDA MINCHOLA MENDOZA,
fallecida hace algunos meses, fue profesora de LENGUA y
LITERATURA. Como tal enseñó asignaturas de su especialidad en instituciones
educativas de nivel secundario y superior.
Olinda también incursionó en la
creación literaria escribiendo poemas y cuentos. Algunos de sus textos poéticos fueron
publicados, conjuntamente con poemas de Eliodoro Martínez Suárez en
dos volúmenes: GEMIDOS DEL ALMA (Poemas
de amor, 1998) y DELIRIOS DE AMOR (Poemas de ilusión y ternura, 2006).
Dichos textos poéticos tuvieron cierta acogida; por su parte sus textos
narrativos los escribió entre los años 2004 y 2010 y la mayoría de ellos
permanecían inéditos ya que cuatro cuentos de su autoría conforman el libro PALABRA
ENCANTADA (2010) junto a textos narrativos de Eliodoro Martínez Suárez y de
David Elías Martínez Minchola. Y ha sido su esposo Eliodoro Martínez, también
docente y escritor, quien los ha recopilado para publicarlos con el sugestivo
título de EL PODER DE DIOS
Son nueve las narraciones que reúne EL PODER DE DIOS. Todas
ellas refieren situaciones vitales difíciles y comportamientos de gentes que
viven con mucho esfuerzo y muchas carencias en pequeños poblados o distritos de la costa y de
los andes liberteños en los que antaño la vida acaecía serena y
sosegada, pero en la actualidad de diversas formas son asolados por la
violencia y otras lacras.
La temática subyacente de los relatos
se sostiene y mantiene firme por conflictos morales, pasionales, de convivencia
familiar y de relaciones sociales. Los textos trasuntan grandes emociones y
conflictos a través de un lenguaje directo, pero con el que la narradora ha
logrado dinámicas y plásticas descripciones y narraciones convincentes y
fluidas.
Los relatos constituyen escritos
de inspiración idealista y en algunos de ellos aflora sutilmente el asunto
religioso. Al respecto, la autora se ha cuidado de no transgredir las reglas
que la literatura impone porque, no obstante ser profesora, no se atribuye un
papel educador. Refiere los comportamientos y hechos concretos de una historia
y no hay explicaciones respecto a nada divino o celestial, lo religioso se
insinúa o se manifiesta simbólica o alegóricamente.
Personajes memorables de los
relatos que se muestran en EL PODER DE DIOS son:
DAMIÁN DÍAZ del relato PODER
DE DIOS, cuya existencia aciaga y azarosa, y las malas juntas determinan
que viva al margen de la ley y que los
delincuentes el Cobra y el Pantera lo involucren en un robo con asesinato. Al
ser capturado por una muchedumbre encabezada por dos verdugos con pasamontañas
y látigos, el gentío pide que lo castiguen arrojándolo a las aguas del río
Chamán. La llegada de su pequeño hijo, abriéndose paso entre la multitud,
inesperadamente suscita su salvación.
ÁNGEL, es el
protagonista de EL VALOR DE ÁNGEL. Es un niño que estudia en un colegio
cristiano, muy dedicado a sus estudios y solidario. Por ayudar a un compañero
de su salón sufre una caída que fatal que determina su internamiento en el
hospital. Al parecer la muerte lo acechaba, pero los ruegos de “Ángel no te
mueras” coreados vigorosa y nerviosamente por la multitud lo alejan de la
muerte.
MARINO PALOMINO GUANILO y la sirena MARILUNA
protagonizan la narración LA SIRENA
PACASMAYINA. Ambos jóvenes se profesan una estupenda amistad, Mariluna es
una sirena muy singular, tiene conocimiento de la problemática social y se
enfrenta a un poderoso del pueblo, reclamándole trato y salario justo a sus
trabajadores. Pero Mariluna tiene que regresar a al mar, entonces un fenómeno
sobrenatural lo aleja del lado de su amigo y como la gente ya no la ve señalan
a Marino como su asesino y por ello está a punto de ser arrojado al mar, pero
se salva porque la sirena, simultáneamente con un estruendo y una potente luz,
aparece y ordena que lo liberen.
En FIESTA DE SANGRE
destacan JACINTO CÓRDOVA cruel y avezado criminal y LUCINDA, esposa de
Jacinto pero que valientemente testifica en el juzgado los actos criminales de
su consorte.
También hay personajes que
simbolizan valores como la amistad, la solidaridad, el amor.
PACASMAYO, VERANO DEL 2021
ALÍNDOR TERÁN OLASCOAGA.
Director de la revista
literaria ALBATROS
PODER DE DIOS
Frente al impresionante río Chamán,
aquella fatídica tarde de invierno, Damián Díaz Cruz evocó su vida anterior, su
mente se abrió como un viejo libro; su triste infancia, su pobre adolescencia y
su desolada juventud pasaron por su confuso cerebro como un luminoso relámpago,
ante los resonantes gritos de los pobladores del cálido y valiente pueblo de
San José de Moro, cuna de la sacerdotisa Moche, quienes clamaban furiosos:
-¡Que lo arrojen al río Chamán!
-¡Que le den un escarmiento!
-¡Merece la muerte, la muerte!
El acusado estaba perplejo;
tenía los pardos ojos clavados en las turbias aguas, que se deslizaban como una
gigante serpiente; el ágil viento jugaba con sus negros cabellos y su morena
faz reflejaba desconcierto. El débil sol iluminaba el rostro de los presentes,
las eternas nubes caminaban agrupándose en el azulino cielo, algunas curiosas
garzas se posaban en los árboles.
Damián quedó
huérfano de madre a los siete años; a su padre jamás lo conoció. Su abuelita
materna, doña María, se hizo cargo de él; pasó penurias, pues su progenitora
tuvo que lavar ropa para que estudie; sus compañeros se burlaban porque no
tenía padre ni madre. Pero cuando tuvo quince años recibió el golpe más duro de
su vida: doña María fue a reunirse con su hija en el paraíso. Desde entonces,
el sufrimiento, el abandono y la soledad lo marcarían para siempre. Deambulaba
por las calles; por las noches se reunía con delincuentes en las cantinas y
empezó a beber y a robar.
-Ahora nos toca el
atraco a don José; ayer ha vendido quinientos sacos de arroz. Ya sabes a las
diez nos reunimos donde hemos quedado.
-Sí, Cobra a esa
hora estaré allí; avisa al Pantera.
Pero don José Chávez
León, aquella noche que lo asaltaron, logró identificar a los asaltantes, los
denunció y estuvieron presos cinco años.
Díaz, al salir de
prisión, cuando tenía 20 años, conoció a Consuelo Paz, se enamoró, se casó con
ella, y tuvo un hijo; con ello pensó que su vida cambiaría, pero no fue así.
-Damián, ahora que
tenemos nuestro hijo, debes cambiar tu vida, ya no robes, dedícate a trabajar.
¡Hazlo por nosotros!
-Sí, mi Consuelito,
en ti he encontrado paz. Desde mañana voy a ser otro hombre. Ya verás, cariño.
Después de dos meses
de vida diferente, una oscura noche de invierno se encontró con el Cobra, quien
lo convenció para seguir robando.
-Oye compañero, tú
tienes que seguir trabajando conmigo, porque has sido y seguirás siendo mi
compinche.
-¡No, no, Cobra! Yo
ya no soy el de antes, he cambiado.
-Lo siento mucho,
pero ya te hemos considerado dentro del asalto de esta noche. No nos puedes
fallar. Además, que sea la última vez.
-Está bien, será
como tú digas.
Dos corpulentos
verdugos empezaron a atarle las manos para arrojarlo a las frías aguas. El aire
juguetón seguía despeinando a la gente que estaba alrededor del cautivo, quien
permanecía confuso ante los amenazantes gritos:
-¡Castíguenlo
severamente!
-¡Háganle declarar
la verdad!
-¡Que lo maten! ¡Que
lo maten!
Todo empezó después
del último asalto a don Julián Cieza Gómez, un acaudalado hombre, quien opuso
resistencia; en venganza el Cobra le infirió dos profundos cortes, uno en el brazo
y el otro en el abdomen. La víctima agonizó varios minutos y posteriormente
murió. Los tres huyeron del lugar. Damián se escondió en la casa de un amigo.
De ésta fue sacado a empellones, a las cuatro de la tarde, por una muchedumbre
encabezada por dos verdugos con pasamontañas y látigos; le quitaron los zapatos
y descalzo le hicieron caminar por las principales calles, mientras él decía:
-Yo no maté a don
Julián. ¡Déjenme ir con mi familia, por favor! ¡No soy asesino! ¡Mi hijo me
necesita! Su madre murió hace un año.
El reo estaba
sudoroso, por momentos cojeaba y miraba con incertidumbre a sus captores que,
como un mar humano, iba detrás de él; luego bajaba la cabeza y meditaba:
-¿Por qué
desperdicié parte de mi vida? ¿Por qué seguí robando?
-Si hubiese cumplido mi promesa, hoy no estaría aquí. Consuelito sería feliz en
el cielo y guiaría mi camino. Un fuerte latigazo lo hizo caer al pavimento.
-¡Levántate,
cobarde! ¡Demuestra tu valentía! ¿Acaso no eres hombre, Damiancito? –dijo el
verdugo Tulio.
Había transcurrido
veinte minutos en la orilla del Chamán, ahora era las cinco de la tarde y el
delincuente comprendió que pronto iba a morir, porque los enardecidos
pobladores continuaban vociferando con más furia:
-¡Exigimos justicia!
¡Justicia para San José de Moro!
-¡Que lo lancen al
río Chamán!
-¡Que lo maten! ¡Que
lo maten! ¡Que lo maten!
El prisionero estaba
azorado por la sentencia y tenía la mirada turbada y perdida en el inmenso
horizonte, quería gritar que él no era asesino; pero de qué le serviría, se
habían ensañado con él, sólo por robar con el Cobra. El Chamán, también
conocido como el Río Loco, porque siempre destruía los sembríos, rugía de
impaciencia en espera de su víctima.
De pronto se escuchó
una agonizante voz que corría por la calle Sorochuco:
-¡Papá, papito!
¿Dónde estás?
El pueblo abrió un
sendero y el jadeante niño ingresó, abrazó a su padre y preguntó:
-¿Qué haces aquí,
papito? ¿Por qué toda esta gente está contigo?
¿Qué has hecho, papacito? ¿Por qué están atadas tus manos?
-¡Nada hijito! Regresa a casa y cuida a tu abuelita Lucía.
-¡No temas! Pronto
estaré con ustedes.
El pequeño fijamente
miró a la gente y comprendió lo que estaba sucediendo. Lentamente se desprendió
de la cintura de su padre y sollozando dijo:
-¿Por qué quieren
quitarme a mi padre?
¿A quién le mostraré mis buenas
calificaciones?
¿Con quién voy a jugar mañana? Mi mamita está
en el cielo. Muchos de los presentes estaban acongojados ante el drama del
niño; los lánguidos ojos de Damián se llenaron de lágrimas que rodaron por sus
mejillas como dos gotas dolidas de rocío hasta mojar los cabellos de su pequeño
hijo; su cuerpo tembló por un instante, cayó de rodillas y con angustiante voz
clamó:
-¡Dios mío,
perdóname! Pueblo de San José de Moro ¡Tened misericordia de mí! ¡Prometo nunca
más robar!
¡Seré un hombre de
bien!
Una fulgurante luz
apareció en el cielo, Damián rodó por el suelo convulsionando, de ésta bajó una
blanca paloma y se posó en su cabeza. Varios cayeron de rodillas gimiendo y
pidiendo perdón. Aquella divina paloma voló y se unió a la estrella y ésta hizo
un zigzag y se perdió en el firmamento.
Un Pastor Evangélico
se abrió paso entre la gente y después de una mística visión manifestó:
-¡Querido pueblo de
San José De Moro! Dios hoy ha llegado a la vida de nuestro hermano Damián y ha
perdonado sus pecados, por ello les invoco que lo dejen ir, porque sé que
dedicará su vida a Dios.
-La próxima vez no
tendrás salvación y espero que cumplas tu palabra, sabandija- dijo el verdugo
Lucas.
El Pastor se acercó
al preso que tenía la cara bañada en lágrimas y la vista fija en el eterno
éter; desató sus manos, lo invitó a levantarse diciéndole:
-¡Hermano mío!
Levántate, vete y no peques más.
Damián se incorporó,
se limpió el rostro, abrazó a su hijo y pasó entre la muchedumbre que
permanecía atónita ante tan maravilloso acontecimiento.
Autora: Zaminda
PREMIO: “ESPIGA DE
ORO” – PRIMER PUESTO EN LOS V JUEGOS FLORALES -2007-SEMANA JUBILAR DE CHEPÈN.
EL VALOR DE ÁNGEL
Ángel caminaba
aprisa por la pileta de la plaza de armas de Pacanguilla aquella aciaga mañana
de invierno. Iba a sus clases en la Institución Educativa Particular Cristiana
“Phil Moon”, cuando escuchó:
-¡Auxilio, Ángel,
ayúdame!
-¡Pronto amigo, que
me caigo!
Volvió la mirada y
vio que Mateo estaba cogido de una delgada rama de Ponciano; corrió
desesperado, pero al llegar al lugar la débil rama se rompió. Él intentó sostener a su amigo en sus brazos;
sin embargo el peso de éste lo venció, cayó pesadamente sobre la dura vereda
golpeándose la cabeza y se desvaneció como un pájaro herido.
-¡Ángel, levántate
amigo!
-¡Ángel, no te
mueras!
Le decía sollozando
Mateo, quien se había levantado asustado después de la caída mortal y
sintiéndose culpable de lo sucedido, por haberse subido al árbol. Un inmenso
manto oscuro cubría el infinito cielo. Eran las siete y treinta de la mañana. A
la distancia varios alumnos ingresaban al colegio Cristiano, donde Ángel
estudiaba el quinto grado y Mateo el sexto grado de primaria. En esta
institución Angelito era un buen alumno, todos lo estimaban por su humildad y
solidaridad con los demás. Las súplicas de Mateo fueron escuchadas por la
profesora Priscila y un grupo de estudiantes que pasaban por allí. Al acercarse
la docente encontró a su alumno desmayado y ordenó a Mateo que avise a su
madre.
-¡Doña Esperanza,
venga pronto, Ángel se ha caído y está inconsciente en la plaza de armas! –dijo
Mateo, apenas encontró a la señora.
-¿Qué dices? No, no
puede ser. Dios mío, ayuda a mi hijo.
Salió corriendo
desesperada y angustiada en busca de su primogénito.
Ángel era mestizo, de pelo negro, ojos color café y rostro carismático. Cuando
tenía tres añitos su padre murió en un accidente de tránsito. Su madre sufrió
demasiado por la muerte de su esposo. Trabajaba en la chacra y lavaba ropa para
alimentar, vestir y educar a su hijo. Ella quería que su vástago sea un gran
estudiante y profesional en la vida
-¡Estudia, Angelito!
Mañana tienes examen de Comunicación.
-Sí, mamita, pero no se preocupe que ya sé los temas.
-¡Ojalá apruebes con
alta nota!
Cuando llegó doña
Esperanza encontró a la profesora que le daba los primeros auxilios a Ángel,
pero el niño no reaccionaba.
Sus compañeros
estaban alrededor. Ella muy apenada abrazó, alzó y subió a su hijo a una moto
taxi con la docente y se fueron al mini hospital de Pacanguilla. Ángel era
dadivoso no sólo con sus compañeros y sus vecinos sino también con los animales
que encontraba abandonados. Una mañana fría de primavera encontró a Boby, su
fiel amigo, temblando debajo de una banca en la plaza de armas. Era muy pequeño
y tenía mucho frío. Acarició su cabeza, lo alzó, abrigó y lo llevó a su casa. Una
triste tarde de lluvia hizo llegar herido del ala derecha a Paco, el loro
juguetón, curó su herida; pero jamás pudo volar. Los quería tanto a ambos, que
cuando él desayunaba, almorzaba o cenaba sus amigos también lo hacían.
Había transcurrido
media hora, Ángel permanecía inconsciente en el mini hospital; por la gravedad
de su estado el médico había decidido su traslado a Chepén, y estaban esperando
la ambulancia para llevarlo.
En la Institución
Educativa Particular Cristiana “Phil Moon” las maestras y alumnos oraban por
Angelito. El Director y el Pastor decidieron suspender las clases por una hora
para ir a verlo.
Boby y Paco estaban
tristes, sabían que su amigo estaba mal, pero ellos no podían salir de casa,
doña Esperanza había echado llave la puerta. Boby corrió hacia el portón del
corral seguido de Paco. Cavó un enorme hueco y salieron a la calle. Paco se
subió al lomo de Boby y empezó a correr por la calle Leoncio Prado. Al llegar a
la plaza de armas observaron que un grupo de alumnas iban por la calle Triunfo,
se acercaron y cuando se dirigían a la calle Bolívar escucharon:
-¡Pobre Ángel!, se cayó por salvar a Mateo -decía Leydi, la niña de trenzas
negras.
-Sí, él es tan bueno
-comentaba Gisela, la de los cabellos castaños.
-¡Ángel, no te mueras! -decían todas en coro.
De pronto una
agonizante voz corría por la avenida Panamericana:
¡Ángel, no te mueras!, ¡Ángel, no te mueras!...
Los pobladores al
escuchar tan lastimera voz empezaron a seguirla. Una ola humana corría tras
ella. Los carros se detenían y los pasajeros observaban atónitos el
acontecimiento.
La puerta de fierro
del mini hospital se abrió, eran las ocho y treinta de la mañana, y la voz
afónica ingresó, era Paco que de tanto gritar sobre el lomo de su amigo, se
estaba quedando sin voz. Boby jadeaba de cansancio.
En ese instante una
enfermera traía a Ángel en una camilla, para subirlo a la ambulancia.
El pequeño estaba
inconsciente sobre una sábana blanca. Tenía pálido el semblante; sus frágiles
manos estaban pegadas a sus muslos con los dedos abiertos como esperando el
apretón de otros. Detrás iba su madre sollozando. La ola humana rodeó al niño. Boby
aullando se le acercó y recostó su cabeza sobre sus pies. Doña Esperanza gemía
con la mano izquierda de su hijo apretada contra su pecho. El Pastor le cogió la mano derecha y la
estrechó suavemente, mientras oraba en silencio.
-¡Ángel, te
queremos!, ¡Ángel, no te mueras!
-¡Dios mío, sálvalo!
¡Dios mío, sálvalo!... -clamaban todos los presentes con fe, esperanza y amor.
Su faz se iluminó,
su boca sonrió, sus débiles ojos se abrieron, se sentó lentamente y sus labios
balbucearon:
-¡Madre! ¡Pastor!
¡Boby! ¡Paco! ¡Amigos míos! ¡Hermanos míos!
Hizo una breve pausa y muy emocionado exclamó:
-¡Gracias Dios mío!
¡Gracias amigos y hermanos míos!
Ángel se incorporó,
abrazó a su madre, al Pastor y pasó entre la muchedumbre.
AUTORA: MARÍA OLINDA
MINCHOLA MENDOZA.
PRIMER PUESTO: ”MEDALLA DE ORO” III
JUEGOS FLORALES SEMANA JUBILAR DE PACANGA -2008.
UNA ESPERANZA DE VIDA
¡Mamá no me hagas
daño!
¡Mamita, déjame
vivir!
Estas suplicantes
palabras aún resonaban en los oídos de Esperanza, quien permanecía meditabunda
en una clínica informal. Esperanza vivía con su madre en la calle Triunfo de
Pacanguilla. Ella no conoció a su padre, porque éste la negó y se marchó a su
tierra. Ironía del destino, pero ahora le estaba pasando lo mismo:
-¿Dices que es mi
hijo? Ja ja ja ja ja…
¿De quién será?
-Pero Boa ¡Es tu
hijo!
-No, no es mío. Yo
no quiero ese hijo.
Desesperada le contó
a su madre, quien la reprochó y amenazó.
-¿Cómo es posible
que te hayas embarazado de ese delincuente?
-Pero mamá, déjame
explicarte…
-No quiero
explicaciones, desaparece ese feto o te vas de la casa. Yo no voy a mantener
otra boca más.
Angustiada, por la
incomprensión de su progenitora, acudió a una amiga, ésta le aconsejó que
abortara y le dio la dirección de una clínica.
Aquel fatídico día en que Esperanza decidió abortar presionada por las
circunstancias, lloró amargamente en su lecho por tan cruel destino, hasta que
se quedó dormida:
-¿Por qué estás
triste? ¡Yo quiero que seas feliz!
-¿Quién eres,
pequeño ángel?
-¡Soy tu bebé! ¡Estoy
contristado!
-¿Por qué, pequeño
mío!
-Porque tú has
decidido desaparecerme.
¡Mamá no me hagas
daño!
¡Mamita, déjame
vivir!
Mientras tanto el
Boa y sus compinches asaltaban al próspero empresario José Luna Terán, a quien
el delincuente le había herido de muerte con un cuchillo. La Ronda de
Pacanguilla actuó inmediatamente y lo detuvo cuando intentaba huir a la sierra.
Éste fue encerrado en el calabozo de la Municipalidad.
El Boa había llegado
a Pacanguilla desde Bambamarca hacía medio año. Con dos primos más integraban
una banda delictiva, que asaltaba y mataba a los que se resistían a sus atracos
.Además enamoró a Esperanza, la inocente joven de mirada alegre, a quien la
sedujo y embarazó.
El pueblo de
Pacanguilla, cansado de las fechorías del Boa, decidió hacer justicia. Hombres
y mujeres con cadenas y palos ingresaron a la plaza de armas y frente a la
Municipalidad enardecidos vociferaban:
¡Señores policías
entréguennos al Boa!
¡Que muera ese
delincuente!,
¡Queremos justicia,
justicia…!
Un inmenso manto
oscuro cubría el infinito cielo, eran las cinco de la tarde; una bandada de
curiosas garzas estaba posadas en las poncianas de la plaza de armas y en las
alas del impresionante monumento del ángel que se erguía con una biblia
abierta, como un espectador más del acontecimiento.
En el calabozo de la
ronda permanecía el Boa con una sonrisa fantasmal pensaba…
-¡Que me saquen de
aquí, a ver si pueden!
¡Muerto saldré de este lugar, antes que ellos
me maten!
Después que las
autoridades propusieron hacer justicia, los habitantes de Pacanguilla se
retiraron pacíficamente del lugar.
A las ocho de la noche la banda del Boa redujo a los dos policías y a los dos
ronderos que cuidaban al reo e ingresaron al calabozo y liberaron al maleante;
pero en el tiroteo una bala perforó el pecho del Boa, quien cayó lentamente
cogiéndose la herida. Sus cómplices huyeron en una camioneta. Se desangró
cuando era trasladado al hospital y en su agonía balbuceaba:
-¡Perdóname,
Esperanza! ¡Perdóname, hijo…!
Acostada sobre una
camilla Esperanza luchaba con el sueño y la realidad. Buscaba una solución y
reflexionaba compungida.
¿Será posible que mi
hijo me haya hablado en el sueño?
¡Dios mío! ¿Qué
hago? ¡Ayúdame padre celestial!
De pronto, cuando el
doctor iba a empezar la extracción del feto, Esperanza se paró súbditamente; el
médico y la enfermera intentaron detenerla, pero ella se abrió paso entre ambos
y salió sonriendo de aquel lugar. A esa misma hora moría el Boa.
AUTORA: MARÍA OLINDA
MINCHOLA MENDOZA
PRIMER PUESTO: MEDALLA DE ORO- III
JUEGOS FLORALES – SEMANA JUBILAR DE PACANGA-2009.
LA SIRENA PACASMAYINA
Aquella fatídica
tarde de invierno, Marino Palomino Guanilo evocó frente al imponente mar
Pacasmayino su vida anterior, su mente se abrió como un viejo libro; su triste
infancia, su amarga adolescencia y su feliz Juventud pasaron por su confuso
cerebro como un relámpago, ante los resonantes gritos de los pobladores del
fresco y solidario pueblo de Pacasmayo, quienes clamaban furiosos:
-¡Que lo arrojen al
mar!
-¡Que le den un
escarmiento!
-¡Merece la muerte!
- ¡la muerte!
El acusado no
comprendía lo que le estaba sucediendo, jamás en su vida imaginó que le podía
pasar esto; estaba perplejo, tenía los pardos ojos clavados en el mar, el ágil
viento jugaba con sus negros cabellos y su moreno rostro reflejaba
desconcierto.
El azulino cielo,
que cubría la pequeña ciudad pesquera enclavada a orillas del mar peruano como
una fuerte roca, de pronto empezó a oscurecerse, las eternas nubes empezaron a
agruparse, anunciando una fuerte lluvia, las pequeñas calles estaban en
silencio, los gigantes pelícanos y las pardas gaviotas como cometas se cruzaban
en el espacio, las bravas olas bramaban como rugientes animales en espera de
atrapar su próxima víctima.
Marino quedo
huérfano de madre a los nueve años. Vivió con su padre en una pequeña casa de
adobe. Don Julio Palomino López era un hombre alcohólico y muy malo, por eso
desde muy pequeño tuvo que trabajar para mantenerse, a veces se quedaba con sus
amigos en la calle. Con ellos aprendió a consumir droga. La muerte de su padre
no le afecto, cuando tenía quince años, se había acostumbrado a vivir solo.
Fue Mariluna, la
sirena, como la llamaban en Pacasmayo, por su angelical rostro, sus largos
cabellos dorados, su candorosa sonrisa y su inocente mirada; quien le ayudó a
salir de este vicio. ÉL la quería como a la hermana que siempre anheló tener.
La conoció cuando deambulaba por una calle Pacasmayina, en ella admiró la
dulzura de su voz, su blanca tez, sus celestes ojos, su esbelto cuerpo y su
decidido coraje para resolver los difíciles problemas. Se hicieron grandes
amigos, un día ella le dijo:
-Marino, no sé si
deba contarte.
-¿Qué secreto? –
amiga mía, confía en mí, no se lo diré a nadie, aunque tenga que morir con él.
-¡Está bien! - te lo
voy a decir:
-Yo soy un ser
extraño, porque dice mi madre que ella me concibió cuando caminaba sola por la
playa, pero mi padre nunca supo de esto y así murió. Cuando nací los alegres
delfines emitían hermosos cánticos, las gaviotas y los pelícanos danzaban en el
cielo, los animales terrestres y del mar festejaban con una linda fiesta en la
tierra y bajo el agua marina.
-Yo no creo en esas
cosas, no le hagas caso a tu madre – dijo Marino.
-No, no es así, tú
no me entiendes, yo le doy la razón a mi mamá, porque cuando era niña, en
varias ocasiones que fui a la playa, al ingresar al agua los peces acariciaban
mi piel y ahora cuando voy al muelle a
contemplar el mar, escucho una voz que me dice:
-¡Mariluna,
Mariluna, hija mía pronto estarás conmigo!
-Bueno, amigo! – ya
no hablemos más de esto. Ahora quiero que me acompañes a la casa del señor
Isla, es necesario que hable con él.
-¡Está bien! –
vamos.
Una cuadra antes de
llegar, ambos se detuvieron y observaron la inmensa mansión color celeste, con
bellos jardines floridos del hombre más acaudalado, temido y corrupto de
Pacasmayo.
Ella muy serena, al
llegar, tocó la puerta de cristal y cuando él abrió le dijo:
-¡Buenos días, don
José!
-¡Buenos días,
Mariluna! – Pasen y siéntense.
Ellos estaban
admirados por los valiosos adornos, los finos muebles que estaban bien ubicados
en la sala y se sentaron juntos en el mueble granate. El dueño de casa se
posesionó frente a ellos y dijo:
-¿A qué se debe tu
visita?
-Don José, quiero
pedirle que no explote a sus empleados, que les pague lo justo por su trabajo,
porque ante los ojos de Dios todos somos iguales.
-¡Óyeme bien, niña!
– en mis asuntos no le permito ni siquiera a mi esposa que intervenga, mucho
menos a una pobre muchacha que siempre está entrometiéndose en la vida de los
demás.
-Pero señor, usted
no puede tratar así a Mariluna. Si sigue ofendiéndola le voy a dar una buena
bofetada para que aprenda a respetar a una dama.
-¡Tranquilízate
marino! – no es necesario que actúes así. Yo sé que el señor Isla va a cambiar.
-¡Vámonos, amigo! –
es hora de almorzar, mi madre nos espera. Los dos salieron apresuradamente.
-Te crees muy
hombrecito, Marino Palomino, algún día me la vas a pagar, porque nadie ofende a
José Isla sin tener su castigo.
-Dijo José colérico.
Tenía la morena frente fruncida y la malévola mirada sentenciaba los ágiles
pasos de los visitantes, que se perdían de vista en la esquina. Nadie se había
atrevido a desafiarlo en toda su vida, porque le temían; sin embargo la Sirena
y Marino se habían enfrentado a él.
La gente continuaba
vociferando:
-¡Arrójenlo a las
frías aguas!
-¡Háganle declarar
la verdad!
-¡Qué lo maten! ¡Qué
lo maten!
Dos corpulentos
hombres empezaron a atarle las manos con una soga para echarlo al bravo mar.
Eran José Isla y uno de sus empleados. El primero fingiendo estar a favor del
pueblo, había encontrado la forma de vengarse de Marino. El tranquilo éter
continuaba oscureciéndose y el aire juguetón seguía despeinando a la gente, que
estaba aglomerada alrededor del cautivo. Quien permanecía confuso ante los
amenazantes gritos. Y recordó que Mariluna le había dicho dos días antes muy
contristada:
-¡Marino, mi buen
amigo! – ya no quiero que me busques más, porque si lo haces, cuando me marche,
el pueblo te acusará de haberme matado.
-¿A dónde te vas a
ir? – estás alucinando, amiga mía.
-Sólo yo sé que muy
pronto ya no estaré contigo, ni con mi pueblo – dijo ella y se fue.
-¿Por qué no le
creí? - Ahora no estuviese en esta situación.
-¿Qué delito he
cometido? – yo sólo quise ayudarla. Ahora estoy sentenciado a muerte, porque el
pueblo me culpa de la desaparición de la angelical ninfa Pacasmayina.
Todo el pueblo
apreciaba a Mariluna, desde niña atrajo a la gente con su extraña forma de ser,
por su bondad y solidaridad con los más necesitados. Ella siempre solucionaba
los problemas de las personas. Daba consejos a los jóvenes y señoritas. Sin
embargo su permanencia en este lugar terminó aquella gélida noche de invierno,
cuando ella cumplía quince años y había decidido ir a la playa para meditar
sobre los graves problemas de sus paisanos.
Marino, quien se
aproximaba a su humilde casa a esa hora, la vio salir vestida de blanco y con
paso presuroso se dirigió al mar; él la siguió de cerca. El pueblo dormía, la
luna brillaba en el celeste cielo, el viento silbaba, los gallos cantaban, los
melancólicos perros aullaban y las nocturnas lechuzas gemían presagiando la
partida de la sirena.
Mariluna caminó
bastante hasta que llego al lugar de sus concentraciones, se sentó sobre la
fría arena, luego se arrodillo y empezó a rezar con los ojos cerrados.
Una potente luz, en
un instante, iluminó el espacio que ella ocupaba y lentamente comenzó a
elevarse atraída por aquella luminosidad que venía del mar.
Marino se quedó
petrificado sobre la indómita tierra sin saber qué hacer, parecía una piedra
más, cuando reaccionó gritó:
-¡No, noooo, no te
vayas Mariluna! – y cayó desmayado, después de unos segundos abrió los débiles
ojos y vio que la sirena lentamente caía iluminada sobre las claras aguas
marinas y se perdía en éstas.
Marino por un
momento enloqueció y creyó que había soñado. Desesperado empezó a correr y a
llamarla:
-¡Mariluna,
Marilunaaaaa…!
-¿Dónde estás
hermosa sirena Pacasmayina?
Cansado de buscarla
se percató que se había alejado demasiado y no sabía cómo regresar, estaba
temeroso por lo que había pasado. La luna se escondió detrás de una nube, la
silenciosa noche avanzaba. Él se paró meditabundo a orillas del quieto mar,
cuando vio que de éste salía una cadena dorada de plateadas hormigas, que se
dirigían haciendo un luminoso camino hacia Pacasmayo. El las siguió y así pudo
llegar a su casa. Pero una vecina lo vio regresar pálido y asustado. Ella hizo
creer a la gente que la misteriosa forma de llegar de éste tenía que ver con la
desaparición de Mariluna; porque según ella, Marino estaba enamorado de
Mariluna y como ella rechazó su amor, él la mató y la arrojó al mar.
A las cuatro de la
tarde del siguiente día, el pueblo se agrupó y fue a la casa de Marino, éste
permanecía enajenado y echado sobre su cama; los golpes continuos a la puerta
le hicieron salir de su aturdimiento, recién comprendía que lo que le había
dicho Mariluna era verdad. Al abrir la puerta los pobladores, encabezados por
don José, se lanzaron sobre él como gallinazos a su presa, lo llevaron a
empellones por las desiertas calles hasta el tétrico muelle. Mientras doña
Azucena decía:
-¡Déjenlo libre! –
él no es el culpable - ¡es inocente, inocente!
Habían transcurrido
veinte minutos en el frígido puerto de Pacasmayo, ahora eran las cinco de la
tarde, la vida de Marino estaba a punto de terminar. Los enardecidos pobladores
continuaban vociferando con más furia:
-¡Es un asesino! -
¡Asesino!
-¡exigimos Justicia,
Justicia!
-¡Que lo lancen al
mar!
-¡Qué lo maten! -
¡Qué lo maten!
El prisionero estaba
azorado por la sentencia y tenía la mirada turbada y perdida en el inmenso
horizonte. No podía revelar la verdad, era su secreto de Mariluna.
Por una calle se
aproximaba una unidad con varios policías, quienes habían sido informados por
los amigos del preso, que el pueblo estaba a punto de linchar a Marino Palomino
Guanilo.
De pronto se oyó un
fuerte estruendo y una luminosa luz iluminó al cautivo. El pesquero pueblo
pacasmayino posó su insólita mirada en aquella estrella, temerosos muchos
cayeron al suelo desmayados, varios se hincaban clamando perdón, otros
lloraban, especialmente su madre, doña Azucena Méndez Díaz, quien siempre supo
que su hija se iría algún día, y Marino, su fiel amigo.
De aquella luz
provenía una voz que decía:
-¡No lloren por mí!
– háganlo por los abandonados niños huérfanos, por los drogadictos, por los
opresores, por los oprimidos y por ustedes mismos.
-Liberen a Marino,
él sólo es culpable de haber sido mi verdadero, amigo. A partir de ahora el
sanará a los enfermos y vivirá con mi madre, porque será como el hijo que ella
nunca tuvo. No acusen a una persona sin tener pruebas, ámense los unos a los
otros, estén siempre unidos, practiquen los valores y los mandamientos divinos.
La luz hizo un zig
zag en el espacio y como un rayo se perdió en el cielo. Los policías y la gente
allí reunida no podían creer lo que acababan de ver y oír, estaban
estupefactos, pensaban que había sido una visión divina. Temerosos el señor
Isla y su empleado empezaron a desatar la soga, pero ésta se había apretado y
al hacer fuerza, José resbaló y cayó al mar, las feroces olas lo envolvieron
con furia y lo arrastraron al fondo. Marino impaciente dijo:
-Suéltenme pronto,
debo salvarlo.
Una vez desatado con
bizarría se lanzó al mar, por un instante todos creyeron que habían muerto,
porque ambos desaparecieron.
Todos estaban
desesperados, pero esta angustia terminó, cuando Marino apareció flotando sobre
las saladas aguas con José como una gaviota con su pez, nadó con ligereza hacia
la orilla, en ésta dos de los policías le dieron los primeros auxilios y
después de unos segundos José Isla Salas reaccionó y preguntó:
-¿Quién me salvo?
-Ha sido Marino – le
dijo uno de los policías.
Isla atisbó el
infinito firmamento, con los mansos ojos llenos de lágrimas y la voz desfalleciente
dijo:
-¡Dios mío,
Perdóname!
-¡Palomino,
Perdóname! – he sido déspota y despiadado con mis trabajadores, con la gente,
con Mariluna y contigo. Lo que me ha sucedido hoy me ha transformado en un
hombre de bien.
El pueblo no podía
creer el arrepentimiento de aquel hombre que quiso matar a Marino. Las bravas
olas se tranquilizaron, las aves marinas jugaban con la brisa y el viento en el
espacio, el infinito mar emitía una alegre melodía y el opaco cielo se
transformó en un inmenso manto azulino que cubría el alegre y apacible pueblo
pacasmayino, ante el asombro y la paz de todos los presentes.
Seudónimo: Zaminda –
2005
VALOR DE MADRE
¡Cuánto sufriste
madre!
¡Perdóname mamá!
Decía un
adolescente, con el rostro bañado en lágrimas, ahora comprendía que había
juzgado mal a su madre; su tía le estaba confesando toda la verdad sobre ella,
después de una semana de su sepelio.
-Tu madre fue buena
contigo y te protegió siempre. Cuando estabas en su vientre te defendió de la
amante de tu padre, ésta a golpes intentó que ella te abortara.
-¿Por qué no me lo
contó ella? -Pensaba hacerlo, hijo, cuando tú cumplieras dieciocho años; pero
la muerte se la llevó antes. Y yo le
prometí que te contaría toda le verdad, cuando ella agonizaba en el
hospital.
-¿Por qué mi padre
la engañó con otra mujer?
-Tal vez, porque no
la amaba como ella a él.
-¿Por qué ella me
castigaba cuando mentía?
-Porque tu madre
detestaba la mentira, sus padres, tus abuelos maternos le enseñaron a decir la
verdad; tu padre siempre le mentía y ella temía que tú fueras igual a él.
-Pobre mamá ¿cuánto
debe haber sufrido en silencio?
-Tía, yo fui malo
con ella, no merezco su perdón.
-Hijo, no sabías la
verdad, actuaste mal, debes arrepentirte y pedir perdón a Dios.
-Ahora comprendo
porque me decía: "Hijito te quiero mucho, tienes que cambiar y ser un buen
hijo".
- Tía debo ver la tumba de mi madre-Dijo el
huérfano, incorporándose bruscamente.
El adolescente salió y corrió como un venado
herido, por las calles del pueblo rumbo al cementerio; llegó, ingresó y abrazó
con desesperación el nicho de su madre; una fuerza súbita le hizo caer de
rodillas y con estruendosa voz, que estremeció aún a los muertos, clamó:
¡Mamita perdóname…! ¡Te extraño mamá…! ¡Dios mío ten
misericordia de mí, perdóname…!
Después de media
hora, cuando él salía del cementerio escuchó un melodioso canto, al volver la
mirada a éste, vio una hermosa paloma blanca posada en la cruz de la tumba de
su madre.
Autora: Zaminda –
2012
FIESTA
DE SANGRE
Día
esplendoroso de la comunidad de Collambay, la gente llega de todas partes a la gran fiesta de la Virgen de las
Mercedes, patrona del pueblo, bajan de los carros; otros llegan a pie. En ese
instante la plaza de armas se ve
colmada. Es un 24 de septiembre, día
central de la fiesta.
Por
la tarde las Pallas, indios, Collas, bandas de músicos y población en general
se congregan en la capilla para la procesión.
El
sol débil ilumina el rostro de los presentes. De las cantinas llegaba la
música, canciones de los Shapis, melodías preferidas de los Collambaynos. Allí
se encontraba Santos Yupanqui, Jacinto Córdova Tejada, Dilmer Ruiz Villacorta,
Eusebio Sandoval Méndez y Apolonio Córdova
Tejada, festejando la gran fiesta. De pronto surgen altercados.
Santos maliciosamente dice a
Jacinto:
-
¿Te
acuerdas de aquella noche?
-
¿Qué
noche?. Responde Jacinto.
No te hagas el loco,
sabes muy bien de lo que estoy hablando. Jacinto enfadado le contesta:
-
Yo,
no sé nada, ¡Carajo!
Si, ¡Jacinto
Córdova!, estas en mis manos, no tienes alternativa, estás perdido, o me das
dinero o le confieso todo a la policía.
-
Cállate
la boca, maldito traidor, o te la mando a cerrar para siempre.
-
Cuidado
con lo que dices -¡amigo mío!, mira no me gusta que me amenacen.
Eusebio y Dilmer que
hasta el momento habían permanecido callados reaccionan y a una sola voz dicen:
¡No peleen amigos!.
¡Oh! Compañeros aquí
tienen a un infeliz que no tiene que tragar y para hacerlo extorsiona a los
demás -¿A cuántos más has chantajeado miserable?
Apolonio
interviene diciendo: hermano ¡Por favor!, no pelees; la gente se va a enterar
de todo, éste no estaba tan ebrio, pues había llegado recién.
-
¡Silencio!
¡Tú te callas! También, no sabes nada, y además eres mi hermano menor. El que
decide cuándo hablar y en donde, soy yo, ¡entendido!.
Sí, Jacinto
no me mezclaré en tus asuntos. Apolonio se marcha de prisa
Jacinto
tambaleándose, también, se aleja rumbo al baño. Entonces Eusebio Sandoval,
Ávido de curiosidad pregunta a Santos ¿Qué sabes tú de Jacinto? ¿Cuál es el
secreto? Anda, cuenta, te juro que queda entre nosotros, después de todo él no
te va a complacer, tú sabes muy bien que no te dará billete.
-
¡Claro!
dice Dilmer- Anda, anímate, no seas
tonto; si lo haces será más fácil para ti cobrar dinero; pues ya no estarás
solo, seriamos tres contra uno. A mí me gustaría verlo hundido a este farsante.
La cárcel es lo que se merece por delincuente.
Recuerdas a mi
madre, lo dejó sin ganado, se llevó lo que más quería, un lindo becerrito color
canela que amamantaba con biberón todos los días. Aquella noche, como ya estaba
grande, lo encerró con los demás, grande fue su sorpresa al no encontrar a ninguno
a la mañana siguiente.
-
¡Pobre
mamá! Lloró tanto por su pequeño becerrito. Me da tanta rabia, por eso quiero
vengarme de este canalla que no pagó su culpa.
¡Vamos Santos!,
dínoslo, -dice Eusebio- A todos nos hace lo mismo. ¿Quién dice algo contra él?
Nadie, todos le tememos, por eso estamos aquí fingiendo ser sus amigos; siempre
lo hemos hecho por temor a sus represalias contra nuestros ganados.
-
¡Haber!
No me vas a decir que a ti si te estima, porque este desalmado no quiere a
nadie, sólo a sí mismo.
Es verdad –dice
Santos- es un cretino, un patán abusador de las leyes, no merece consideración.
-
Está
bien, les voy a contar, pero no ahora, él debe estar por llegar, que les parece
mañana a las cinco de la tarde en mi casa.
Bueno, responden
ambos, ahí estaremos.
-
Pero
¿Dónde estará Jacinto?, hace una hora que salió, vamos a verlo dice Eusebio.
Cruzando dos calles
y en el campo de fútbol lo divisan tirado como un pez gordo. Lo levantan de los
brazos y lo conducen a su domicilio que está ubicado a unas cinco cuadras de la
cantina. Lo entregan a su esposa, una señora vieja que tiene más edad que él.
Jacinto se había juntado con ella porque no quería tener chamacos. Basta con
ella, no quiero amargarme la vida, decía.
Los tres caminaron
hacia la plaza; ya en el centro se despiden.
-
¡Adiós
Santos! – le dice Eusebio, ya sabes mañana a las cinco, no te olvides.
-
Sí,
les responde, -los espero.
-
No
te vayas a escapar –repone Dilmer-, mira que el trato está hecho.
-
Así
es compañeros, no falten.
-
¡Hasta
pronto!
Celinda la esposa de
Jacinto había escuchado todo, detrás de la puerta.
-
¿Trato?
¿Qué trato será? Se preguntaba, de repente recordó aquella horrenda noche en
que encontró a su marido sepultando a Amelia, una bella y esbelta mujer, que no
tenía familia; llegó al pueblo y nunca se supo de dónde provenía. Jacinto
siempre lo asediaba, le perseguía por su hermosura, más esta se rehusaba a
aceptar la invitación alguna. Colérico y cansado de rogarle que sea su amante,
la violó y le dio muerte, estrangulándola con una soga. Todo esto lo sabía
Santos, que presenció atónito tan horripilante crimen; más Jacinto nunca quiso
hablar de esto con su esposa, cada vez que ella le preguntaba, evadía la
conversación.
-
Ella
tuvo la culpa, yo no quise hacerlo. Sabedora de todo decidió ponerlo en sobre
aviso a su esposo. Pero ¿Cómo hacerlo? Está dormido, lo dejaré descansar unas
cuatro horas; después ya veremos. A las 8 de la noche, Celinda despierta a
Jacinto y le dice te tengo una mala noticia:
-
¿Mala
noticia? Responde, no seas mentirosa, me quieres despierto para amarte, anda,
di la verdad. Corre tras ella y la coge por la cintura, ésta se escapa –no
Jacinto, le dice en un tono muy serio, no
es una broma
¿Estás en peligro?
-
En
peligro, ¡Yo!-Ja, Ja, Ja, Ja,…! No me hagas reír, nadie se atreve a enfrentar a
Jacinto Córdova, amo y señor de este pueblo, pues no digas que no te dije nada
sobre el trato.
Trato? -¿De qué
trato hablas?
Del trato con Santos
con Dilmer y Eusebio; han quedado en reunirse a las 5:00 de la tarde, mañana,
Seguro que es para contarles lo que paso aquella noche.
No, esto no puede
ser, Santos no puede hacerme esto.
¡Claro! que puede,
tú sabes cómo se ha portado últimamente, quién sabe que estarán tramando esos
tres.
Me las vas a pagar,
juro que me las vas a pagar o no me llamo Jacinto Córdova.
¿Qué vas hacer? ¿A
dónde vas?
-
A
buscar a ese perro traidor, estoy harto de él.
Jacinto sale mascullando y
tirando la puerta como un perro rabioso. Santos no se había ido a su casa, se
encontraba con sus amigos en la plaza tomando y haciendo barra al contrapunteo
entre el guicho y las pallas.
-
¡Vamos
cholo! - Decía Santos eufórico, no te dejes ¡Arriba el guicho!, siempre arriba,
¡Amigos salud!
Jacinto lo diviso en
la muchedumbre, un gran odio y venganza se apoderó de su corazón, lo miraba con
un rencor indescriptible, pero éste no se había percatado de su presencia. Me
la vas a pagar ¡Mal nacido ¡no te vas a salir con la tuya, pensaba Jacinto.
-
¡Hermano!
Dice Santos, te pasaste; te defendiste, dejaste bien a los hombres, así debe
ser, ¡Arriba el cholo!, compañeros, ¡Salud! Eran aproximadamente las 10:00 de
la noche, Santos se despide de sus amigos y se dirige a su domicilio.
Jacinto, sigilosamente y
disimuladamente se desplaza por el otro lado, como estaba sano llega primero a
la muralla, por la cual tenía que pasar su víctima.
Tambaleante se aproxima Santos, sin imaginar
lo que le esperaba. De pronto un fierrazo en la cabeza lo hace caer
desvanecido, en el suelo Jacinto lo golpea salvajemente, lo arrastra por la
carretera, moribundo lo deja en el centro para ser aplastado por los carros.
Después de su masacre Jacinto regresa a divertirse con sus amigos.
Felipe Meléndez Alfaro, un
paisano de Santos, lo encuentra debajo de un espino, en el centro de la
carretera.
¡Hermano! Le dijo con dificultad
Santos, Ayúdame ¡Por favor!
Felipe creyendo que
sólo estaba ebrio, lo condujo a su posada. Por la madrugada su ronquido lo
despertó, pero no le dio importancia. Al amanecer, grande fue su sorpresa,
pues, su amigo santucho, como él lo llamaba de cariño, estaba muerto; de
inmediato avisó a los dueños de la casa, vino la policía y se lo llevaron como
sospechoso del crimen. Mientras tanto Celinda discutía con Jacinto.
¿Lo mataste?, ¿Cómo lo hiciste?
-
No,
yo no he sido.
-
No
mientas, sólo tú tenías motivos suficientes para eliminarlo.
-
¡Mujer
terca! Fue la única solución, ya no me preguntes más.
Al enterarse, Dilmer y Eusebio
de la cruel muerte de su amigo, lloraron amargamente, ante la impotencia de
luchar contra este sanguinario. Dilmer dice colérico:
-
¡Jacinto
Córdova! Perro maldito, tarde o temprano la pagarás, pues hay un Dios
justiciero.
¡Hermano santos!
Descansa en paz, afirma Eusebio.
La esposa del difunto llora desconsoladamente la
irreparable muerte de su esposo, apenas hacía tres meses que se había casado.
Félix y Santiago juran vengar la
muerte de su hermano mayor, que fue el padre que nunca tuvieron.
Por el camino Felipe es
interrogado por el Sargento que lo detuvo.
-
¿Por
qué mataste a Santos?
-
Yo
no lo hice mi jefe.
-
Entonces
¿Qué hacías en la carretera?
-
Fui
al baño y encontré tirado a Santos, me suplicó que lo ayudará, por eso lo
conduje a mi posada.
-
¿De
dónde es usted?
-
De
san Ignacio
-
¿Qué
hacía en Collambay?
-
Vine
a la fiesta
-
¿Con
quién?
-
Solo.
El cuerpo de Santos es sacado de
la morgue, al día siguiente por la mañana y trasladado a Collambay, a su
llegada el pueblo se aglomeró en su casa. Se oyen comentarios.
¡Pobrecito!
Matarlo así ¡Que crueldad!, decía Elvira.
Fue
un buen hombre no merecía morir asesinado – afirmaba, Julia.
Toda la muchedumbre lamentaba su
muerte y se lo manifestaban a través de las condolencias a la viuda.
El cadáver de Santos
es conducido por la tarde al cementerio, en el trayecto, se oyen desgarradores
lamentos y llantos de los deudos, especialmente de su esposa, Teófila.
-
¡Santitos!
Ay, ¡Mi Santitos! Aay, aay…
Tu muerte me deja un
sabor amargo y quien haya sido pagará su crimen.
-
Sí,
mi hija, -le consolaba su madre, doña Macedonia. Ya en casa, después del
sepelio. Madre e hija comentaban –Todo será aclarado mamá, Felipe está preso,
sé que él no fue, entonces ¿Quién fue?
-
Estoy
segura que el maleante Jacinto Córdova fue.
-
¿Quién
lo puede probar? Nadie.
Ese miserable merece
que se pudra en la cárcel, -mamá, repuso Teófila. Ha cometido muchos delitos,
sin embargo muy campante anda como cualquiera de nosotros, volvió a reiterar
Teófila. Celinda Meléndez Alfaro, está muy apenada por el inesperado
encarcelamiento de su hermano Felipe y por la muerte de Santos. Por dinero me
casé con Jacinto, soy una perdida, hasta ahora e fingido amarlo y él no se ha
dado cuenta. ¡Dios mío! Me matará cuando sepa. Tengo que salvar a Felipe, no lo
pueden condenar por un crimen que no cometió. Es inocente, el culpable es
Jacinto, -si debe ir preso no mi hermano.
Felipe es conducido
ante el tribunal, Teófila y Macedonia, lo observan apenadas. Está demacrado,
Triste y descuidado, dicen entre ellas.
El Fiscal golpea la
mesa.
¡Silencio!
¡Orden en la sala! ¡Por favor que el Juicio va a comenzar!
-
Señor
abogado de la defensa tiene la palabra.
-
Gracias
su señoría.
-
Bien
señores presentes, yo voy a demostrar que mi defendido es inocente, -tengo un
testigo, señor juez.
Celinda se aproxima
al banquillo, se sienta.
-
Señora
Meléndez de Córdova, jura decir la verdad, solamente la verdad.
-
¡Si,
Juro!
-
¿Conoce
usted al acusado?
-
Si,
él es incapaz de hacerle daño a nadie, es mi hermano.
-
¿Quién
cree usted que mató a Santos?
-
Fue
mi esposo el que mató a Santos, él me lo confesó.
-
No
más preguntas, señor Juez.
-
Ahora
tiene la palabra el señor abogado de la víctima.
-
¡Gracias,
señor juez!
-
Dígame
usted doña Celinda ¿Dónde estuvo la noche del crimen?
-
En
mi casa
-
¿Por
qué su esposo mató a Santos?
-
Lo
hizo para callar una gran verdad.
-
¿Qué
verdad?
-
Santos
sabía que Jacinto asesinó a Cornelia.
-
¿Quién
era Cornelia?
-
Una
muchacha huérfana; por eso nadie se preocupó por su muerte.
-
No
más preguntas su señoría; todo está claro, el asesino es Jacinto, repuso el
abogado.
Se oyen murmullos, el abogado
conversa con su defendido.
-
Silencio,
ordena el Fiscal, o mando a desalojar a todos de la sala.
Todo queda silencio.
- Bueno, después de haber
escuchado la declaración de la señora Celinda, los miembros del Tribunal hemos
decidido dejar en libertad al acusado Felipe y así mismo declarar orden de
captura contra Jacinto Córdova, por ser el autor del crimen. Jacinto, al tener
conocimiento de la noticia, huye al potrero de Avendaño. Pero no contaba que
los ronderos de Collambay lo estaban esperando en la curva del diablo, en donde
lo capturan. Luego es entregado a la Policía ahora se encuentra purgando
condena en la cárcel del Milagro, en la ciudad de Trujillo, con una condena de
veinte años.
Zaminda- 2003
LA
VENGANZA
En el
caserío de San Ignacio, existía una señora llamada Diana. Ella curaba con
medicina natural. Viajaba hasta la ciudad de Trujillo, en piajeno, para comprar
yerbas con las cuales preparaba la medicina que daba a sus pacientes.
Su
hija Lucrecia se casó con Benito, el cual le maltrataba constantemente.
Entonces doña Diana quiso vengarse de su yerno y preparó una exquisita comida y
lo envió con otra persona para que le diese a Benito; sin embargo, él no estuvo
en casa y su esposa comió el potaje. Al poco tiempo empezó a arrojar sangre por
la boca y la nariz. Benito Buscó la Forma de curar a su esposa, pero ella no
obtenía mejoría. Benito lleva a Lucrecia a Trujillo. Ya en esta ciudad ella
logró recuperarse. Retornó muy pronto a su casa conjuntamente con su esposo.
Ella estaba feliz de retornar a su hogar y poder estar junto con sus hijos.
Al
día siguiente Lucrecia fue a pastar su ganado. Al sacar la estaca de una de las
vacas que se encontraba amarradas, salió junto con la estaca, desde el suelo,
una culebra de color negra y empezó a correr tras ella. Lucrecia corrió en
dirección a su casa llegando muy cansada. La culebra se quedó por el camino.
Por
la noche Lucrecia empeoró su salud y ya no pudo hablar. Su esposo al verla en
ese estado la traslada a Sinsicap llevándolo inmediatamente hacia una curandera
quien preparó un brebaje y le dio a tomar a Lucrecia. Después puso cuatro
hombres bien armados en la puerta de entrada a la casa donde estaban curando a
Lucrecia, para que disparen a cualquier animal que se apareciera delante de
ellos. Como a eso de las doce de la noche apareció un pollinito retozando por
la casa pasando entre los hombres que cuidaban la casa; los cuales no atinaron
a disparar creyendo que en el corral había algún piajeno. En eso salió la
curandera y preguntó de dónde provenía ese ruido que ella había escuchado,
ellos le dijeron que un pollinito había pasado hacia el corral.
Ella
les increpó su ineptitud al no disparar al pollinito, luego dijo Benito: “No
pude hacer nada don Benito, nos ganó el diablo, Lucrecia morirá”.
Benito
entra en la habitación que se encontraba Lucrecia y ambos se quedaron mirándose
mutuamente. El la abraza sollozando, aferrándose hacia su pecho y ella llora
desconsoladamente, sabía que iba a morir, dice amargamente.
Después
ingreso doña Diana a la habitación de su hija y trató de consolarla; sin embargo,
Lucrecia la miró con desprecio y rabia.
Al
día siguiente cuando Diana cocinaba para su hija y su yerno, Lucrecia cogió un
palo y se lo iba a estrellar en la cabeza de su madre; pero la fortuna
intervención de la mano de don Benito evitó el golpe mortal. Volteo doña Diana
y dijo:
-
Pobre
mi hija, está mal de la cabeza.
Mientras don Benito se sobaba la
mano. Lucrecia miraba con odio a su madre. Esto le dio más valor para poder
decir: “Mi madre es la culpable”. Entonces don Benito volvió a interrogarla
¡Qué, tu mamá? Diana reaccionó y dijo:
-
Pobrecita,
no sabe lo que dice
Lucrecia fue llevada a san
Ignacio y al poco tiempo murió en su humilde habitación, pensando quizás, en su
juventud y en la maldad de su propia madre que no le importó matar a su misma
sangre.
Zaminda-
2002
EL
COMPADRE GALINAZO
Eulogio,
apodado “El compadre Gallinazo”, era un Joven de Test blanca de ojos verdes,
tenía amistad con doña Teodolinda, una mujer que tenía pacto con el diablo;
ella atendía muy bien al llamado “Compadre Gallinazo”, cuando llegaba a su
casa. Un día le dijo:
-
¡Mi
querido compadre gallinazo, me gustaría que algún día te casaras con mi hija
Violeta!
-
¡Pero
doña Teodolinda, su hija aún es una niña!, respondió con una sonrisa Eulogio.
Pasaron los años y Violeta se convirtió
en una hermosa mujer. Eulogio fue seducido por su encanto; sin embargo
sólo fue una ilusión porque de pronto él se enamoró de Milagros. Al enterarse
doña Teodolinda de la traición que había sido objeto su hija le manifestó:
-
Violeta,
niña de mis ojos, mi compadre gallinazo te ha engañado, tiene otra mujer.
-
Si,
mamá, ya lo sé, pero a mí no me importa Eulogio, y que ya no se hable más del
asunto, dijo Violeta.
-
Está
bien hija – respondió doña Teodolinda.
La boda de Eulogio y Milagros se
realizó un día viernes en una humilde iglesia de la comunidad de Parcoy. A la
ceremonia asistieron doña Teodolinda y Violeta fingiendo estar de acuerdo con
el casamiento de ambos, y al acercarse a ellos les dijo:
-
Mis
felicidades “Mi querido compadre gallinazo”, porque ha elegido la novia más
bella del pueblo.
-
Gracias
doña Teodolinda, -decía Eulogio, mientras sonreía y abrazaba a Milagros, la
cual miraba complacida la reacción de su esposo.
-
¡Hasta
pronto Compadre Gallinazo”! ¡Ah! Me olvidaba decirles que el martes es mi
cumpleaños y quiero que ambos vayan a la casa.
-
Allí
estaremos, - respondió Eulogio. El observó como Teodolinda se marchaba hacia
donde estaba Violeta con sus amigas, conversando de Jaime Castañeda, con quien
convivía en su choza vieja.
Doña Teodolinda y Violeta
prepararon los más exquisitos potajes para aquel día martes. Asistieron a su
cumpleaños muchos de sus invitados y amistades, uno de ellos fue su compadre
gallinazo conjuntamente con su esposa. Cuando la fiesta estaba por terminar,
Milagros y Eulogio decidieron marcharse a descansar y al tratar de despedirse
de Teodolinda, ésta les dijo:
-
Tómense
una copita más de vino para su camino
-
Está
bien, sólo una, dijo Milagros, inocentemente, sin imaginar que esta bebida la
llevaría a la muerte.
Primero bebió su
esposo; luego ella, y se marcharon.
Al día siguiente
ambos amanecieron mal con terrible dolor de estómago, que no les admitía
alimento alguno. Después de tanto padecer ambos esposos fallecieron cogidos de
la mano, sabiendo que su amor los arrastró a tal destino. Sus familiares
lamentaron sus muertes.
Los esposos fueron
enterrados en el cementerio de Parcoy, uno junto al otro como siempre soñaron
estar por la eternidad.
Zaminda - 2000
CEGUERA ESPIRITUAL
Esa tenebrosa noche
de invierno, los perros aullaban y la sirena de una ambulancia gemía por la
avenida panamericana, era un día viernes en que Jhon agonizaba debido a un accidente
y era conducido de emergencia a un hospital de Pacasmayo.
-Si no hubiese ido a
esa fiesta, mi hijo estuviera bien, ¿Por qué tuvo que ir con esos amigos? Cuantas
veces le aconsejé que no se reuniera con ellos- Decía doña Claudia, mientras
gruesas lágrimas caían por su lánguido rostro.
-Todo va a estar
bien mujer, nuestro hijo es fuerte y pronto se pondrá bien, no te preocupes.
- No lo sé, Jaime,
dice el médico que está en coma.
Un día lunes un
pastor evangélico tocó a la puerta y Jhon abrió molesto.
-Joven, Buenos días,
dispone de tiempo para hablarle de la palabra de Dios.
-No señor, yo soy un
hombre muy ocupado, en quince minutos debo reunirme con mis amigos.
- Pero joven, solo
cinco minutos necesito para predicarle de Jesús.
- Sabe señor, yo sé
de Jesús, porque en la escuela me han enseñado sobre él, así que ahora no
necesito que me hable Dios.
- ¿Dónde está mamá?
– le preguntaba Juanito a Mariluna aquella tenebrosa madrugada de invierno en
que ambos niños no podían dormir porque estaban frente a la avenida
panamericana y el ruido de los carros era continuo. Aquel lugar no era como su casa, donde vivían
con su madre.
- Debe estar en
nuestra casa, hermanito. Mañana vamos a verla temprano.
- Así me dijiste el
viernes, han pasado varios días y tú no me llevas para abrazar a mi mamita:
-Mami, yo quiero verte, extraño tus caricias,
tu sonrisa, tus cánticos, tus juegos y tu comida. Dijo el pequeño, mientras las lágrimas rodaban
por sus tristes mejillas. La puerta se
abrió de súbito e ingresó Jhon , el padre de ambos niños, quien dijo: Mariluna
pon sus zapatos a tu hermano, que vamos a ir de compras. De pronto se escuchó
una agonizante voz que corría por la calle Ladislao Espinar: - ¡Mamá, mamita!
¿Dónde estás?
El pueblo abrió un
sendero y el jadeante niño ingresó, abrazó a su padre y preguntó:
- ¿Qué haces aquí,
papito? ¿Por qué toda esta gente está contigo?
¿Qué has hecho, papacito? ¿Por qué están atadas tus manos?
-¡Nada hijito! Regresa a casa y cuida a tu abuelita Claudia.
- ¡No temas! Pronto
estaré con ustedes.
El pequeño fijamente
miró a la gente y comprendió lo que estaba sucediendo. Lentamente se desprendió
de la cintura de su padre y sollozando dijo:
- ¿Por qué quieren
quitarme a mi padre?
¿A quién le mostraré mis buenas
calificaciones?
¿Con quién voy a jugar mañana? Mi mamita está
en el cielo. Muchos de los presentes estaban acongojados ante el drama del
niño; los lánguidos ojos de Jhon se llenaron de lágrimas que rodaron por sus
mejillas como dos gotas dolidas de rocío hasta mojar los cabellos de su pequeño
hijo; su cuerpo tembló por un instante, cayó de rodillas y con angustiante voz
clamó:
-Señor, Dios de los
cielos, Perdóname padre, por haber cometido tanto pecado, por no haberte
escuchado cuando me predicaban tu palabra. Perdona a toda nuestra descendencia
y que se rompa toda maldición hasta la cuarta generación y prometo servirte
hasta los últimos días de mi vida. Fue
así que una luz cayó desde el cielo sobre la cabeza de Jhon , cayendo de
bruces. Luego fue llevado a la cárcel, cumplió su condena. Así estuvo Jhon
recordando todas sus fechorías en su lecho de moribundo. Después de un mes de
sufrimiento y dolor pudo recobrar la salud. Y hoy es un gran predicador, por la
gracia de Dios.
Zaminda -2017.