PIPO, EL PEQUEÑO ESTUDIOSO
¡Pipo,
no te mueras!,
¡Pipo,
no te mueras!
Era la suplicante voz de Carmen, aquella mañana de un aciago día de invierno, en la que su amado Pipo desfallecía
en sus brazos.
Fue en el mes de los enamorados cuando Carmen visitó a su tía que vivía en un pintoresco lugar llamado Dos Puentes. Eran, aproximadamente, las 8 de la mañana cuando llegó. De inmediato
llamó su atención una hermosa camada de perritos. Eran ocho en total, y tenían medio mes de
nacidos. Carmen
y su primo se propusieron bañar a los perritos en una tina y cuando estaban en
plena faena se percataron que faltaba uno de ellos, el cual estaba escondido
entre las plantas. Al descubrirlo, notaron que
era el más pequeño; entonces lo
jalaron despacito para bañarlo. Cuando terminaron de secarlos dejaron que la
mamá perra, les diera de mamar. Fue en ese instante que el más pequeñín se
acercó y lamió el pie a Carmen.
Al contemplar aquella escena, la tía de
Carmen,
le dijo a su sobrina que se
lo regalaba; Carmen, muy contenta, decidió llevarlo a su casa, en la ciudad de
Chepén. Al
llegar, a su casa, Carmen lo colocó al cachorrito en un patito de peluche que
ella había hecho, y luego fue al mercado a comprar un biberón y leche. Fue así que el perrito se acostumbró a tomar
su biberón y ella decidió bautizarlo con el nombre de Pipo.
Todos los días los pasaba jugando con Pipo hasta que empezaron sus clases en el colegio. Tenía que ir muy
temprano a la escuela y solamente le quedaban las tardes para jugar con su
pequeño amigo.
En mayo,
Carmen, tuvo que ir a Lima por el cumpleaños de su abuela, así que tuvo que
dejar a Pipo
encargado en la casa de una amiga de la escuela porque nadie iba a estar en su
casa. Al regresar, después de dos
semanas, tuvo que esperar tres días para que le entregaran su perrito. Un viernes por la tarde fue a recoger a su
pequeño Pipo.
El niño que lo cuidaba le dijo que estaba durmiendo y que le daba miedo
despertarlo.
Entonces mandó a su hermanito, que siempre jugaba con Pipo, para que lo bajara del segundo piso. Cuando
Pipo vio a Carmen, inmediatamente
soltándose de los brazos del niño se abalanzó sobre ella. Carmen lo
cogió y le dio un abrazo muy fuerte mientras él le lamía la cara. Lo tuvo que esconder en su mochila
para que no se diera cuenta la profesora puesto
que se había salido del colegio, a escondidas, a la hora del recreo. Ese
día la profesora empezó a tomar la tabla de multiplicar del número dos.
- Carmencita ¿cuánto es dos por dos?, preguntó
la profesora.
La niña se quedó muda, no sabía la respuesta. -Apúrate- volvió a repetir la maestra.
La niña seguía sin contestar y miraba al techo
como queriendo encontrar la respuesta allí.
La maestra
repitió la pregunta:
-¡Cuánto es dos por dos Carmencita!

-Guau, guau, guau, guau!, se escuchó en el
silencio sepulcral del aula y todos voltearon la mirada tratando de averiguar
de dónde provenían esos ladridos. Al parecer provenían de la mochila de Carmen donde Pipo estaba escondido. La maestra ordenó a Carmen
que abra la mochila y cuando ésta fue abierta
apareció alegremente la cabeza de Pipo, luego su lengua rojiza la pasó por las manos de
la profesora. Ésta,
en lugar de enojarse,
se sonrió porque había salvado a Carmen.
Pipo contestó correctamente con cuatro ladridos la
pregunta formulada y,
para probar que,
indudablemente, Pipo
sabía multiplicar,
la profesora preguntó:
- ¿Cuánto es tres por dos, Lucía.
La
niña no sabía qué contestar, se quedó muda, pero el silencio se acabó cuando se
escuchó: -guau, guau, guau, guau, guau, guau.
Desde aquel día Pipo fue el más mimado de la escuela porque sabía
multiplicar. Carmen
había descubierto que él tenía un don: el de saber la tabla de multiplicar.
Cuando regresaron a su casa, la mamá de la joven se sorprendió al ver nuevamente a Pipo y al enterarse que sabía multiplicar. Y todos
se alegraron de volver a tenerlo en casa. Los niños, vecinos de Carmen, todos los días, desde aquel suceso, se iban a jugar con él y a repasar la tabla de multiplicar. La noticia que Pipo sabía multiplicar llegó a los oídos del
cirquero de los Hnos. Fuentes Gasca quien propuso a su dueña comprárselo para
que haga su número en el circo respondiendo a la tabla de multiplicar, pero la
propuesta fue rechazada, su dueña no quería desprenderse de su amigo. Así
transcurría la alegre vida de Pipo
en casa de Carmen.
Le encantaba jugar con las muñecas y estiraba su pata en señal de amistad. Le
gustaba mucho que le hagan cosquillas y también le encantaba su patito de
peluche con el que siempre dormía abrazadito.

Al cumplir un año de edad Pipo arañó
la pierna de Carmen,
haciéndole una herida, y ella se puso a llorar. Entonces ocurrió lo insólito,
fue donde estaba la mamá de Carmen
y empezó a ladrar fuerte. Y como la señora no le hacía caso, regresó y se puso
delante de Carmen.
Había llevado una muñeca que era la preferida de ella y con su hocico iba
empujándola hasta colocarla en los pies de su ama. Ella la regresaba y él la
volvía a colocar, hasta que Carmen sujetará a la muñeca. Luego de hacer esto se iba
moviendo la cola. Y así cada vez que Carmen
lloraba él buscaba a la muñeca y la
colocaba en los pies de ella.
A veces Carmen fingía llorar para que Pipo le trajera la muñeca. Pero él,
muy astuto,
traía su pelotita de hule para que jueguen. Sin lugar a dudas era muy
inteligente. En otra ocasión cuando Carmen
y su hermano peleaban, Pipo
se abalanzó contra el chiquillo y empezó a morderlo. Ella lo llamó con fuerte
voz y él la miró con inmensa ternura “El te quería hacer daño y yo tan sólo te quería defender”. Esa mirada de inmensa ternura quedó
impregnada en la memoria de Carmen
para siempre porque fue tan humana y tan llena de ese sentimiento llamado amor.
Y se podía leer en sus ojitos y en su mente “Soy capaz de dar mi vida por
defenderte”. El papá de Carmen
que había presenciado la escena se quitó la correa para castigar a Pipo, pero ella se la arrebató. La madre de
Carmen salió en defensa de Pipo,
diciendo que este solo defendió a su ama. Luego, Carmen
salió con Pipo a jugar en el corral, y
no podía quitarse
de la mente esa mirada tan apacible como el suave viento de un alegre
atardecer. En ese instante,
le prometió que jamás se
separaría de él y que siempre lo cuidaría para que nadie le hiciera daño.
Después del incidente Carmen empezó los preparativos para celebrar el
cumpleaños de Pipo. El 26 de febrero era la fecha indicada para tal
acontecimiento. Se enviaron tarjetas de invitación a todos los vecinos del
barrio para que junto a sus mascotas acudan a tan trascendental acontecimiento.
Ese día Pipo disfrutó al máximo su cumpleaños, junto a sus amiguitos, los
perritos del barrio. Carmen se sentía feliz de tan honorable acto para su Pipo,
al ser que más amaba, y Pipo correspondía con unos saltitos mortales delante de
ella.
Pipo tenía la costumbre de salir a la calle ladrando y se enfurecía más si alguien se
acercaba a Carmen
o rondaba cerca de la casa. No le gustaba que nadie se le acercara; era celoso y muy protector de su ama.
Un día Carmen se enfermó y Pipo se encargó de cuidarla. Se echaba a su lado y
no se movía todo el día de allí. La
cuidaba como si fuera su hermana mayor. Pasado un tiempo, Pipo aprendió a subir al techo de la casa y cuando
Carmen salía de compras subía al techo
de la casa y se desplazaba por los
techos de las casas de toda la cuadra para no perder de vista a Carmen. En una
de esas correrías,
Pipo se cayó del techo de una casa vecina y se
golpeó muy fuerte la cadera. Lloraba lastimosamente. Carmen le vendó parte de la cadera para evitar que se
hiciera más daño con el movimiento al querer caminar. Estuvo vendado toda una
semana, pero al recuperarse no aprendió la lección y se volvió a caer. Esta vez no se hizo daño ya que cayó en una
cama.
Pipo fue creciendo y se convirtió en un hermoso
ejemplar. Llegó a ser el fiel compañero para la madre de Carmen, ya que ésta se encontraba delicada de salud.
La acompañaba todo el día, y tan sólo se alejaba
de ella cuando todos estaban en casa. La mamá de Carmen no podía acariciarlo, así que frotaba su cabeza contra los pies de
la señora. En esas circunstancias Carmen
había dejado su examen de comunicación sobre la mesita de noche que su maestra
“Mechita” le había entregado el día anterior. Estaba desaprobada, tenía diez. Empezó a buscarla y no la
encontraba por ningún lado hasta que descubre a Pipo que estaba jugando con un
pedazo de papel, y este era el de su examen. El pequeño can se había comido la
parte del papel en la estaba aprobado el examen y solamente quedaba la parte en
la que en la que estaban todos los errores ortográficos. Cuando Carmen llegó a
la escuela no sabía qué hacer porque la maestra empezó a pedir los exámenes
firmados por sus padres. Entonces Carmen
tuvo miedo que la
vayan a castigar.
- Carmen,
su examen por favor- dijo la maestra “Mechita”. Ella se acercó temerosa con el papel del examen
doblado para que la profesora no se dé cuenta del deteriorado papel.
-Qué pasó con el examen- preguntó la docente. - Mi
perro se ha comido la mitad, respondió Carmen.

- Su perro es estudioso porque se ha comido la primera parte nomás- volvió a
proferir la profesora Mechita.
-Así es maestra “Mechita”, mi perro no come errores ortográficos porque
le hacen daño a su estómago manifestó Carmen, con mucho temor por el castigo.
-ja ja ja ja ja, rieron todos sus compañeros
conjuntamente con la maestra.
Fue un día funesto del gélido invierno cuando Pipo se puso inquieto y se comportó medio raro. Carmen ese día tuvo clases todo el día. Cuando
regresó del colegio se fue a descansar un rato, pero Pipo entró a su cuarto y
emitió lastimeros ladridos. Ella se levantó lloriqueando lentamente después de
haber tenido un nefasto sueño, como presintiendo que algo malo iba a suceder.
Él le lamió los pies y le dejó la muñeca en su delante como diciéndole que no
llore. Ella le dio un suave beso en su frente, y le hizo una dulce caricia con
sus suaves manos sin saber que se estaba despidiendo. Carmen se agachó lloriqueando, y al parecer quería
retener a su entrañable Pipo, pero éste empezó a salir lentamente dejándola con
un nudo en la garganta, y un dolor infinito en el corazón. Por último, desde el
umbral de la puerta, la miró con esos ojitos tan lindos entre pardos y plomos
verdosos. En sus manos quedó impregnada la suavidad de su pelaje más blando que
un copo de algodón, y cuando nuevamente pasó la mano por el hocico, Pipo
agachó la cabeza y le lamió los pies. Ella le dijo: ¿qué te pasa mi loco bello; mi pequeño leoncito?, ¿por qué estás triste?. Él volteó la mirada y empezó a ladrar
entristecido. Con la mirada buscó la puerta, y sin volver la mirada hacia
atrás, Salió corriendo. Carmen
no lo volvió a ver. Más tarde cuando Carmen llegó a su casa, su mamá y su hermano la recibieron en la puerta. Ella, por sus miradas
presentía que algo malo estaba pasando y le invadió una enorme tristeza porque esta
vez no era Pipo
quien la
esperaba en la puerta, como lo hacía siempre. Lo primero que le dijo a su mamá
en vez de expresarle buenas noches fue ¿Dónde está Pipo? Le respondió que no sabía dónde estaba,
entonces Carmen corrió por todo el corral llamándolo desesperadamente y
descosolada empezó a llorar.
Lo buscó por toda la casa. Su mamá le dijo que
mejor se vaya a dormir y que en la mañana lo buscarían. Ella le contestó que no
dormiría hasta encontrarlo. Tenía una corazonada que lo iba a encontrar esa
noche. Y así fue, encontró a Pipo
a las 11.00 de la noche, entre todos lograron sacarlo del profundo pozo al cual
había caído. Estaba golpeado e hinchado, y con la mirada vidriosa mirando hacia
lo infinito. Carmen
sintió que su corazón se destrozaba,
y en ese instante desfilaron por su memoria todos los momentos vividos con
su amado Pipo. Sus
ojos se negaban a creer que, en ese
preciso instante,
se estaba muriendo su bebé, ese
pequeño que crió con bastante esmero a
punta de biberones y pequeños trozos de carne. Cuando su padre lo sacó de ese
horrible lugar, ella se lo pidió y ni bien lo tuvo en sus brazos, Pipo dio su
último aliento.

-¡Pipo,
no te mueras, por favor!
-¡Pipo, no te mueras, mi vida sin ti no es vida! -Mi bebé me esperó para morir, sabía que lo iba
a encontrar, sollozaba Carmen.
Cuando lo llevó a su casa lo puso en medio de la sala en su lugar
favorito en donde a él le encantaba sentarse a jugar con ella. Lo acostó
despacito y se quedó sentada esperando a que se levantara, pero todos los que la acompañaban sabían que era imposible. Ya no respiraba.
Carmen estuvo dos horas sin decir ni una sola
palabra. Sus lágrimas recorrían sus mejillas y
caían sobre el cuerpo inerte de Pipo.
Ella tenía la ilusión y deseo de poder darle vida con sus lágrimas y pedía a
gritos a Dios que se compadeciera de este dolor tan profundo que sentía en la
infinidad de su corazón.
Se quebraba sin poder hacer nada por resucitar
a su bebé. Lo cargó y lo echó en su camita que estaba encima de una vitrina, lo
abrigó con su mantita, a su costado colocó su patito y en sus pies la muñeca
con que siempre había jugado.
Luego se
quedó dormida y en su sueño veía que por la ventana que daba a su cuarto,
entraba Pipo
como de costumbre, como
lo hacía todas las mañanas. Al despertar, estaba llorando y se levantó pensando que todo
había sido una pesadilla. Llamó a Pipo
y su mamá lo miró muy triste. Comprendió que no era un sueño y que tenía que
acostumbrarse a estar sin él.
Contrataron los servicios de funeraria Cruz y Pipo
fue velado dos días en la casa de Carmen.
Todo el pueblo de Chepén estaba acongojado por la infausta noticia. El periódico
“Últimas Noticias”, y demás diarios regionales colocaron en grandes titulares
la infausta muerte del perro estudioso.
Los periodistas de Chepén en sus emisoras
hicieron grandes reportajes sobre la muerte de Pipo.
La profesora y los niños hicieron guardia
todo el día. Y todo el mundo lloraba por el perro más inteligente y bueno. A la
hora del entierro fue llevado a la iglesia San Sebastián donde el párroco
Fernando Rojas Morey ofició una Misa de cuerpo presente. Luego, la banda de Músicos 12 de setiembre acompañó a Pipo hasta su última morada ejecutando acongojadas
melodías,
bajo el manto de un mar humano que lloraba desconsoladamente.
Pipo fue enterrado en el cementerio general de
Chepén y,
en su tumba, se colocó un epitafio que decía: “Aquí descansan los
restos mortales de Pipo
el perro bueno y estudioso de Chepén”. Ese día, Carmen llorando
desconsoladamente prometió que en memoria de Pipo, daría a sus semejantes todo ese amor tan puro
y noble que él le enseñó a cultivar.
PIPO,
EL PEQUEÑO ESTUDIOSO
¡Pipo,
no te mueras!,
¡Pipo,
no te mueras!
Era la suplicante voz de Carmen, aquella mañana de un aciago día de invierno, en la que su amado Pipo desfallecía
en sus brazos.
Fue en el mes de los enamorados cuando Carmen visitó a su tía que vivía en un pintoresco lugar llamado Dos Puentes. Eran, aproximadamente, las 8 de la mañana cuando llegó. De inmediato
llamó su atención una hermosa camada de perritos. Eran ocho en total, y tenían medio mes de
nacidos. Carmen
y su primo se propusieron bañar a los perritos en una tina y cuando estaban en
plena faena se percataron que faltaba uno de ellos, el cual estaba escondido
entre las plantas. Al descubrirlo, notaron que
era el más pequeño; entonces lo
jalaron despacito para bañarlo. Cuando terminaron de secarlos dejaron que la
mamá perra, les diera de mamar. Fue en ese instante que el más pequeñín se
acercó y lamió el pie a Carmen.
Al contemplar aquella escena, la tía de
Carmen,
le dijo a su sobrina que se
lo regalaba; Carmen, muy contenta, decidió llevarlo a su casa, en la ciudad de
Chepén. Al
llegar, a su casa, Carmen lo colocó al cachorrito en un patito de peluche que
ella había hecho, y luego fue al mercado a comprar un biberón y leche. Fue así que el perrito se acostumbró a tomar
su biberón y ella decidió bautizarlo con el nombre de Pipo.
Todos los días los pasaba jugando con Pipo hasta que empezaron sus clases en el colegio. Tenía que ir muy
temprano a la escuela y solamente le quedaban las tardes para jugar con su
pequeño amigo.
En mayo,
Carmen, tuvo que ir a Lima por el cumpleaños de su abuela, así que tuvo que
dejar a Pipo
encargado en la casa de una amiga de la escuela porque nadie iba a estar en su
casa. Al regresar, después de dos
semanas, tuvo que esperar tres días para que le entregaran su perrito. Un viernes por la tarde fue a recoger a su
pequeño Pipo.
El niño que lo cuidaba le dijo que estaba durmiendo y que le daba miedo
despertarlo.
Entonces mandó a su hermanito, que siempre jugaba con Pipo, para que lo bajara del segundo piso. Cuando
Pipo vio a Carmen, inmediatamente
soltándose de los brazos del niño se abalanzó sobre ella. Carmen lo
cogió y le dio un abrazo muy fuerte mientras él le lamía la cara. Lo tuvo que esconder en su mochila
para que no se diera cuenta la profesora puesto
que se había salido del colegio, a escondidas, a la hora del recreo. Ese
día la profesora empezó a tomar la tabla de multiplicar del número dos.
- Carmencita ¿cuánto es dos por dos?, preguntó
la profesora.
La niña se quedó muda, no sabía la respuesta. -Apúrate- volvió a repetir la maestra.
La niña seguía sin contestar y miraba al techo
como queriendo encontrar la respuesta allí.
La maestra
repitió la pregunta:
-¡Cuánto es dos por dos Carmencita!

-Guau, guau, guau, guau!, se escuchó en el
silencio sepulcral del aula y todos voltearon la mirada tratando de averiguar
de dónde provenían esos ladridos. Al parecer provenían de la mochila de Carmen donde Pipo estaba escondido. La maestra ordenó a Carmen
que abra la mochila y cuando ésta fue abierta
apareció alegremente la cabeza de Pipo, luego su lengua rojiza la pasó por las manos de
la profesora. Ésta,
en lugar de enojarse,
se sonrió porque había salvado a Carmen.
Pipo contestó correctamente con cuatro ladridos la
pregunta formulada y,
para probar que,
indudablemente, Pipo
sabía multiplicar,
la profesora preguntó:
- ¿Cuánto es tres por dos, Lucía.
La
niña no sabía qué contestar, se quedó muda, pero el silencio se acabó cuando se
escuchó: -guau, guau, guau, guau, guau, guau.
Desde aquel día Pipo fue el más mimado de la escuela porque sabía
multiplicar. Carmen
había descubierto que él tenía un don: el de saber la tabla de multiplicar.
Cuando regresaron a su casa, la mamá de la joven se sorprendió al ver nuevamente a Pipo y al enterarse que sabía multiplicar. Y todos
se alegraron de volver a tenerlo en casa. Los niños, vecinos de Carmen, todos los días, desde aquel suceso, se iban a jugar con él y a repasar la tabla de multiplicar. La noticia que Pipo sabía multiplicar llegó a los oídos del
cirquero de los Hnos. Fuentes Gasca quien propuso a su dueña comprárselo para
que haga su número en el circo respondiendo a la tabla de multiplicar, pero la
propuesta fue rechazada, su dueña no quería desprenderse de su amigo. Así
transcurría la alegre vida de Pipo
en casa de Carmen.
Le encantaba jugar con las muñecas y estiraba su pata en señal de amistad. Le
gustaba mucho que le hagan cosquillas y también le encantaba su patito de
peluche con el que siempre dormía abrazadito.

Al cumplir un año de edad Pipo arañó
la pierna de Carmen,
haciéndole una herida, y ella se puso a llorar. Entonces ocurrió lo insólito,
fue donde estaba la mamá de Carmen
y empezó a ladrar fuerte. Y como la señora no le hacía caso, regresó y se puso
delante de Carmen.
Había llevado una muñeca que era la preferida de ella y con su hocico iba
empujándola hasta colocarla en los pies de su ama. Ella la regresaba y él la
volvía a colocar, hasta que Carmen sujetará a la muñeca. Luego de hacer esto se iba
moviendo la cola. Y así cada vez que Carmen
lloraba él buscaba a la muñeca y la
colocaba en los pies de ella.
A veces Carmen fingía llorar para que Pipo le trajera la muñeca. Pero él,
muy astuto,
traía su pelotita de hule para que jueguen. Sin lugar a dudas era muy
inteligente. En otra ocasión cuando Carmen
y su hermano peleaban, Pipo
se abalanzó contra el chiquillo y empezó a morderlo. Ella lo llamó con fuerte
voz y él la miró con inmensa ternura “El te quería hacer daño y yo tan sólo te quería defender”. Esa mirada de inmensa ternura quedó
impregnada en la memoria de Carmen
para siempre porque fue tan humana y tan llena de ese sentimiento llamado amor.
Y se podía leer en sus ojitos y en su mente “Soy capaz de dar mi vida por
defenderte”. El papá de Carmen
que había presenciado la escena se quitó la correa para castigar a Pipo, pero ella se la arrebató. La madre de
Carmen salió en defensa de Pipo,
diciendo que este solo defendió a su ama. Luego, Carmen
salió con Pipo a jugar en el corral, y
no podía quitarse
de la mente esa mirada tan apacible como el suave viento de un alegre
atardecer. En ese instante,
le prometió que jamás se
separaría de él y que siempre lo cuidaría para que nadie le hiciera daño.
Después del incidente Carmen empezó los preparativos para celebrar el
cumpleaños de Pipo. El 26 de febrero era la fecha indicada para tal
acontecimiento. Se enviaron tarjetas de invitación a todos los vecinos del
barrio para que junto a sus mascotas acudan a tan trascendental acontecimiento.
Ese día Pipo disfrutó al máximo su cumpleaños, junto a sus amiguitos, los
perritos del barrio. Carmen se sentía feliz de tan honorable acto para su Pipo,
al ser que más amaba, y Pipo correspondía con unos saltitos mortales delante de
ella.
Pipo tenía la costumbre de salir a la calle ladrando y se enfurecía más si alguien se
acercaba a Carmen
o rondaba cerca de la casa. No le gustaba que nadie se le acercara; era celoso y muy protector de su ama.
Un día Carmen se enfermó y Pipo se encargó de cuidarla. Se echaba a su lado y
no se movía todo el día de allí. La
cuidaba como si fuera su hermana mayor. Pasado un tiempo, Pipo aprendió a subir al techo de la casa y cuando
Carmen salía de compras subía al techo
de la casa y se desplazaba por los
techos de las casas de toda la cuadra para no perder de vista a Carmen. En una
de esas correrías,
Pipo se cayó del techo de una casa vecina y se
golpeó muy fuerte la cadera. Lloraba lastimosamente. Carmen le vendó parte de la cadera para evitar que se
hiciera más daño con el movimiento al querer caminar. Estuvo vendado toda una
semana, pero al recuperarse no aprendió la lección y se volvió a caer. Esta vez no se hizo daño ya que cayó en una
cama.
Pipo fue creciendo y se convirtió en un hermoso
ejemplar. Llegó a ser el fiel compañero para la madre de Carmen, ya que ésta se encontraba delicada de salud.
La acompañaba todo el día, y tan sólo se alejaba
de ella cuando todos estaban en casa. La mamá de Carmen no podía acariciarlo, así que frotaba su cabeza contra los pies de
la señora. En esas circunstancias Carmen
había dejado su examen de comunicación sobre la mesita de noche que su maestra
“Mechita” le había entregado el día anterior. Estaba desaprobada, tenía diez. Empezó a buscarla y no la
encontraba por ningún lado hasta que descubre a Pipo que estaba jugando con un
pedazo de papel, y este era el de su examen. El pequeño can se había comido la
parte del papel en la estaba aprobado el examen y solamente quedaba la parte en
la que en la que estaban todos los errores ortográficos. Cuando Carmen llegó a
la escuela no sabía qué hacer porque la maestra empezó a pedir los exámenes
firmados por sus padres. Entonces Carmen
tuvo miedo que la
vayan a castigar.
- Carmen,
su examen por favor- dijo la maestra “Mechita”. Ella se acercó temerosa con el papel del examen
doblado para que la profesora no se dé cuenta del deteriorado papel.
-Qué pasó con el examen- preguntó la docente. - Mi
perro se ha comido la mitad, respondió Carmen.

- Su perro es estudioso porque se ha comido la primera parte nomás- volvió a
proferir la profesora Mechita.
-Así es maestra “Mechita”, mi perro no come errores ortográficos porque
le hacen daño a su estómago manifestó Carmen, con mucho temor por el castigo.
-ja ja ja ja ja, rieron todos sus compañeros
conjuntamente con la maestra.
Fue un día funesto del gélido invierno cuando Pipo se puso inquieto y se comportó medio raro. Carmen ese día tuvo clases todo el día. Cuando
regresó del colegio se fue a descansar un rato, pero Pipo entró a su cuarto y
emitió lastimeros ladridos. Ella se levantó lloriqueando lentamente después de
haber tenido un nefasto sueño, como presintiendo que algo malo iba a suceder.
Él le lamió los pies y le dejó la muñeca en su delante como diciéndole que no
llore. Ella le dio un suave beso en su frente, y le hizo una dulce caricia con
sus suaves manos sin saber que se estaba despidiendo. Carmen se agachó lloriqueando, y al parecer quería
retener a su entrañable Pipo, pero éste empezó a salir lentamente dejándola con
un nudo en la garganta, y un dolor infinito en el corazón. Por último, desde el
umbral de la puerta, la miró con esos ojitos tan lindos entre pardos y plomos
verdosos. En sus manos quedó impregnada la suavidad de su pelaje más blando que
un copo de algodón, y cuando nuevamente pasó la mano por el hocico, Pipo
agachó la cabeza y le lamió los pies. Ella le dijo: ¿qué te pasa mi loco bello; mi pequeño leoncito?, ¿por qué estás triste?. Él volteó la mirada y empezó a ladrar
entristecido. Con la mirada buscó la puerta, y sin volver la mirada hacia
atrás, Salió corriendo. Carmen
no lo volvió a ver. Más tarde cuando Carmen llegó a su casa, su mamá y su hermano la recibieron en la puerta. Ella, por sus miradas
presentía que algo malo estaba pasando y le invadió una enorme tristeza porque esta
vez no era Pipo
quien la
esperaba en la puerta, como lo hacía siempre. Lo primero que le dijo a su mamá
en vez de expresarle buenas noches fue ¿Dónde está Pipo? Le respondió que no sabía dónde estaba,
entonces Carmen corrió por todo el corral llamándolo desesperadamente y
descosolada empezó a llorar.
Lo buscó por toda la casa. Su mamá le dijo que
mejor se vaya a dormir y que en la mañana lo buscarían. Ella le contestó que no
dormiría hasta encontrarlo. Tenía una corazonada que lo iba a encontrar esa
noche. Y así fue, encontró a Pipo
a las 11.00 de la noche, entre todos lograron sacarlo del profundo pozo al cual
había caído. Estaba golpeado e hinchado, y con la mirada vidriosa mirando hacia
lo infinito. Carmen
sintió que su corazón se destrozaba,
y en ese instante desfilaron por su memoria todos los momentos vividos con
su amado Pipo. Sus
ojos se negaban a creer que, en ese
preciso instante,
se estaba muriendo su bebé, ese
pequeño que crió con bastante esmero a
punta de biberones y pequeños trozos de carne. Cuando su padre lo sacó de ese
horrible lugar, ella se lo pidió y ni bien lo tuvo en sus brazos, Pipo dio su
último aliento.

-¡Pipo,
no te mueras, por favor!
-¡Pipo, no te mueras, mi vida sin ti no es vida! -Mi bebé me esperó para morir, sabía que lo iba
a encontrar, sollozaba Carmen.
Cuando lo llevó a su casa lo puso en medio de la sala en su lugar
favorito en donde a él le encantaba sentarse a jugar con ella. Lo acostó
despacito y se quedó sentada esperando a que se levantara, pero todos los que la acompañaban sabían que era imposible. Ya no respiraba.
Carmen estuvo dos horas sin decir ni una sola
palabra. Sus lágrimas recorrían sus mejillas y
caían sobre el cuerpo inerte de Pipo.
Ella tenía la ilusión y deseo de poder darle vida con sus lágrimas y pedía a
gritos a Dios que se compadeciera de este dolor tan profundo que sentía en la
infinidad de su corazón.
Se quebraba sin poder hacer nada por resucitar
a su bebé. Lo cargó y lo echó en su camita que estaba encima de una vitrina, lo
abrigó con su mantita, a su costado colocó su patito y en sus pies la muñeca
con que siempre había jugado.
Luego se
quedó dormida y en su sueño veía que por la ventana que daba a su cuarto,
entraba Pipo
como de costumbre, como
lo hacía todas las mañanas. Al despertar, estaba llorando y se levantó pensando que todo
había sido una pesadilla. Llamó a Pipo
y su mamá lo miró muy triste. Comprendió que no era un sueño y que tenía que
acostumbrarse a estar sin él.
Contrataron los servicios de funeraria Cruz y Pipo
fue velado dos días en la casa de Carmen.
Todo el pueblo de Chepén estaba acongojado por la infausta noticia. El periódico
“Últimas Noticias”, y demás diarios regionales colocaron en grandes titulares
la infausta muerte del perro estudioso.
Los periodistas de Chepén en sus emisoras
hicieron grandes reportajes sobre la muerte de Pipo.
La profesora y los niños hicieron guardia
todo el día. Y todo el mundo lloraba por el perro más inteligente y bueno. A la
hora del entierro fue llevado a la iglesia San Sebastián donde el párroco
Fernando Rojas Morey ofició una Misa de cuerpo presente. Luego, la banda de Músicos 12 de setiembre acompañó a Pipo hasta su última morada ejecutando acongojadas
melodías,
bajo el manto de un mar humano que lloraba desconsoladamente.
Pipo fue enterrado en el cementerio general de
Chepén y,
en su tumba, se colocó un epitafio que decía: “Aquí descansan los
restos mortales de Pipo
el perro bueno y estudioso de Chepén”. Ese día, Carmen llorando
desconsoladamente prometió que en memoria de Pipo, daría a sus semejantes todo ese amor tan puro
y noble que él le enseñó a cultivar.


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