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martes, 27 de junio de 2023

PIPO EL PEQUEÑO ESTUDIOSO ( CUENTO)



 PIPO, EL PEQUEÑO ESTUDIOSO

¡Pipo, no te mueras!,

¡Pipo, no te mueras!                                

Era la suplicante voz de Carmen, aquella mañana de un aciago día de invierno, en la que su amado Pipo desfallecía  en sus brazos.

           Fue en el mes de los enamorados cuando Carmen visitó a su tía que vivía en un  pintoresco lugar llamado Dos Puentes. Eran, aproximadamente, las 8 de la mañana cuando llegó. De inmediato llamó su atención una hermosa camada de perritos. Eran ocho en total, y tenían medio mes de nacidos. Carmen y su primo se propusieron bañar a los perritos en una tina y cuando estaban en plena faena se percataron que faltaba uno de ellos, el cual estaba escondido entre las plantas. Al  descubrirlo,  notaron que  era el más pequeño;  entonces lo jalaron despacito para bañarlo. Cuando terminaron de secarlos dejaron que la mamá perra, les diera de mamar. Fue en ese instante que el más pequeñín se acercó y lamió el pie a Carmen. Al contemplar  aquella escena, la tía de Carmen, le dijo a su sobrina que se lo regalaba; Carmen, muy contenta, decidió llevarlo a su casa, en la ciudad de Chepén. Al llegar, a su casa, Carmen lo colocó al cachorrito en un patito de peluche que ella había hecho, y luego fue al mercado a comprar un biberón y leche.  Fue así que el perrito se acostumbró a tomar su biberón y ella decidió bautizarlo con el nombre de Pipo.

                 Todos los días los pasaba jugando con Pipo hasta que empezaron sus clases en el colegio. Tenía que ir muy temprano a la escuela y solamente le quedaban las tardes para jugar con su pequeño amigo.  

              En mayo, Carmen, tuvo que ir a Lima por el cumpleaños de su abuela, así que tuvo que dejar a Pipo encargado en la casa de una amiga de la escuela porque nadie iba a estar en su casa.    Al regresar, después de dos semanas, tuvo que esperar tres días para que le entregaran su perrito.                                Un viernes por la tarde fue a recoger a su pequeño Pipo. El niño que lo cuidaba le dijo que estaba durmiendo y que le daba miedo despertarlo. Entonces mandó a su hermanito, que siempre jugaba con Pipo, para que lo bajara del segundo piso. Cuando Pipo vio a Carmen,  inmediatamente  soltándose de los brazos del niño se abalanzó sobre ella. Carmen lo cogió y le dio un abrazo muy fuerte mientras él le lamía la cara. Lo tuvo que esconder en su mochila para que no se diera cuenta la profesora puesto  que se había salido del colegio, a escondidas, a la hora del recreo. Ese día la profesora empezó a tomar la tabla de multiplicar del número dos.

- Carmencita ¿cuánto es dos por dos?, preguntó  la profesora.  

La niña se quedó muda, no sabía la respuesta.                                  -Apúrate- volvió a repetir la maestra.

La niña seguía sin contestar y miraba al techo como queriendo encontrar la respuesta allí.

La maestra  repitió la pregunta:

-¡Cuánto es dos por dos Carmencita!

 

-Guau, guau, guau, guau!, se escuchó en el silencio sepulcral del aula y todos voltearon la mirada tratando de averiguar de dónde provenían esos ladridos. Al parecer provenían de la mochila de Carmen donde Pipo estaba escondido. La maestra ordenó a Carmen que abra la mochila y cuando ésta fue abierta  apareció alegremente la cabeza de Pipo, luego   su lengua rojiza la pasó por las  manos de la profesora. Ésta, en lugar de enojarse, se sonrió porque había salvado a Carmen. Pipo contestó correctamente con cuatro ladridos la pregunta formulada y, para probar que, indudablemente, Pipo sabía multiplicar, la profesora preguntó:

- ¿Cuánto es tres por dos, Lucía.                                                              La niña no sabía qué contestar, se quedó muda, pero el silencio se acabó cuando se escuchó:                                  -guau, guau, guau, guau, guau, guau.

                 Desde aquel día Pipo fue el más mimado de la escuela porque sabía multiplicar. Carmen había descubierto que él tenía un don: el de saber la tabla de multiplicar. Cuando regresaron a su casa, la mamá de la joven se sorprendió al ver nuevamente a Pipo y al enterarse que sabía multiplicar. Y todos se alegraron de volver a tenerlo en casa. Los niños, vecinos de Carmen, todos los días, desde aquel suceso, se iban a jugar con él y a repasar  la tabla de multiplicar. La noticia que Pipo sabía multiplicar llegó a los oídos del cirquero de los Hnos. Fuentes Gasca quien propuso a su dueña comprárselo para que haga su número en el circo respondiendo a la tabla de multiplicar, pero la propuesta fue rechazada, su dueña no quería desprenderse de su amigo.   Así transcurría la alegre vida de Pipo en casa de Carmen. Le encantaba jugar con las muñecas y estiraba su pata en señal de amistad. Le gustaba mucho que le hagan cosquillas y también le encantaba su patito de peluche con el que siempre dormía abrazadito.

                   Al cumplir un año de edad Pipo  arañó la pierna de Carmen, haciéndole una herida, y ella se puso a llorar. Entonces ocurrió lo insólito, fue donde estaba la mamá de Carmen y empezó a ladrar fuerte. Y como la señora no le hacía caso, regresó y se puso delante de Carmen. Había llevado una muñeca que era la preferida de ella y con su hocico iba empujándola hasta colocarla en los pies de su ama. Ella la regresaba y él la volvía a colocar, hasta que Carmen sujetará a la muñeca. Luego de hacer esto se iba moviendo la cola. Y así cada vez que Carmen lloraba él   buscaba a la muñeca y la colocaba en los pies de ella.

                     A veces Carmen fingía llorar para que Pipo le trajera la muñeca. Pero él, muy astuto, traía su pelotita de hule para que jueguen. Sin lugar a dudas era muy inteligente. En otra ocasión cuando Carmen y su hermano peleaban, Pipo se abalanzó contra el chiquillo y empezó a morderlo. Ella lo llamó con fuerte voz y él la miró con inmensa ternura “El te quería hacer daño y yo tan sólo te quería defender”. Esa mirada de inmensa ternura quedó impregnada en la memoria de Carmen para siempre porque fue tan humana y tan llena de ese sentimiento llamado amor. Y se podía leer en sus ojitos y en su mente “Soy capaz de dar mi vida por defenderte”. El papá de Carmen que había presenciado la escena se quitó la correa para castigar a Pipo, pero ella se la arrebató. La madre de Carmen  salió en defensa de Pipo, diciendo que este solo defendió a su ama. Luego,  Carmen salió con Pipo  a jugar en el corral, y no podía quitarse de la mente esa mirada tan apacible como el suave viento de un alegre atardecer. En ese instante, le prometió que jamás se separaría de él y que siempre lo cuidaría para que nadie le hiciera daño.

         Después del incidente Carmen empezó los preparativos para celebrar el cumpleaños de Pipo. El 26 de febrero era la fecha indicada para tal acontecimiento. Se enviaron tarjetas de invitación a todos los vecinos del barrio para que junto a sus mascotas acudan a tan trascendental acontecimiento. Ese día Pipo disfrutó al máximo su cumpleaños, junto a sus amiguitos, los perritos del barrio. Carmen se sentía feliz de tan honorable acto para su Pipo, al ser que más amaba, y Pipo correspondía con unos saltitos mortales delante de ella. 

                   Pipo tenía la costumbre de salir a la calle  ladrando y se enfurecía más si alguien se acercaba a Carmen o rondaba cerca de la casa. No le gustaba que nadie se le acercara; era celoso y muy protector de su ama.  

            Un día Carmen se enfermó y Pipo se encargó de cuidarla. Se echaba a su lado y no se movía todo el día de allí. La cuidaba como si fuera su hermana mayor. Pasado un tiempo, Pipo aprendió a subir al techo de la casa y cuando Carmen  salía de compras subía al techo de la casa y  se desplazaba por los techos de las casas de toda la cuadra para no perder de vista a Carmen. En una de esas correrías, Pipo se cayó del techo de una casa vecina y se golpeó muy fuerte la cadera. Lloraba lastimosamente. Carmen le vendó parte de la cadera para evitar que se hiciera más daño con el movimiento al querer caminar. Estuvo vendado toda una semana, pero al recuperarse no aprendió la lección y se volvió a caer. Esta vez no se hizo daño ya que cayó en una cama.  

             Pipo fue creciendo y se convirtió en un hermoso ejemplar. Llegó a ser el fiel compañero para la madre de Carmen, ya que ésta se encontraba delicada de salud. La acompañaba todo el día, y tan sólo se alejaba de ella cuando todos estaban en casa. La mamá de Carmen no podía acariciarlo, así que frotaba su cabeza contra los pies de la señora. En esas circunstancias Carmen había dejado su examen de comunicación sobre la mesita de noche que su maestra “Mechita” le había entregado el día anterior. Estaba desaprobada, tenía diez. Empezó a buscarla y no la encontraba por ningún lado hasta que  descubre a Pipo que estaba jugando con un pedazo de papel, y este era el de su examen. El pequeño can se había comido la parte del papel en la estaba aprobado el examen y solamente quedaba la parte en la que en la que estaban todos los errores ortográficos. Cuando Carmen llegó a la escuela no sabía qué hacer porque la maestra empezó a pedir los exámenes firmados por sus padres. Entonces Carmen tuvo miedo que la vayan a castigar.

- Carmen, su examen por favor- dijo la maestra “Mechita”.                                                                                         Ella se acercó temerosa con el papel del examen doblado para que la profesora no se dé cuenta del  deteriorado papel.

-Qué pasó con el examen- preguntó la docente.                                - Mi  perro se ha comido la mitad, respondió Carmen.             

- Su perro es estudioso porque se ha comido la primera parte nomás- volvió a proferir la profesora Mechita.                 

-Así es maestra “Mechita”, mi perro no come errores ortográficos porque le hacen daño a su estómago manifestó Carmen, con mucho temor por el castigo.
-ja ja ja ja ja, rieron todos sus compañeros conjuntamente con la maestra.

Fue un día funesto del gélido invierno cuando Pipo se puso inquieto y se comportó medio raro. Carmen ese día tuvo clases todo el día. Cuando regresó del colegio se fue a descansar un rato, pero Pipo entró a su cuarto y emitió lastimeros ladridos. Ella se levantó lloriqueando lentamente después de haber tenido un nefasto sueño, como presintiendo que algo malo iba a suceder. Él le lamió los pies y le dejó la muñeca en su delante como diciéndole que no llore. Ella le dio un suave beso en su frente, y le hizo una dulce caricia con sus suaves manos sin saber que se estaba despidiendo. Carmen se agachó lloriqueando, y al parecer quería retener a su entrañable Pipo, pero éste empezó a salir lentamente dejándola con un nudo en la garganta, y un dolor infinito en el corazón. Por último, desde el umbral de la puerta, la miró con esos ojitos tan lindos entre pardos y plomos verdosos. En sus manos quedó impregnada la suavidad de su pelaje más blando que un copo de algodón, y cuando nuevamente pasó la mano por el hocico, Pipo  agachó la cabeza y le lamió los pies. Ella le dijo: ¿qué te pasa mi loco bello; mi pequeño leoncito?, ¿por qué estás    triste?. Él volteó la mirada y empezó a ladrar entristecido. Con la mirada buscó la puerta, y sin volver la mirada hacia atrás, Salió corriendo. Carmen no lo volvió a ver.                                                                                                                                                                                                            Más tarde cuando Carmen llegó a su casa,  su mamá y su hermano la recibieron en la puerta. Ella, por sus miradas presentía que algo malo estaba pasando y le invadió una enorme tristeza porque esta vez no era Pipo quien la esperaba en la puerta, como lo hacía siempre. Lo primero que le dijo a su mamá en vez de expresarle buenas noches fue ¿Dónde está Pipo? Le respondió que no sabía dónde estaba, entonces Carmen corrió por todo el corral llamándolo desesperadamente y descosolada empezó a llorar.

                        Lo buscó por toda la casa. Su mamá le dijo que mejor se vaya a dormir y que en la mañana lo buscarían. Ella le contestó que no dormiría hasta encontrarlo. Tenía una corazonada que lo iba a encontrar esa noche. Y así fue, encontró a Pipo a las 11.00 de la noche, entre todos lograron sacarlo del profundo pozo al cual había caído. Estaba golpeado e hinchado, y con la mirada vidriosa mirando hacia lo infinito. Carmen sintió que       su corazón se destrozaba, y en  ese instante desfilaron por su memoria todos los momentos vividos con su amado Pipo. Sus ojos se negaban a creer que, en ese preciso instante, se estaba muriendo su bebé, ese pequeño que crió  con bastante esmero a punta de biberones y pequeños trozos de carne. Cuando su padre lo sacó de ese horrible lugar, ella se lo pidió y ni bien lo tuvo en sus brazos, Pipo dio su último aliento.  

Pipo, no te mueras, por favor!                                                          Pipo, no te mueras, mi vida sin ti no es vida!                                  -Mi bebé me esperó para morir, sabía que lo iba a encontrar, sollozaba Carmen.

           Cuando lo llevó a su  casa lo puso en medio de la sala en su lugar favorito en donde a él le encantaba sentarse a jugar con ella. Lo acostó despacito y se quedó sentada esperando a que se levantara, pero todos los que la acompañaban sabían que era imposible. Ya no respiraba.

          Carmen estuvo dos horas sin decir ni una sola palabra. Sus lágrimas recorrían sus mejillas  y caían sobre el cuerpo inerte de Pipo. Ella tenía la ilusión y deseo de poder darle vida con sus lágrimas y pedía a gritos a Dios que se compadeciera de este dolor tan profundo que sentía en la infinidad de su corazón.

                  Se quebraba sin poder hacer nada por resucitar a su bebé. Lo cargó y lo echó en su camita que estaba encima de una vitrina, lo abrigó con su mantita, a su costado colocó su patito y en sus pies la muñeca con que siempre había jugado.

                 Luego se quedó dormida y en su sueño veía que por la ventana que daba a su cuarto, entraba Pipo como de costumbre, como lo hacía todas las mañanas. Al despertar, estaba llorando y se levantó pensando que todo había sido una pesadilla. Llamó a Pipo y su mamá lo miró muy triste. Comprendió que no era un sueño y que tenía que acostumbrarse a estar sin él.

           Contrataron los servicios de funeraria Cruz y Pipo fue velado dos días en la casa de Carmen. Todo el pueblo de Chepén estaba acongojado por la infausta noticia. El periódico “Últimas Noticias”, y demás diarios regionales colocaron en grandes titulares la infausta muerte del perro estudioso.

                  Los periodistas de Chepén en sus emisoras hicieron grandes reportajes sobre la muerte de Pipo.

                   La profesora y los niños hicieron guardia todo el día. Y todo el mundo lloraba por el perro más inteligente y bueno. A la hora del entierro fue llevado a la iglesia San Sebastián donde el párroco Fernando Rojas Morey ofició una Misa de cuerpo presente. Luego, la banda de Músicos 12 de setiembre acompañó a Pipo hasta su última morada ejecutando acongojadas melodías, bajo el manto de un mar humano que lloraba desconsoladamente.

                 Pipo fue enterrado en el cementerio general de Chepén y, en  su tumba, se colocó un   epitafio que decía: “Aquí descansan los restos mortales de Pipo el perro bueno y estudioso de Chepén”. Ese día, Carmen llorando desconsoladamente prometió que en memoria de Pipo, daría a sus semejantes todo ese amor tan puro y noble que él le enseñó a cultivar.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             

PIPO, EL PEQUEÑO ESTUDIOSO

¡Pipo, no te mueras!,

¡Pipo, no te mueras!                                

Era la suplicante voz de Carmen, aquella mañana de un aciago día de invierno, en la que su amado Pipo desfallecía  en sus brazos.

           Fue en el mes de los enamorados cuando Carmen visitó a su tía que vivía en un  pintoresco lugar llamado Dos Puentes. Eran, aproximadamente, las 8 de la mañana cuando llegó. De inmediato llamó su atención una hermosa camada de perritos. Eran ocho en total, y tenían medio mes de nacidos. Carmen y su primo se propusieron bañar a los perritos en una tina y cuando estaban en plena faena se percataron que faltaba uno de ellos, el cual estaba escondido entre las plantas. Al  descubrirlo,  notaron que  era el más pequeño;  entonces lo jalaron despacito para bañarlo. Cuando terminaron de secarlos dejaron que la mamá perra, les diera de mamar. Fue en ese instante que el más pequeñín se acercó y lamió el pie a Carmen. Al contemplar  aquella escena, la tía de Carmen, le dijo a su sobrina que se lo regalaba; Carmen, muy contenta, decidió llevarlo a su casa, en la ciudad de Chepén. Al llegar, a su casa, Carmen lo colocó al cachorrito en un patito de peluche que ella había hecho, y luego fue al mercado a comprar un biberón y leche.  Fue así que el perrito se acostumbró a tomar su biberón y ella decidió bautizarlo con el nombre de Pipo.

                 Todos los días los pasaba jugando con Pipo hasta que empezaron sus clases en el colegio. Tenía que ir muy temprano a la escuela y solamente le quedaban las tardes para jugar con su pequeño amigo.  

              En mayo, Carmen, tuvo que ir a Lima por el cumpleaños de su abuela, así que tuvo que dejar a Pipo encargado en la casa de una amiga de la escuela porque nadie iba a estar en su casa.    Al regresar, después de dos semanas, tuvo que esperar tres días para que le entregaran su perrito.                                Un viernes por la tarde fue a recoger a su pequeño Pipo. El niño que lo cuidaba le dijo que estaba durmiendo y que le daba miedo despertarlo. Entonces mandó a su hermanito, que siempre jugaba con Pipo, para que lo bajara del segundo piso. Cuando Pipo vio a Carmen,  inmediatamente  soltándose de los brazos del niño se abalanzó sobre ella. Carmen lo cogió y le dio un abrazo muy fuerte mientras él le lamía la cara. Lo tuvo que esconder en su mochila para que no se diera cuenta la profesora puesto  que se había salido del colegio, a escondidas, a la hora del recreo. Ese día la profesora empezó a tomar la tabla de multiplicar del número dos.

- Carmencita ¿cuánto es dos por dos?, preguntó  la profesora.  

La niña se quedó muda, no sabía la respuesta.                                  -Apúrate- volvió a repetir la maestra.

La niña seguía sin contestar y miraba al techo como queriendo encontrar la respuesta allí.

La maestra  repitió la pregunta:

-¡Cuánto es dos por dos Carmencita!

 

-Guau, guau, guau, guau!, se escuchó en el silencio sepulcral del aula y todos voltearon la mirada tratando de averiguar de dónde provenían esos ladridos. Al parecer provenían de la mochila de Carmen donde Pipo estaba escondido. La maestra ordenó a Carmen que abra la mochila y cuando ésta fue abierta  apareció alegremente la cabeza de Pipo, luego   su lengua rojiza la pasó por las  manos de la profesora. Ésta, en lugar de enojarse, se sonrió porque había salvado a Carmen. Pipo contestó correctamente con cuatro ladridos la pregunta formulada y, para probar que, indudablemente, Pipo sabía multiplicar, la profesora preguntó:

- ¿Cuánto es tres por dos, Lucía.                                                              La niña no sabía qué contestar, se quedó muda, pero el silencio se acabó cuando se escuchó:                                  -guau, guau, guau, guau, guau, guau.

                 Desde aquel día Pipo fue el más mimado de la escuela porque sabía multiplicar. Carmen había descubierto que él tenía un don: el de saber la tabla de multiplicar. Cuando regresaron a su casa, la mamá de la joven se sorprendió al ver nuevamente a Pipo y al enterarse que sabía multiplicar. Y todos se alegraron de volver a tenerlo en casa. Los niños, vecinos de Carmen, todos los días, desde aquel suceso, se iban a jugar con él y a repasar  la tabla de multiplicar. La noticia que Pipo sabía multiplicar llegó a los oídos del cirquero de los Hnos. Fuentes Gasca quien propuso a su dueña comprárselo para que haga su número en el circo respondiendo a la tabla de multiplicar, pero la propuesta fue rechazada, su dueña no quería desprenderse de su amigo.   Así transcurría la alegre vida de Pipo en casa de Carmen. Le encantaba jugar con las muñecas y estiraba su pata en señal de amistad. Le gustaba mucho que le hagan cosquillas y también le encantaba su patito de peluche con el que siempre dormía abrazadito.

                   Al cumplir un año de edad Pipo  arañó la pierna de Carmen, haciéndole una herida, y ella se puso a llorar. Entonces ocurrió lo insólito, fue donde estaba la mamá de Carmen y empezó a ladrar fuerte. Y como la señora no le hacía caso, regresó y se puso delante de Carmen. Había llevado una muñeca que era la preferida de ella y con su hocico iba empujándola hasta colocarla en los pies de su ama. Ella la regresaba y él la volvía a colocar, hasta que Carmen sujetará a la muñeca. Luego de hacer esto se iba moviendo la cola. Y así cada vez que Carmen lloraba él   buscaba a la muñeca y la colocaba en los pies de ella.

                     A veces Carmen fingía llorar para que Pipo le trajera la muñeca. Pero él, muy astuto, traía su pelotita de hule para que jueguen. Sin lugar a dudas era muy inteligente. En otra ocasión cuando Carmen y su hermano peleaban, Pipo se abalanzó contra el chiquillo y empezó a morderlo. Ella lo llamó con fuerte voz y él la miró con inmensa ternura “El te quería hacer daño y yo tan sólo te quería defender”. Esa mirada de inmensa ternura quedó impregnada en la memoria de Carmen para siempre porque fue tan humana y tan llena de ese sentimiento llamado amor. Y se podía leer en sus ojitos y en su mente “Soy capaz de dar mi vida por defenderte”. El papá de Carmen que había presenciado la escena se quitó la correa para castigar a Pipo, pero ella se la arrebató. La madre de Carmen  salió en defensa de Pipo, diciendo que este solo defendió a su ama. Luego,  Carmen salió con Pipo  a jugar en el corral, y no podía quitarse de la mente esa mirada tan apacible como el suave viento de un alegre atardecer. En ese instante, le prometió que jamás se separaría de él y que siempre lo cuidaría para que nadie le hiciera daño.

         Después del incidente Carmen empezó los preparativos para celebrar el cumpleaños de Pipo. El 26 de febrero era la fecha indicada para tal acontecimiento. Se enviaron tarjetas de invitación a todos los vecinos del barrio para que junto a sus mascotas acudan a tan trascendental acontecimiento. Ese día Pipo disfrutó al máximo su cumpleaños, junto a sus amiguitos, los perritos del barrio. Carmen se sentía feliz de tan honorable acto para su Pipo, al ser que más amaba, y Pipo correspondía con unos saltitos mortales delante de ella. 

                   Pipo tenía la costumbre de salir a la calle  ladrando y se enfurecía más si alguien se acercaba a Carmen o rondaba cerca de la casa. No le gustaba que nadie se le acercara; era celoso y muy protector de su ama.  

            Un día Carmen se enfermó y Pipo se encargó de cuidarla. Se echaba a su lado y no se movía todo el día de allí. La cuidaba como si fuera su hermana mayor. Pasado un tiempo, Pipo aprendió a subir al techo de la casa y cuando Carmen  salía de compras subía al techo de la casa y  se desplazaba por los techos de las casas de toda la cuadra para no perder de vista a Carmen. En una de esas correrías, Pipo se cayó del techo de una casa vecina y se golpeó muy fuerte la cadera. Lloraba lastimosamente. Carmen le vendó parte de la cadera para evitar que se hiciera más daño con el movimiento al querer caminar. Estuvo vendado toda una semana, pero al recuperarse no aprendió la lección y se volvió a caer. Esta vez no se hizo daño ya que cayó en una cama.  

             Pipo fue creciendo y se convirtió en un hermoso ejemplar. Llegó a ser el fiel compañero para la madre de Carmen, ya que ésta se encontraba delicada de salud. La acompañaba todo el día, y tan sólo se alejaba de ella cuando todos estaban en casa. La mamá de Carmen no podía acariciarlo, así que frotaba su cabeza contra los pies de la señora. En esas circunstancias Carmen había dejado su examen de comunicación sobre la mesita de noche que su maestra “Mechita” le había entregado el día anterior. Estaba desaprobada, tenía diez. Empezó a buscarla y no la encontraba por ningún lado hasta que  descubre a Pipo que estaba jugando con un pedazo de papel, y este era el de su examen. El pequeño can se había comido la parte del papel en la estaba aprobado el examen y solamente quedaba la parte en la que en la que estaban todos los errores ortográficos. Cuando Carmen llegó a la escuela no sabía qué hacer porque la maestra empezó a pedir los exámenes firmados por sus padres. Entonces Carmen tuvo miedo que la vayan a castigar.

- Carmen, su examen por favor- dijo la maestra “Mechita”.                                                                                         Ella se acercó temerosa con el papel del examen doblado para que la profesora no se dé cuenta del  deteriorado papel.

-Qué pasó con el examen- preguntó la docente.                                - Mi  perro se ha comido la mitad, respondió Carmen.             

- Su perro es estudioso porque se ha comido la primera parte nomás- volvió a proferir la profesora Mechita.                 

-Así es maestra “Mechita”, mi perro no come errores ortográficos porque le hacen daño a su estómago manifestó Carmen, con mucho temor por el castigo.
-ja ja ja ja ja, rieron todos sus compañeros conjuntamente con la maestra.

Fue un día funesto del gélido invierno cuando Pipo se puso inquieto y se comportó medio raro. Carmen ese día tuvo clases todo el día. Cuando regresó del colegio se fue a descansar un rato, pero Pipo entró a su cuarto y emitió lastimeros ladridos. Ella se levantó lloriqueando lentamente después de haber tenido un nefasto sueño, como presintiendo que algo malo iba a suceder. Él le lamió los pies y le dejó la muñeca en su delante como diciéndole que no llore. Ella le dio un suave beso en su frente, y le hizo una dulce caricia con sus suaves manos sin saber que se estaba despidiendo. Carmen se agachó lloriqueando, y al parecer quería retener a su entrañable Pipo, pero éste empezó a salir lentamente dejándola con un nudo en la garganta, y un dolor infinito en el corazón. Por último, desde el umbral de la puerta, la miró con esos ojitos tan lindos entre pardos y plomos verdosos. En sus manos quedó impregnada la suavidad de su pelaje más blando que un copo de algodón, y cuando nuevamente pasó la mano por el hocico, Pipo  agachó la cabeza y le lamió los pies. Ella le dijo: ¿qué te pasa mi loco bello; mi pequeño leoncito?, ¿por qué estás    triste?. Él volteó la mirada y empezó a ladrar entristecido. Con la mirada buscó la puerta, y sin volver la mirada hacia atrás, Salió corriendo. Carmen no lo volvió a ver.                                                                                                                                                                                                            Más tarde cuando Carmen llegó a su casa,  su mamá y su hermano la recibieron en la puerta. Ella, por sus miradas presentía que algo malo estaba pasando y le invadió una enorme tristeza porque esta vez no era Pipo quien la esperaba en la puerta, como lo hacía siempre. Lo primero que le dijo a su mamá en vez de expresarle buenas noches fue ¿Dónde está Pipo? Le respondió que no sabía dónde estaba, entonces Carmen corrió por todo el corral llamándolo desesperadamente y descosolada empezó a llorar.

                        Lo buscó por toda la casa. Su mamá le dijo que mejor se vaya a dormir y que en la mañana lo buscarían. Ella le contestó que no dormiría hasta encontrarlo. Tenía una corazonada que lo iba a encontrar esa noche. Y así fue, encontró a Pipo a las 11.00 de la noche, entre todos lograron sacarlo del profundo pozo al cual había caído. Estaba golpeado e hinchado, y con la mirada vidriosa mirando hacia lo infinito. Carmen sintió que       su corazón se destrozaba, y en  ese instante desfilaron por su memoria todos los momentos vividos con su amado Pipo. Sus ojos se negaban a creer que, en ese preciso instante, se estaba muriendo su bebé, ese pequeño que crió  con bastante esmero a punta de biberones y pequeños trozos de carne. Cuando su padre lo sacó de ese horrible lugar, ella se lo pidió y ni bien lo tuvo en sus brazos, Pipo dio su último aliento.  

Pipo, no te mueras, por favor!                                                          Pipo, no te mueras, mi vida sin ti no es vida!                                  -Mi bebé me esperó para morir, sabía que lo iba a encontrar, sollozaba Carmen.

           Cuando lo llevó a su  casa lo puso en medio de la sala en su lugar favorito en donde a él le encantaba sentarse a jugar con ella. Lo acostó despacito y se quedó sentada esperando a que se levantara, pero todos los que la acompañaban sabían que era imposible. Ya no respiraba.

          Carmen estuvo dos horas sin decir ni una sola palabra. Sus lágrimas recorrían sus mejillas  y caían sobre el cuerpo inerte de Pipo. Ella tenía la ilusión y deseo de poder darle vida con sus lágrimas y pedía a gritos a Dios que se compadeciera de este dolor tan profundo que sentía en la infinidad de su corazón.

                  Se quebraba sin poder hacer nada por resucitar a su bebé. Lo cargó y lo echó en su camita que estaba encima de una vitrina, lo abrigó con su mantita, a su costado colocó su patito y en sus pies la muñeca con que siempre había jugado.

                 Luego se quedó dormida y en su sueño veía que por la ventana que daba a su cuarto, entraba Pipo como de costumbre, como lo hacía todas las mañanas. Al despertar, estaba llorando y se levantó pensando que todo había sido una pesadilla. Llamó a Pipo y su mamá lo miró muy triste. Comprendió que no era un sueño y que tenía que acostumbrarse a estar sin él.

           Contrataron los servicios de funeraria Cruz y Pipo fue velado dos días en la casa de Carmen. Todo el pueblo de Chepén estaba acongojado por la infausta noticia. El periódico “Últimas Noticias”, y demás diarios regionales colocaron en grandes titulares la infausta muerte del perro estudioso.

                  Los periodistas de Chepén en sus emisoras hicieron grandes reportajes sobre la muerte de Pipo.

                   La profesora y los niños hicieron guardia todo el día. Y todo el mundo lloraba por el perro más inteligente y bueno. A la hora del entierro fue llevado a la iglesia San Sebastián donde el párroco Fernando Rojas Morey ofició una Misa de cuerpo presente. Luego, la banda de Músicos 12 de setiembre acompañó a Pipo hasta su última morada ejecutando acongojadas melodías, bajo el manto de un mar humano que lloraba desconsoladamente.

                 Pipo fue enterrado en el cementerio general de Chepén y, en  su tumba, se colocó un   epitafio que decía: “Aquí descansan los restos mortales de Pipo el perro bueno y estudioso de Chepén”. Ese día, Carmen llorando desconsoladamente prometió que en memoria de Pipo, daría a sus semejantes todo ese amor tan puro y noble que él le enseñó a cultivar.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            

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