PRÓLOGO
MARÍA OLINDA MINCHOLA MENDOZA,
fallecida hace algunos meses, fue profesora de LENGUA y
LITERATURA. Como tal enseñó asignaturas de su especialidad en instituciones
educativas de nivel secundario y superior.
Olinda también incursionó en la
creación literaria escribiendo poemas y cuentos. Algunos de sus textos poéticos fueron
publicados, conjuntamente con poemas de Eliodoro Martínez Suárez en
dos volúmenes: GEMIDOS DEL ALMA (Poemas
de amor, 1998) y DELIRIOS DE AMOR (Poemas de ilusión y ternura, 2006).
Dichos textos poéticos tuvieron cierta acogida; por su parte sus textos
narrativos los escribió entre los años 2004 y 2010 y la mayoría de ellos
permanecían inéditos ya que cuatro cuentos de su autoría conforman el libro PALABRA
ENCANTADA (2010) junto a textos narrativos de Eliodoro Martínez Suárez y de
David Elías Martínez Minchola. Y ha sido su esposo Eliodoro Martínez, también
docente y escritor, quien los ha recopilado para publicarlos con el sugestivo
título de EL PODER DE DIOS
Son nueve las narraciones que reúne EL PODER DE DIOS. Todas
ellas refieren situaciones vitales difíciles y comportamientos de gentes que
viven con mucho esfuerzo y muchas carencias en pequeños poblados o distritos de la costa y de
los andes liberteños en los que antaño la vida acaecía serena y
sosegada, pero en la actualidad de diversas formas son asolados por la
violencia y otras lacras.
La temática subyacente de los relatos
se sostiene y mantiene firme por conflictos morales, pasionales, de convivencia
familiar y de relaciones sociales. Los textos trasuntan grandes emociones y
conflictos a través de un lenguaje directo, pero con el que la narradora ha
logrado dinámicas y plásticas descripciones y narraciones convincentes y
fluidas.
Los relatos constituyen escritos de inspiración idealista y en algunos de ellos aflora sutilmente el asunto religioso. Al respecto, la autora se ha cuidado de no transgredir las reglas que la literatura impone porque, no obstante ser profesora, no se atribuye un papel educador. Refiere los comportamientos y hechos concretos de una historia y no hay explicaciones respecto a nada divino o celestial, lo religioso se insinúa o se manifiesta simbólica o alegóricamente.
Personajes memorables de los relatos que se muestran en EL PODER DE DIOS son:
DAMIÁN DÍAZ del relato PODER DE DIOS, cuya existencia aciaga y azarosa, y las malas juntas determinan que viva al margen de la ley y que los delincuentes el Cobra y el Pantera lo involucren en un robo con asesinato. Al ser capturado por una muchedumbre encabezada por dos verdugos con pasamontañas y látigos, el gentío pide que lo castiguen arrojándolo a las aguas del río Chamán. La llegada de su pequeño hijo, abriéndose paso entre la multitud, inesperadamente suscita su salvación.
ÁNGEL, es el protagonista de EL VALOR DE ÁNGEL. Es un niño que estudia en un colegio cristiano, muy dedicado a sus estudios y solidario. Por ayudar a un compañero de su salón sufre una caída que fatal que determina su internamiento en el hospital. Al parecer la muerte lo acechaba, pero los ruegos de “Ángel no te mueras” coreados vigorosa y nerviosamente por la multitud lo alejan de la muerte.
MARINO PALOMINO GUANILO y la sirena MARILUNA protagonizan la narración LA SIRENA PACASMAYINA. Ambos jóvenes se profesan una estupenda amistad, Mariluna es una sirena muy singular, tiene conocimiento de la problemática social y se enfrenta a un poderoso del pueblo, reclamándole trato y salario justo a sus trabajadores. Pero Mariluna tiene que regresar a al mar, entonces un fenómeno sobrenatural lo aleja del lado de su amigo y como la gente ya no la ve señalan a Marino como su asesino y por ello está a punto de ser arrojado al mar, pero se salva porque la sirena, simultáneamente con un estruendo y una potente luz, aparece y ordena que lo liberen.
En FIESTA DE SANGRE
destacan JACINTO CÓRDOVA cruel y avezado criminal y LUCINDA, esposa de
Jacinto pero que valientemente testifica en el juzgado los actos criminales de
su consorte.
También hay personajes que simbolizan valores como la amistad, la solidaridad, el amor.
PACASMAYO, VERANO DEL 2021
ALÍNDOR TERÁN OLASCOAGA.
Director de la revista
literaria ALBATROS
PODER DE DIOS
Frente al impresionante río Chamán, aquella fatídica tarde de invierno, Damián Díaz Cruz evocó su vida anterior, su mente se abrió como un viejo libro; su triste infancia, su pobre adolescencia y su desolada juventud pasaron por su confuso cerebro como un luminoso relámpago, ante los resonantes gritos de los pobladores del cálido y valiente pueblo de San José de Moro, cuna de la sacerdotisa Moche, quienes clamaban furiosos:
-¡Que lo arrojen al río Chamán!
-¡Que le den un escarmiento!
-¡Merece la muerte, la muerte!
El acusado estaba perplejo; tenía los pardos ojos clavados en las turbias aguas, que se deslizaban como una gigante serpiente; el ágil viento jugaba con sus negros cabellos y su morena faz reflejaba desconcierto. El débil sol iluminaba el rostro de los presentes, las eternas nubes caminaban agrupándose en el azulino cielo, algunas curiosas garzas se posaban en los árboles.
Damián quedó huérfano de madre a los siete años; a su padre jamás lo conoció. Su abuelita materna, doña María, se hizo cargo de él; pasó penurias, pues su progenitora tuvo que lavar ropa para que estudie; sus compañeros se burlaban porque no tenía padre ni madre. Pero cuando tuvo quince años recibió el golpe más duro de su vida: doña María fue a reunirse con su hija en el paraíso. Desde entonces, el sufrimiento, el abandono y la soledad lo marcarían para siempre. Deambulaba por las calles; por las noches se reunía con delincuentes en las cantinas y empezó a beber y a robar.
-Ahora nos toca el atraco a don José; ayer ha vendido quinientos sacos de arroz. Ya sabes a las diez nos reunimos donde hemos quedado.
-Sí, Cobra a esa hora estaré allí; avisa al Pantera.
Pero don José Chávez León, aquella noche que lo asaltaron, logró identificar a los asaltantes, los denunció y estuvieron presos cinco años.
Díaz, al salir de prisión, cuando tenía 20 años, conoció a Consuelo Paz, se enamoró, se casó con ella, y tuvo un hijo; con ello pensó que su vida cambiaría, pero no fue así.
-Damián, ahora que tenemos nuestro hijo, debes cambiar tu vida, ya no robes, dedícate a trabajar. ¡Hazlo por nosotros!
-Sí, mi Consuelito, en ti he encontrado paz. Desde mañana voy a ser otro hombre. Ya verás, cariño.
Después de dos meses de vida diferente, una oscura noche de invierno se encontró con el Cobra, quien lo convenció para seguir robando.
-Oye compañero, tú tienes que seguir trabajando conmigo, porque has sido y seguirás siendo mi compinche.
-¡No, no, Cobra! Yo ya no soy el de antes, he cambiado.
-Lo siento mucho, pero ya te hemos considerado dentro del asalto de esta noche. No nos puedes fallar. Además, que sea la última vez.
-Está bien, será como tú digas.
Dos corpulentos verdugos empezaron a atarle las manos para arrojarlo a las frías aguas. El aire juguetón seguía despeinando a la gente que estaba alrededor del cautivo, quien permanecía confuso ante los amenazantes gritos:
-¡Castíguenlo severamente!
-¡Háganle declarar la verdad!
-¡Que lo maten! ¡Que lo maten!
Todo empezó después del último asalto a don Julián Cieza Gómez, un acaudalado hombre, quien opuso resistencia; en venganza el Cobra le infirió dos profundos cortes, uno en el brazo y el otro en el abdomen. La víctima agonizó varios minutos y posteriormente murió. Los tres huyeron del lugar. Damián se escondió en la casa de un amigo. De ésta fue sacado a empellones, a las cuatro de la tarde, por una muchedumbre encabezada por dos verdugos con pasamontañas y látigos; le quitaron los zapatos y descalzo le hicieron caminar por las principales calles, mientras él decía:
-Yo no maté a don Julián. ¡Déjenme ir con mi familia, por favor! ¡No soy asesino! ¡Mi hijo me necesita! Su madre murió hace un año.
El reo estaba sudoroso, por momentos cojeaba y miraba con incertidumbre a sus captores que, como un mar humano, iba detrás de él; luego bajaba la cabeza y meditaba:
-¿Por qué desperdicié parte de mi vida? ¿Por qué seguí robando?
-Si hubiese cumplido mi promesa, hoy no estaría aquí. Consuelito sería feliz en el cielo y guiaría mi camino. Un fuerte latigazo lo hizo caer al pavimento.
-¡Levántate, cobarde! ¡Demuestra tu valentía! ¿Acaso no eres hombre, Damiancito? –dijo el verdugo Tulio.
Había transcurrido veinte minutos en la orilla del Chamán, ahora era las cinco de la tarde y el delincuente comprendió que pronto iba a morir, porque los enardecidos pobladores continuaban vociferando con más furia:
-¡Exigimos justicia! ¡Justicia para San José de Moro!
-¡Que lo lancen al río Chamán!
-¡Que lo maten! ¡Que lo maten! ¡Que lo maten!
El prisionero estaba azorado por la sentencia y tenía la mirada turbada y perdida en el inmenso horizonte, quería gritar que él no era asesino; pero de qué le serviría, se habían ensañado con él, sólo por robar con el Cobra. El Chamán, también conocido como el Río Loco, porque siempre destruía los sembríos, rugía de impaciencia en espera de su víctima.
De pronto se escuchó una agonizante voz que corría por la calle Sorochuco:
-¡Papá, papito! ¿Dónde estás?
El pueblo abrió un sendero y el jadeante niño ingresó, abrazó a su padre y preguntó:
-¿Qué haces aquí, papito? ¿Por qué toda esta gente está contigo?
¿Qué has hecho, papacito? ¿Por qué están atadas tus manos?
-¡Nada hijito! Regresa a casa y cuida a tu abuelita Lucía.
-¡No temas! Pronto estaré con ustedes.
El pequeño fijamente miró a la gente y comprendió lo que estaba sucediendo. Lentamente se desprendió de la cintura de su padre y sollozando dijo:
-¿Por qué quieren quitarme a mi padre?
¿A quién le mostraré mis buenas calificaciones?
¿Con quién voy a jugar mañana? Mi mamita está en el cielo. Muchos de los presentes estaban acongojados ante el drama del niño; los lánguidos ojos de Damián se llenaron de lágrimas que rodaron por sus mejillas como dos gotas dolidas de rocío hasta mojar los cabellos de su pequeño hijo; su cuerpo tembló por un instante, cayó de rodillas y con angustiante voz clamó:
-¡Dios mío, perdóname! Pueblo de San José de Moro ¡Tened misericordia de mí! ¡Prometo nunca más robar!
¡Seré un hombre de bien!
Una fulgurante luz apareció en el cielo, Damián rodó por el suelo convulsionando, de ésta bajó una blanca paloma y se posó en su cabeza. Varios cayeron de rodillas gimiendo y pidiendo perdón. Aquella divina paloma voló y se unió a la estrella y ésta hizo un zigzag y se perdió en el firmamento.
Un Pastor Evangélico se abrió paso entre la gente y después de una mística visión manifestó:
-¡Querido pueblo de San José De Moro! Dios hoy ha llegado a la vida de nuestro hermano Damián y ha perdonado sus pecados, por ello les invoco que lo dejen ir, porque sé que dedicará su vida a Dios.
-La próxima vez no tendrás salvación y espero que cumplas tu palabra, sabandija- dijo el verdugo Lucas.
El Pastor se acercó al preso que tenía la cara bañada en lágrimas y la vista fija en el eterno éter; desató sus manos, lo invitó a levantarse diciéndole:
-¡Hermano mío! Levántate, vete y no peques más.
Damián se incorporó, se limpió el rostro, abrazó a su hijo y pasó entre la muchedumbre que permanecía atónita ante tan maravilloso acontecimiento.
Autora: Zaminda
PREMIO: “ESPIGA DE
ORO” – PRIMER PUESTO EN LOS V JUEGOS FLORALES -2007-SEMANA JUBILAR DE CHEPÈN.
EL VALOR DE ÁNGEL
Ángel caminaba aprisa por la pileta de la plaza de armas de Pacanguilla aquella aciaga mañana de invierno. Iba a sus clases en la Institución Educativa Particular Cristiana “Phil Moon”, cuando escuchó:
-¡Auxilio, Ángel, ayúdame!
-¡Pronto amigo, que me caigo!
Volvió la mirada y vio que Mateo estaba cogido de una delgada rama de Ponciano; corrió desesperado, pero al llegar al lugar la débil rama se rompió. Él intentó sostener a su amigo en sus brazos; sin embargo el peso de éste lo venció, cayó pesadamente sobre la dura vereda golpeándose la cabeza y se desvaneció como un pájaro herido.
-¡Ángel, levántate amigo!
-¡Ángel, no te mueras!
Le decía sollozando Mateo, quien se había levantado asustado después de la caída mortal y sintiéndose culpable de lo sucedido, por haberse subido al árbol. Un inmenso manto oscuro cubría el infinito cielo. Eran las siete y treinta de la mañana. A la distancia varios alumnos ingresaban al colegio Cristiano, donde Ángel estudiaba el quinto grado y Mateo el sexto grado de primaria. En esta institución Angelito era un buen alumno, todos lo estimaban por su humildad y solidaridad con los demás. Las súplicas de Mateo fueron escuchadas por la profesora Priscila y un grupo de estudiantes que pasaban por allí. Al acercarse la docente encontró a su alumno desmayado y ordenó a Mateo que avise a su madre.
-¡Doña Esperanza, venga pronto, Ángel se ha caído y está inconsciente en la plaza de armas! –dijo Mateo, apenas encontró a la señora.
-¿Qué dices? No, no puede ser. Dios mío, ayuda a mi hijo.
Salió corriendo desesperada y angustiada en busca de su primogénito.
Ángel era mestizo, de pelo negro, ojos color café y rostro carismático. Cuando tenía tres añitos su padre murió en un accidente de tránsito. Su madre sufrió demasiado por la muerte de su esposo. Trabajaba en la chacra y lavaba ropa para alimentar, vestir y educar a su hijo. Ella quería que su vástago sea un gran estudiante y profesional en la vida
-¡Estudia, Angelito! Mañana tienes examen de Comunicación.
-Sí, mamita, pero no se preocupe que ya sé los temas.
-¡Ojalá apruebes con alta nota!
Cuando llegó doña Esperanza encontró a la profesora que le daba los primeros auxilios a Ángel, pero el niño no reaccionaba.
Sus compañeros estaban alrededor. Ella muy apenada abrazó, alzó y subió a su hijo a una moto taxi con la docente y se fueron al mini hospital de Pacanguilla. Ángel era dadivoso no sólo con sus compañeros y sus vecinos sino también con los animales que encontraba abandonados. Una mañana fría de primavera encontró a Boby, su fiel amigo, temblando debajo de una banca en la plaza de armas. Era muy pequeño y tenía mucho frío. Acarició su cabeza, lo alzó, abrigó y lo llevó a su casa. Una triste tarde de lluvia hizo llegar herido del ala derecha a Paco, el loro juguetón, curó su herida; pero jamás pudo volar. Los quería tanto a ambos, que cuando él desayunaba, almorzaba o cenaba sus amigos también lo hacían.
Había transcurrido media hora, Ángel permanecía inconsciente en el mini hospital; por la gravedad de su estado el médico había decidido su traslado a Chepén, y estaban esperando la ambulancia para llevarlo.
En la Institución Educativa Particular Cristiana “Phil Moon” las maestras y alumnos oraban por Angelito. El Director y el Pastor decidieron suspender las clases por una hora para ir a verlo.
Boby y Paco estaban tristes, sabían que su amigo estaba mal, pero ellos no podían salir de casa, doña Esperanza había echado llave la puerta. Boby corrió hacia el portón del corral seguido de Paco. Cavó un enorme hueco y salieron a la calle. Paco se subió al lomo de Boby y empezó a correr por la calle Leoncio Prado. Al llegar a la plaza de armas observaron que un grupo de alumnas iban por la calle Triunfo, se acercaron y cuando se dirigían a la calle Bolívar escucharon:
-¡Pobre Ángel!, se cayó por salvar a Mateo -decía Leydi, la niña de trenzas negras.
-Sí, él es tan bueno -comentaba Gisela, la de los cabellos castaños.
-¡Ángel, no te mueras! -decían todas en coro.
De pronto una agonizante voz corría por la avenida Panamericana:
¡Ángel, no te mueras!, ¡Ángel, no te mueras!...
Los pobladores al escuchar tan lastimera voz empezaron a seguirla. Una ola humana corría tras ella. Los carros se detenían y los pasajeros observaban atónitos el acontecimiento.
La puerta de fierro del mini hospital se abrió, eran las ocho y treinta de la mañana, y la voz afónica ingresó, era Paco que de tanto gritar sobre el lomo de su amigo, se estaba quedando sin voz. Boby jadeaba de cansancio.
En ese instante una enfermera traía a Ángel en una camilla, para subirlo a la ambulancia.
El pequeño estaba inconsciente sobre una sábana blanca. Tenía pálido el semblante; sus frágiles manos estaban pegadas a sus muslos con los dedos abiertos como esperando el apretón de otros. Detrás iba su madre sollozando. La ola humana rodeó al niño. Boby aullando se le acercó y recostó su cabeza sobre sus pies. Doña Esperanza gemía con la mano izquierda de su hijo apretada contra su pecho. El Pastor le cogió la mano derecha y la estrechó suavemente, mientras oraba en silencio.
-¡Ángel, te queremos!, ¡Ángel, no te mueras!
-¡Dios mío, sálvalo! ¡Dios mío, sálvalo!... -clamaban todos los presentes con fe, esperanza y amor.
Su faz se iluminó, su boca sonrió, sus débiles ojos se abrieron, se sentó lentamente y sus labios balbucearon:
-¡Madre! ¡Pastor! ¡Boby! ¡Paco! ¡Amigos míos! ¡Hermanos míos!
Hizo una breve pausa y muy emocionado exclamó:
-¡Gracias Dios mío! ¡Gracias amigos y hermanos míos!
Ángel se incorporó, abrazó a su madre, al Pastor y pasó entre la muchedumbre.
AUTORA: MARÍA OLINDA
MINCHOLA MENDOZA.
PRIMER PUESTO: ”MEDALLA DE ORO” III JUEGOS FLORALES SEMANA JUBILAR DE PACANGA -2008.
UNA ESPERANZA DE VIDA
¡Mamá no me hagas daño!
¡Mamita, déjame vivir!
Estas suplicantes palabras aún resonaban en los oídos de Esperanza, quien permanecía meditabunda en una clínica informal. Esperanza vivía con su madre en la calle Triunfo de Pacanguilla. Ella no conoció a su padre, porque éste la negó y se marchó a su tierra. Ironía del destino, pero ahora le estaba pasando lo mismo:
-¿Dices que es mi hijo? Ja ja ja ja ja…
¿De quién será?
-Pero Boa ¡Es tu hijo!
-No, no es mío. Yo no quiero ese hijo.
Desesperada le contó a su madre, quien la reprochó y amenazó.
-¿Cómo es posible que te hayas embarazado de ese delincuente?
-Pero mamá, déjame explicarte…
-No quiero explicaciones, desaparece ese feto o te vas de la casa. Yo no voy a mantener otra boca más.
Angustiada, por la incomprensión de su progenitora, acudió a una amiga, ésta le aconsejó que abortara y le dio la dirección de una clínica. Aquel fatídico día en que Esperanza decidió abortar presionada por las circunstancias, lloró amargamente en su lecho por tan cruel destino, hasta que se quedó dormida:
-¿Por qué estás triste? ¡Yo quiero que seas feliz!
-¿Quién eres, pequeño ángel?
-¡Soy tu bebé! ¡Estoy contristado!
-¿Por qué, pequeño mío!
-Porque tú has decidido desaparecerme.
¡Mamá no me hagas daño!
¡Mamita, déjame vivir!
Mientras tanto el Boa y sus compinches asaltaban al próspero empresario José Luna Terán, a quien el delincuente le había herido de muerte con un cuchillo. La Ronda de Pacanguilla actuó inmediatamente y lo detuvo cuando intentaba huir a la sierra. Éste fue encerrado en el calabozo de la Municipalidad.
El Boa había llegado a Pacanguilla desde Bambamarca hacía medio año. Con dos primos más integraban una banda delictiva, que asaltaba y mataba a los que se resistían a sus atracos .Además enamoró a Esperanza, la inocente joven de mirada alegre, a quien la sedujo y embarazó.
El pueblo de Pacanguilla, cansado de las fechorías del Boa, decidió hacer justicia. Hombres y mujeres con cadenas y palos ingresaron a la plaza de armas y frente a la Municipalidad enardecidos vociferaban:
¡Señores policías entréguennos al Boa!
¡Que muera ese delincuente!,
¡Queremos justicia, justicia…!
Un inmenso manto oscuro cubría el infinito cielo, eran las cinco de la tarde; una bandada de curiosas garzas estaba posadas en las poncianas de la plaza de armas y en las alas del impresionante monumento del ángel que se erguía con una biblia abierta, como un espectador más del acontecimiento.
En el calabozo de la ronda permanecía el Boa con una sonrisa fantasmal pensaba…
-¡Que me saquen de aquí, a ver si pueden!
¡Muerto saldré de este lugar, antes que ellos me maten!
Después que las autoridades propusieron hacer justicia, los habitantes de Pacanguilla se retiraron pacíficamente del lugar.
A las ocho de la noche la banda del Boa redujo a los dos policías y a los dos ronderos que cuidaban al reo e ingresaron al calabozo y liberaron al maleante; pero en el tiroteo una bala perforó el pecho del Boa, quien cayó lentamente cogiéndose la herida. Sus cómplices huyeron en una camioneta. Se desangró cuando era trasladado al hospital y en su agonía balbuceaba:
-¡Perdóname, Esperanza! ¡Perdóname, hijo…!
Acostada sobre una camilla Esperanza luchaba con el sueño y la realidad. Buscaba una solución y reflexionaba compungida.
¿Será posible que mi hijo me haya hablado en el sueño?
¡Dios mío! ¿Qué hago? ¡Ayúdame padre celestial!
De pronto, cuando el doctor iba a empezar la extracción del feto, Esperanza se paró súbditamente; el médico y la enfermera intentaron detenerla, pero ella se abrió paso entre ambos y salió sonriendo de aquel lugar. A esa misma hora moría el Boa.
AUTORA: MARÍA OLINDA
MINCHOLA MENDOZA
PRIMER PUESTO: MEDALLA DE ORO- III JUEGOS FLORALES – SEMANA JUBILAR DE PACANGA-2009.
LA SIRENA PACASMAYINA
Aquella fatídica tarde de invierno, Marino Palomino Guanilo evocó frente al imponente mar Pacasmayino su vida anterior, su mente se abrió como un viejo libro; su triste infancia, su amarga adolescencia y su feliz Juventud pasaron por su confuso cerebro como un relámpago, ante los resonantes gritos de los pobladores del fresco y solidario pueblo de Pacasmayo, quienes clamaban furiosos:
-¡Que lo arrojen al mar!
-¡Que le den un escarmiento!
-¡Merece la muerte! - ¡la muerte!
El acusado no comprendía lo que le estaba sucediendo, jamás en su vida imaginó que le podía pasar esto; estaba perplejo, tenía los pardos ojos clavados en el mar, el ágil viento jugaba con sus negros cabellos y su moreno rostro reflejaba desconcierto.
El azulino cielo, que cubría la pequeña ciudad pesquera enclavada a orillas del mar peruano como una fuerte roca, de pronto empezó a oscurecerse, las eternas nubes empezaron a agruparse, anunciando una fuerte lluvia, las pequeñas calles estaban en silencio, los gigantes pelícanos y las pardas gaviotas como cometas se cruzaban en el espacio, las bravas olas bramaban como rugientes animales en espera de atrapar su próxima víctima.
Marino quedo huérfano de madre a los nueve años. Vivió con su padre en una pequeña casa de adobe. Don Julio Palomino López era un hombre alcohólico y muy malo, por eso desde muy pequeño tuvo que trabajar para mantenerse, a veces se quedaba con sus amigos en la calle. Con ellos aprendió a consumir droga. La muerte de su padre no le afecto, cuando tenía quince años, se había acostumbrado a vivir solo.
Fue Mariluna, la sirena, como la llamaban en Pacasmayo, por su angelical rostro, sus largos cabellos dorados, su candorosa sonrisa y su inocente mirada; quien le ayudó a salir de este vicio. ÉL la quería como a la hermana que siempre anheló tener. La conoció cuando deambulaba por una calle Pacasmayina, en ella admiró la dulzura de su voz, su blanca tez, sus celestes ojos, su esbelto cuerpo y su decidido coraje para resolver los difíciles problemas. Se hicieron grandes amigos, un día ella le dijo:
-Marino, no sé si deba contarte.
-¿Qué secreto? – amiga mía, confía en mí, no se lo diré a nadie, aunque tenga que morir con él.
-¡Está bien! - te lo voy a decir:
-Yo soy un ser extraño, porque dice mi madre que ella me concibió cuando caminaba sola por la playa, pero mi padre nunca supo de esto y así murió. Cuando nací los alegres delfines emitían hermosos cánticos, las gaviotas y los pelícanos danzaban en el cielo, los animales terrestres y del mar festejaban con una linda fiesta en la tierra y bajo el agua marina.
-Yo no creo en esas cosas, no le hagas caso a tu madre – dijo Marino.
-No, no es así, tú no me entiendes, yo le doy la razón a mi mamá, porque cuando era niña, en varias ocasiones que fui a la playa, al ingresar al agua los peces acariciaban mi piel y ahora cuando voy al muelle a contemplar el mar, escucho una voz que me dice:
-¡Mariluna, Mariluna, hija mía pronto estarás conmigo!
-Bueno, amigo! – ya no hablemos más de esto. Ahora quiero que me acompañes a la casa del señor Isla, es necesario que hable con él.
-¡Está bien! – vamos.
Una cuadra antes de llegar, ambos se detuvieron y observaron la inmensa mansión color celeste, con bellos jardines floridos del hombre más acaudalado, temido y corrupto de Pacasmayo.
Ella muy serena, al llegar, tocó la puerta de cristal y cuando él abrió le dijo:
-¡Buenos días, don José!
-¡Buenos días, Mariluna! – Pasen y siéntense.
Ellos estaban admirados por los valiosos adornos, los finos muebles que estaban bien ubicados en la sala y se sentaron juntos en el mueble granate. El dueño de casa se posesionó frente a ellos y dijo:
-¿A qué se debe tu visita?
-Don José, quiero pedirle que no explote a sus empleados, que les pague lo justo por su trabajo, porque ante los ojos de Dios todos somos iguales.
-¡Óyeme bien, niña! – en mis asuntos no le permito ni siquiera a mi esposa que intervenga, mucho menos a una pobre muchacha que siempre está entrometiéndose en la vida de los demás.
-Pero señor, usted no puede tratar así a Mariluna. Si sigue ofendiéndola le voy a dar una buena bofetada para que aprenda a respetar a una dama.
-¡Tranquilízate marino! – no es necesario que actúes así. Yo sé que el señor Isla va a cambiar.
-¡Vámonos, amigo! – es hora de almorzar, mi madre nos espera. Los dos salieron apresuradamente.
-Te crees muy hombrecito, Marino Palomino, algún día me la vas a pagar, porque nadie ofende a José Isla sin tener su castigo.
-Dijo José colérico. Tenía la morena frente fruncida y la malévola mirada sentenciaba los ágiles pasos de los visitantes, que se perdían de vista en la esquina. Nadie se había atrevido a desafiarlo en toda su vida, porque le temían; sin embargo la Sirena y Marino se habían enfrentado a él.
La gente continuaba vociferando:
-¡Arrójenlo a las frías aguas!
-¡Háganle declarar la verdad!
-¡Qué lo maten! ¡Qué lo maten!
Dos corpulentos hombres empezaron a atarle las manos con una soga para echarlo al bravo mar. Eran José Isla y uno de sus empleados. El primero fingiendo estar a favor del pueblo, había encontrado la forma de vengarse de Marino. El tranquilo éter continuaba oscureciéndose y el aire juguetón seguía despeinando a la gente, que estaba aglomerada alrededor del cautivo. Quien permanecía confuso ante los amenazantes gritos. Y recordó que Mariluna le había dicho dos días antes muy contristada:
-¡Marino, mi buen amigo! – ya no quiero que me busques más, porque si lo haces, cuando me marche, el pueblo te acusará de haberme matado.
-¿A dónde te vas a ir? – estás alucinando, amiga mía.
-Sólo yo sé que muy pronto ya no estaré contigo, ni con mi pueblo – dijo ella y se fue.
-¿Por qué no le creí? - Ahora no estuviese en esta situación.
-¿Qué delito he cometido? – yo sólo quise ayudarla. Ahora estoy sentenciado a muerte, porque el pueblo me culpa de la desaparición de la angelical ninfa Pacasmayina.
Todo el pueblo apreciaba a Mariluna, desde niña atrajo a la gente con su extraña forma de ser, por su bondad y solidaridad con los más necesitados. Ella siempre solucionaba los problemas de las personas. Daba consejos a los jóvenes y señoritas. Sin embargo su permanencia en este lugar terminó aquella gélida noche de invierno, cuando ella cumplía quince años y había decidido ir a la playa para meditar sobre los graves problemas de sus paisanos.
Marino, quien se aproximaba a su humilde casa a esa hora, la vio salir vestida de blanco y con paso presuroso se dirigió al mar; él la siguió de cerca. El pueblo dormía, la luna brillaba en el celeste cielo, el viento silbaba, los gallos cantaban, los melancólicos perros aullaban y las nocturnas lechuzas gemían presagiando la partida de la sirena.
Mariluna caminó bastante hasta que llego al lugar de sus concentraciones, se sentó sobre la fría arena, luego se arrodillo y empezó a rezar con los ojos cerrados.
Una potente luz, en un instante, iluminó el espacio que ella ocupaba y lentamente comenzó a elevarse atraída por aquella luminosidad que venía del mar.
Marino se quedó petrificado sobre la indómita tierra sin saber qué hacer, parecía una piedra más, cuando reaccionó gritó:
-¡No, noooo, no te vayas Mariluna! – y cayó desmayado, después de unos segundos abrió los débiles ojos y vio que la sirena lentamente caía iluminada sobre las claras aguas marinas y se perdía en éstas.
Marino por un momento enloqueció y creyó que había soñado. Desesperado empezó a correr y a llamarla:
-¡Mariluna, Marilunaaaaa…!
-¿Dónde estás hermosa sirena Pacasmayina?
Cansado de buscarla se percató que se había alejado demasiado y no sabía cómo regresar, estaba temeroso por lo que había pasado. La luna se escondió detrás de una nube, la silenciosa noche avanzaba. Él se paró meditabundo a orillas del quieto mar, cuando vio que de éste salía una cadena dorada de plateadas hormigas, que se dirigían haciendo un luminoso camino hacia Pacasmayo. El las siguió y así pudo llegar a su casa. Pero una vecina lo vio regresar pálido y asustado. Ella hizo creer a la gente que la misteriosa forma de llegar de éste tenía que ver con la desaparición de Mariluna; porque según ella, Marino estaba enamorado de Mariluna y como ella rechazó su amor, él la mató y la arrojó al mar.
A las cuatro de la tarde del siguiente día, el pueblo se agrupó y fue a la casa de Marino, éste permanecía enajenado y echado sobre su cama; los golpes continuos a la puerta le hicieron salir de su aturdimiento, recién comprendía que lo que le había dicho Mariluna era verdad. Al abrir la puerta los pobladores, encabezados por don José, se lanzaron sobre él como gallinazos a su presa, lo llevaron a empellones por las desiertas calles hasta el tétrico muelle. Mientras doña Azucena decía:
-¡Déjenlo libre! – él no es el culpable - ¡es inocente, inocente!
Habían transcurrido veinte minutos en el frígido puerto de Pacasmayo, ahora eran las cinco de la tarde, la vida de Marino estaba a punto de terminar. Los enardecidos pobladores continuaban vociferando con más furia:
-¡Es un asesino! - ¡Asesino!
-¡exigimos Justicia, Justicia!
-¡Que lo lancen al mar!
-¡Qué lo maten! - ¡Qué lo maten!
El prisionero estaba azorado por la sentencia y tenía la mirada turbada y perdida en el inmenso horizonte. No podía revelar la verdad, era su secreto de Mariluna.
Por una calle se aproximaba una unidad con varios policías, quienes habían sido informados por los amigos del preso, que el pueblo estaba a punto de linchar a Marino Palomino Guanilo.
De pronto se oyó un fuerte estruendo y una luminosa luz iluminó al cautivo. El pesquero pueblo pacasmayino posó su insólita mirada en aquella estrella, temerosos muchos cayeron al suelo desmayados, varios se hincaban clamando perdón, otros lloraban, especialmente su madre, doña Azucena Méndez Díaz, quien siempre supo que su hija se iría algún día, y Marino, su fiel amigo.
De aquella luz provenía una voz que decía:
-¡No lloren por mí! – háganlo por los abandonados niños huérfanos, por los drogadictos, por los opresores, por los oprimidos y por ustedes mismos.
-Liberen a Marino, él sólo es culpable de haber sido mi verdadero, amigo. A partir de ahora el sanará a los enfermos y vivirá con mi madre, porque será como el hijo que ella nunca tuvo. No acusen a una persona sin tener pruebas, ámense los unos a los otros, estén siempre unidos, practiquen los valores y los mandamientos divinos.
La luz hizo un zig zag en el espacio y como un rayo se perdió en el cielo. Los policías y la gente allí reunida no podían creer lo que acababan de ver y oír, estaban estupefactos, pensaban que había sido una visión divina. Temerosos el señor Isla y su empleado empezaron a desatar la soga, pero ésta se había apretado y al hacer fuerza, José resbaló y cayó al mar, las feroces olas lo envolvieron con furia y lo arrastraron al fondo. Marino impaciente dijo:
-Suéltenme pronto, debo salvarlo.
Una vez desatado con bizarría se lanzó al mar, por un instante todos creyeron que habían muerto, porque ambos desaparecieron.
Todos estaban desesperados, pero esta angustia terminó, cuando Marino apareció flotando sobre las saladas aguas con José como una gaviota con su pez, nadó con ligereza hacia la orilla, en ésta dos de los policías le dieron los primeros auxilios y después de unos segundos José Isla Salas reaccionó y preguntó:
-¿Quién me salvo?
-Ha sido Marino – le dijo uno de los policías.
Isla atisbó el infinito firmamento, con los mansos ojos llenos de lágrimas y la voz desfalleciente dijo:
-¡Dios mío, Perdóname!
-¡Palomino, Perdóname! – he sido déspota y despiadado con mis trabajadores, con la gente, con Mariluna y contigo. Lo que me ha sucedido hoy me ha transformado en un hombre de bien.
El pueblo no podía creer el arrepentimiento de aquel hombre que quiso matar a Marino. Las bravas olas se tranquilizaron, las aves marinas jugaban con la brisa y el viento en el espacio, el infinito mar emitía una alegre melodía y el opaco cielo se transformó en un inmenso manto azulino que cubría el alegre y apacible pueblo pacasmayino, ante el asombro y la paz de todos los presentes.
Seudónimo: Zaminda – 2005
VALOR DE MADRE
¡Cuánto sufriste madre!
¡Perdóname mamá!
Decía un adolescente, con el rostro bañado en lágrimas, ahora comprendía que había juzgado mal a su madre; su tía le estaba confesando toda la verdad sobre ella, después de una semana de su sepelio.
-Tu madre fue buena contigo y te protegió siempre. Cuando estabas en su vientre te defendió de la amante de tu padre, ésta a golpes intentó que ella te abortara.
-¿Por qué no me lo contó ella? -Pensaba hacerlo, hijo, cuando tú cumplieras dieciocho años; pero la muerte se la llevó antes. Y yo le prometí que te contaría toda le verdad, cuando ella agonizaba en el hospital.
-¿Por qué mi padre la engañó con otra mujer?
-Tal vez, porque no la amaba como ella a él.
-¿Por qué ella me castigaba cuando mentía?
-Porque tu madre detestaba la mentira, sus padres, tus abuelos maternos le enseñaron a decir la verdad; tu padre siempre le mentía y ella temía que tú fueras igual a él.
-Pobre mamá ¿cuánto debe haber sufrido en silencio?
-Tía, yo fui malo con ella, no merezco su perdón.
-Hijo, no sabías la verdad, actuaste mal, debes arrepentirte y pedir perdón a Dios.
-Ahora comprendo porque me decía: "Hijito te quiero mucho, tienes que cambiar y ser un buen hijo".
- Tía debo ver la tumba de mi madre-Dijo el huérfano, incorporándose bruscamente.
El adolescente salió y corrió como un venado herido, por las calles del pueblo rumbo al cementerio; llegó, ingresó y abrazó con desesperación el nicho de su madre; una fuerza súbita le hizo caer de rodillas y con estruendosa voz, que estremeció aún a los muertos, clamó:
¡Mamita perdóname…! ¡Te extraño mamá…! ¡Dios mío ten misericordia de mí, perdóname…!
Después de media hora, cuando él salía del cementerio escuchó un melodioso canto, al volver la mirada a éste, vio una hermosa paloma blanca posada en la cruz de la tumba de su madre.
Autora: Zaminda – 2012
FIESTA
DE SANGRE
Día esplendoroso de la comunidad de Collambay, la gente llega de todas partes a la gran fiesta de la Virgen de las Mercedes, patrona del pueblo, bajan de los carros; otros llegan a pie. En ese instante la plaza de armas se ve colmada. Es un 24 de septiembre, día central de la fiesta.
Por
la tarde las Pallas, indios, Collas, bandas de músicos y población en general
se congregan en la capilla para la procesión.
El sol débil ilumina el rostro de los presentes. De las cantinas llegaba la música, canciones de los Shapis, melodías preferidas de los Collambaynos. Allí se encontraba Santos Yupanqui, Jacinto Córdova Tejada, Dilmer Ruiz Villacorta, Eusebio Sandoval Méndez y Apolonio Córdova Tejada, festejando la gran fiesta. De pronto surgen altercados.
Santos maliciosamente dice a Jacinto:
- ¿Te acuerdas de aquella noche?
-
¿Qué
noche?. Responde Jacinto.
No te hagas el loco,
sabes muy bien de lo que estoy hablando. Jacinto enfadado le contesta:
- Yo, no sé nada, ¡Carajo!
Si, ¡Jacinto
Córdova!, estas en mis manos, no tienes alternativa, estás perdido, o me das
dinero o le confieso todo a la policía.
- Cállate la boca, maldito traidor, o te la mando a cerrar para siempre.
-
Cuidado
con lo que dices -¡amigo mío!, mira no me gusta que me amenacen.
Eusebio y Dilmer que
hasta el momento habían permanecido callados reaccionan y a una sola voz dicen:
¡No peleen amigos!.
¡Oh! Compañeros aquí tienen a un infeliz que no tiene que tragar y para hacerlo extorsiona a los demás -¿A cuántos más has chantajeado miserable?
Apolonio interviene diciendo: hermano ¡Por favor!, no pelees; la gente se va a enterar de todo, éste no estaba tan ebrio, pues había llegado recién.
-
¡Silencio!
¡Tú te callas! También, no sabes nada, y además eres mi hermano menor. El que
decide cuándo hablar y en donde, soy yo, ¡entendido!.
Sí, Jacinto
no me mezclaré en tus asuntos. Apolonio se marcha de prisa
Jacinto
tambaleándose, también, se aleja rumbo al baño. Entonces Eusebio Sandoval,
Ávido de curiosidad pregunta a Santos ¿Qué sabes tú de Jacinto? ¿Cuál es el
secreto? Anda, cuenta, te juro que queda entre nosotros, después de todo él no
te va a complacer, tú sabes muy bien que no te dará billete.
- ¡Claro! dice Dilmer- Anda, anímate, no seas tonto; si lo haces será más fácil para ti cobrar dinero; pues ya no estarás solo, seriamos tres contra uno. A mí me gustaría verlo hundido a este farsante. La cárcel es lo que se merece por delincuente.
Recuerdas a mi
madre, lo dejó sin ganado, se llevó lo que más quería, un lindo becerrito color
canela que amamantaba con biberón todos los días. Aquella noche, como ya estaba
grande, lo encerró con los demás, grande fue su sorpresa al no encontrar a ninguno
a la mañana siguiente.
- ¡Pobre mamá! Lloró tanto por su pequeño becerrito. Me da tanta rabia, por eso quiero vengarme de este canalla que no pagó su culpa.
¡Vamos Santos!,
dínoslo, -dice Eusebio- A todos nos hace lo mismo. ¿Quién dice algo contra él?
Nadie, todos le tememos, por eso estamos aquí fingiendo ser sus amigos; siempre
lo hemos hecho por temor a sus represalias contra nuestros ganados.
- ¡Haber! No me vas a decir que a ti si te estima, porque este desalmado no quiere a nadie, sólo a sí mismo.
Es verdad –dice
Santos- es un cretino, un patán abusador de las leyes, no merece consideración.
- Está bien, les voy a contar, pero no ahora, él debe estar por llegar, que les parece mañana a las cinco de la tarde en mi casa.
Bueno, responden
ambos, ahí estaremos.
- Pero ¿Dónde estará Jacinto?, hace una hora que salió, vamos a verlo dice Eusebio.
Cruzando dos calles
y en el campo de fútbol lo divisan tirado como un pez gordo. Lo levantan de los
brazos y lo conducen a su domicilio que está ubicado a unas cinco cuadras de la
cantina. Lo entregan a su esposa, una señora vieja que tiene más edad que él.
Jacinto se había juntado con ella porque no quería tener chamacos. Basta con
ella, no quiero amargarme la vida, decía.
Los tres caminaron hacia la plaza; ya en el centro se despiden.
- ¡Adiós Santos! – le dice Eusebio, ya sabes mañana a las cinco, no te olvides.
-
Sí,
les responde, -los espero.
-
No
te vayas a escapar –repone Dilmer-, mira que el trato está hecho.
-
Así
es compañeros, no falten.
-
¡Hasta
pronto!
Celinda la esposa de
Jacinto había escuchado todo, detrás de la puerta.
- ¿Trato? ¿Qué trato será? Se preguntaba, de repente recordó aquella horrenda noche en que encontró a su marido sepultando a Amelia, una bella y esbelta mujer, que no tenía familia; llegó al pueblo y nunca se supo de dónde provenía. Jacinto siempre lo asediaba, le perseguía por su hermosura, más esta se rehusaba a aceptar la invitación alguna. Colérico y cansado de rogarle que sea su amante, la violó y le dio muerte, estrangulándola con una soga. Todo esto lo sabía Santos, que presenció atónito tan horripilante crimen; más Jacinto nunca quiso hablar de esto con su esposa, cada vez que ella le preguntaba, evadía la conversación.
-
Ella
tuvo la culpa, yo no quise hacerlo. Sabedora de todo decidió ponerlo en sobre
aviso a su esposo. Pero ¿Cómo hacerlo? Está dormido, lo dejaré descansar unas
cuatro horas; después ya veremos. A las 8 de la noche, Celinda despierta a
Jacinto y le dice te tengo una mala noticia:
-
¿Mala
noticia? Responde, no seas mentirosa, me quieres despierto para amarte, anda,
di la verdad. Corre tras ella y la coge por la cintura, ésta se escapa –no
Jacinto, le dice en un tono muy serio, no
es una broma
¿Estás en peligro?
- En peligro, ¡Yo!-Ja, Ja, Ja, Ja,…! No me hagas reír, nadie se atreve a enfrentar a Jacinto Córdova, amo y señor de este pueblo, pues no digas que no te dije nada sobre el trato.
Trato? -¿De qué
trato hablas?
Del trato con Santos con Dilmer y Eusebio; han quedado en reunirse a las 5:00 de la tarde, mañana, Seguro que es para contarles lo que paso aquella noche.
No, esto no puede ser, Santos no puede hacerme esto.
¡Claro! que puede, tú sabes cómo se ha portado últimamente, quién sabe que estarán tramando esos tres.
Me las vas a pagar, juro que me las vas a pagar o no me llamo Jacinto Córdova.
¿Qué vas hacer? ¿A dónde vas?
- A buscar a ese perro traidor, estoy harto de él.
Jacinto sale mascullando y
tirando la puerta como un perro rabioso. Santos no se había ido a su casa, se
encontraba con sus amigos en la plaza tomando y haciendo barra al contrapunteo
entre el guicho y las pallas.
- ¡Vamos cholo! - Decía Santos eufórico, no te dejes ¡Arriba el guicho!, siempre arriba, ¡Amigos salud!
Jacinto lo diviso en
la muchedumbre, un gran odio y venganza se apoderó de su corazón, lo miraba con
un rencor indescriptible, pero éste no se había percatado de su presencia. Me
la vas a pagar ¡Mal nacido ¡no te vas a salir con la tuya, pensaba Jacinto.
- ¡Hermano! Dice Santos, te pasaste; te defendiste, dejaste bien a los hombres, así debe ser, ¡Arriba el cholo!, compañeros, ¡Salud! Eran aproximadamente las 10:00 de la noche, Santos se despide de sus amigos y se dirige a su domicilio.
Jacinto, sigilosamente y
disimuladamente se desplaza por el otro lado, como estaba sano llega primero a
la muralla, por la cual tenía que pasar su víctima.
Tambaleante se aproxima Santos, sin imaginar lo que le esperaba. De pronto un fierrazo en la cabeza lo hace caer desvanecido, en el suelo Jacinto lo golpea salvajemente, lo arrastra por la carretera, moribundo lo deja en el centro para ser aplastado por los carros. Después de su masacre Jacinto regresa a divertirse con sus amigos.
Felipe Meléndez Alfaro, un paisano de Santos, lo encuentra debajo de un espino, en el centro de la carretera.
¡Hermano! Le dijo con dificultad Santos, Ayúdame ¡Por favor!
Felipe creyendo que sólo estaba ebrio, lo condujo a su posada. Por la madrugada su ronquido lo despertó, pero no le dio importancia. Al amanecer, grande fue su sorpresa, pues, su amigo santucho, como él lo llamaba de cariño, estaba muerto; de inmediato avisó a los dueños de la casa, vino la policía y se lo llevaron como sospechoso del crimen. Mientras tanto Celinda discutía con Jacinto.
¿Lo mataste?, ¿Cómo lo hiciste?
- No, yo no he sido.
-
No
mientas, sólo tú tenías motivos suficientes para eliminarlo.
-
¡Mujer
terca! Fue la única solución, ya no me preguntes más.
Al enterarse, Dilmer y Eusebio
de la cruel muerte de su amigo, lloraron amargamente, ante la impotencia de
luchar contra este sanguinario. Dilmer dice colérico:
- ¡Jacinto Córdova! Perro maldito, tarde o temprano la pagarás, pues hay un Dios justiciero.
¡Hermano santos!
Descansa en paz, afirma Eusebio.
La esposa del difunto llora desconsoladamente la irreparable muerte de su esposo, apenas hacía tres meses que se había casado.
Félix y Santiago juran vengar la muerte de su hermano mayor, que fue el padre que nunca tuvieron.
Por el camino Felipe es interrogado por el Sargento que lo detuvo.
- ¿Por qué mataste a Santos?
-
Yo
no lo hice mi jefe.
-
Entonces
¿Qué hacías en la carretera?
-
Fui
al baño y encontré tirado a Santos, me suplicó que lo ayudará, por eso lo
conduje a mi posada.
-
¿De
dónde es usted?
-
De
san Ignacio
-
¿Qué
hacía en Collambay?
-
Vine
a la fiesta
-
¿Con
quién?
-
Solo.
El cuerpo de Santos es sacado de
la morgue, al día siguiente por la mañana y trasladado a Collambay, a su
llegada el pueblo se aglomeró en su casa. Se oyen comentarios.
¡Pobrecito! Matarlo así ¡Que crueldad!, decía Elvira.
Fue un buen hombre no merecía morir asesinado – afirmaba, Julia.
Toda la muchedumbre lamentaba su muerte y se lo manifestaban a través de las condolencias a la viuda.
El cadáver de Santos es conducido por la tarde al cementerio, en el trayecto, se oyen desgarradores lamentos y llantos de los deudos, especialmente de su esposa, Teófila.
- ¡Santitos! Ay, ¡Mi Santitos! Aay, aay…
Tu muerte me deja un
sabor amargo y quien haya sido pagará su crimen.
- Sí, mi hija, -le consolaba su madre, doña Macedonia. Ya en casa, después del sepelio. Madre e hija comentaban –Todo será aclarado mamá, Felipe está preso, sé que él no fue, entonces ¿Quién fue?
-
Estoy
segura que el maleante Jacinto Córdova fue.
-
¿Quién
lo puede probar? Nadie.
Ese miserable merece
que se pudra en la cárcel, -mamá, repuso Teófila. Ha cometido muchos delitos,
sin embargo muy campante anda como cualquiera de nosotros, volvió a reiterar
Teófila. Celinda Meléndez Alfaro, está muy apenada por el inesperado
encarcelamiento de su hermano Felipe y por la muerte de Santos. Por dinero me
casé con Jacinto, soy una perdida, hasta ahora e fingido amarlo y él no se ha
dado cuenta. ¡Dios mío! Me matará cuando sepa. Tengo que salvar a Felipe, no lo
pueden condenar por un crimen que no cometió. Es inocente, el culpable es
Jacinto, -si debe ir preso no mi hermano.
Felipe es conducido ante el tribunal, Teófila y Macedonia, lo observan apenadas. Está demacrado, Triste y descuidado, dicen entre ellas.
El Fiscal golpea la mesa.
¡Silencio! ¡Orden en la sala! ¡Por favor que el Juicio va a comenzar!
- Señor abogado de la defensa tiene la palabra.
-
Gracias
su señoría.
-
Bien
señores presentes, yo voy a demostrar que mi defendido es inocente, -tengo un
testigo, señor juez.
Celinda se aproxima
al banquillo, se sienta.
- Señora Meléndez de Córdova, jura decir la verdad, solamente la verdad.
-
¡Si,
Juro!
-
¿Conoce
usted al acusado?
-
Si,
él es incapaz de hacerle daño a nadie, es mi hermano.
-
¿Quién
cree usted que mató a Santos?
-
Fue
mi esposo el que mató a Santos, él me lo confesó.
-
No
más preguntas, señor Juez.
-
Ahora
tiene la palabra el señor abogado de la víctima.
-
¡Gracias,
señor juez!
-
Dígame
usted doña Celinda ¿Dónde estuvo la noche del crimen?
-
En
mi casa
-
¿Por
qué su esposo mató a Santos?
-
Lo
hizo para callar una gran verdad.
-
¿Qué
verdad?
-
Santos
sabía que Jacinto asesinó a Cornelia.
-
¿Quién
era Cornelia?
-
Una
muchacha huérfana; por eso nadie se preocupó por su muerte.
-
No
más preguntas su señoría; todo está claro, el asesino es Jacinto, repuso el
abogado.
Se oyen murmullos, el abogado
conversa con su defendido.
- Silencio, ordena el Fiscal, o mando a desalojar a todos de la sala.
Todo queda silencio.
- Bueno, después de haber escuchado la declaración de la señora Celinda, los miembros del Tribunal hemos decidido dejar en libertad al acusado Felipe y así mismo declarar orden de captura contra Jacinto Córdova, por ser el autor del crimen. Jacinto, al tener conocimiento de la noticia, huye al potrero de Avendaño. Pero no contaba que los ronderos de Collambay lo estaban esperando en la curva del diablo, en donde lo capturan. Luego es entregado a la Policía ahora se encuentra purgando condena en la cárcel del Milagro, en la ciudad de Trujillo, con una condena de veinte años.
Zaminda- 2003
LA VENGANZA
En el caserío de San Ignacio, existía una señora llamada Diana. Ella curaba con medicina natural. Viajaba hasta la ciudad de Trujillo, en piajeno, para comprar yerbas con las cuales preparaba la medicina que daba a sus pacientes.
Su
hija Lucrecia se casó con Benito, el cual le maltrataba constantemente.
Entonces doña Diana quiso vengarse de su yerno y preparó una exquisita comida y
lo envió con otra persona para que le diese a Benito; sin embargo, él no estuvo
en casa y su esposa comió el potaje. Al poco tiempo empezó a arrojar sangre por
la boca y la nariz. Benito Buscó la Forma de curar a su esposa, pero ella no
obtenía mejoría. Benito lleva a Lucrecia a Trujillo. Ya en esta ciudad ella
logró recuperarse. Retornó muy pronto a su casa conjuntamente con su esposo.
Ella estaba feliz de retornar a su hogar y poder estar junto con sus hijos.
Al día siguiente Lucrecia fue a pastar su ganado. Al sacar la estaca de una de las vacas que se encontraba amarradas, salió junto con la estaca, desde el suelo, una culebra de color negra y empezó a correr tras ella. Lucrecia corrió en dirección a su casa llegando muy cansada. La culebra se quedó por el camino.
Por la noche Lucrecia empeoró su salud y ya no pudo hablar. Su esposo al verla en ese estado la traslada a Sinsicap llevándolo inmediatamente hacia una curandera quien preparó un brebaje y le dio a tomar a Lucrecia. Después puso cuatro hombres bien armados en la puerta de entrada a la casa donde estaban curando a Lucrecia, para que disparen a cualquier animal que se apareciera delante de ellos. Como a eso de las doce de la noche apareció un pollinito retozando por la casa pasando entre los hombres que cuidaban la casa; los cuales no atinaron a disparar creyendo que en el corral había algún piajeno. En eso salió la curandera y preguntó de dónde provenía ese ruido que ella había escuchado, ellos le dijeron que un pollinito había pasado hacia el corral.
Ella
les increpó su ineptitud al no disparar al pollinito, luego dijo Benito: “No
pude hacer nada don Benito, nos ganó el diablo, Lucrecia morirá”.
Benito entra en la habitación que se encontraba Lucrecia y ambos se quedaron mirándose mutuamente. El la abraza sollozando, aferrándose hacia su pecho y ella llora desconsoladamente, sabía que iba a morir, dice amargamente.
Después ingreso doña Diana a la habitación de su hija y trató de consolarla; sin embargo, Lucrecia la miró con desprecio y rabia.
Al día siguiente cuando Diana cocinaba para su hija y su yerno, Lucrecia cogió un palo y se lo iba a estrellar en la cabeza de su madre; pero la fortuna intervención de la mano de don Benito evitó el golpe mortal. Volteo doña Diana y dijo:
- Pobre mi hija, está mal de la cabeza.
Mientras don Benito se sobaba la
mano. Lucrecia miraba con odio a su madre. Esto le dio más valor para poder
decir: “Mi madre es la culpable”. Entonces don Benito volvió a interrogarla
¡Qué, tu mamá? Diana reaccionó y dijo:
- Pobrecita, no sabe lo que dice
Lucrecia fue llevada a san
Ignacio y al poco tiempo murió en su humilde habitación, pensando quizás, en su
juventud y en la maldad de su propia madre que no le importó matar a su misma
sangre.
Zaminda-
2002
EL
COMPADRE GALINAZO
Eulogio, apodado “El compadre Gallinazo”, era un Joven de Test blanca de ojos verdes, tenía amistad con doña Teodolinda, una mujer que tenía pacto con el diablo; ella atendía muy bien al llamado “Compadre Gallinazo”, cuando llegaba a su casa. Un día le dijo:
-
¡Mi
querido compadre gallinazo, me gustaría que algún día te casaras con mi hija
Violeta!
-
¡Pero
doña Teodolinda, su hija aún es una niña!, respondió con una sonrisa Eulogio.
Pasaron los años y Violeta se convirtió
en una hermosa mujer. Eulogio fue seducido por su encanto; sin embargo
sólo fue una ilusión porque de pronto él se enamoró de Milagros. Al enterarse
doña Teodolinda de la traición que había sido objeto su hija le manifestó:
-
Violeta,
niña de mis ojos, mi compadre gallinazo te ha engañado, tiene otra mujer.
-
Si,
mamá, ya lo sé, pero a mí no me importa Eulogio, y que ya no se hable más del
asunto, dijo Violeta.
-
Está
bien hija – respondió doña Teodolinda.
La boda de Eulogio y Milagros se
realizó un día viernes en una humilde iglesia de la comunidad de Parcoy. A la
ceremonia asistieron doña Teodolinda y Violeta fingiendo estar de acuerdo con
el casamiento de ambos, y al acercarse a ellos les dijo:
- Mis felicidades “Mi querido compadre gallinazo”, porque ha elegido la novia más bella del pueblo.
-
Gracias
doña Teodolinda, -decía Eulogio, mientras sonreía y abrazaba a Milagros, la
cual miraba complacida la reacción de su esposo.
-
¡Hasta
pronto Compadre Gallinazo”! ¡Ah! Me olvidaba decirles que el martes es mi
cumpleaños y quiero que ambos vayan a la casa.
-
Allí
estaremos, - respondió Eulogio. El observó como Teodolinda se marchaba hacia
donde estaba Violeta con sus amigas, conversando de Jaime Castañeda, con quien
convivía en su choza vieja.
Doña Teodolinda y Violeta
prepararon los más exquisitos potajes para aquel día martes. Asistieron a su
cumpleaños muchos de sus invitados y amistades, uno de ellos fue su compadre
gallinazo conjuntamente con su esposa. Cuando la fiesta estaba por terminar,
Milagros y Eulogio decidieron marcharse a descansar y al tratar de despedirse
de Teodolinda, ésta les dijo:
- Tómense una copita más de vino para su camino
-
Está
bien, sólo una, dijo Milagros, inocentemente, sin imaginar que esta bebida la
llevaría a la muerte.
Primero bebió su
esposo; luego ella, y se marcharon.
Al día siguiente ambos amanecieron mal con terrible dolor de estómago, que no les admitía alimento alguno. Después de tanto padecer ambos esposos fallecieron cogidos de la mano, sabiendo que su amor los arrastró a tal destino. Sus familiares lamentaron sus muertes.
Los esposos fueron enterrados en el cementerio de Parcoy, uno junto al otro como siempre soñaron estar por la eternidad.
Zaminda - 2000
CEGUERA ESPIRITUAL
Esa tenebrosa noche de invierno, los perros aullaban y la sirena de una ambulancia gemía por la avenida panamericana, era un día viernes en que Jhon agonizaba debido a un accidente y era conducido de emergencia a un hospital de Pacasmayo.
-Si no hubiese ido a esa fiesta, mi hijo estuviera bien, ¿Por qué tuvo que ir con esos amigos? Cuantas veces le aconsejé que no se reuniera con ellos- Decía doña Claudia, mientras gruesas lágrimas caían por su lánguido rostro.
-Todo va a estar bien mujer, nuestro hijo es fuerte y pronto se pondrá bien, no te preocupes.
- No lo sé, Jaime, dice el médico que está en coma.
Un día lunes un pastor evangélico tocó a la puerta y Jhon abrió molesto.
-Joven, Buenos días, dispone de tiempo para hablarle de la palabra de Dios.
-No señor, yo soy un hombre muy ocupado, en quince minutos debo reunirme con mis amigos.
- Pero joven, solo cinco minutos necesito para predicarle de Jesús.
- Sabe señor, yo sé de Jesús, porque en la escuela me han enseñado sobre él, así que ahora no necesito que me hable Dios.
- ¿Dónde está mamá? – le preguntaba Juanito a Mariluna aquella tenebrosa madrugada de invierno en que ambos niños no podían dormir porque estaban frente a la avenida panamericana y el ruido de los carros era continuo. Aquel lugar no era como su casa, donde vivían con su madre.
- Debe estar en nuestra casa, hermanito. Mañana vamos a verla temprano.
- Así me dijiste el viernes, han pasado varios días y tú no me llevas para abrazar a mi mamita:
-Mami, yo quiero verte, extraño tus caricias, tu sonrisa, tus cánticos, tus juegos y tu comida. Dijo el pequeño, mientras las lágrimas rodaban por sus tristes mejillas. La puerta se abrió de súbito e ingresó Jhon , el padre de ambos niños, quien dijo: Mariluna pon sus zapatos a tu hermano, que vamos a ir de compras. De pronto se escuchó una agonizante voz que corría por la calle Ladislao Espinar: - ¡Mamá, mamita! ¿Dónde estás?
El pueblo abrió un sendero y el jadeante niño ingresó, abrazó a su padre y preguntó:
- ¿Qué haces aquí, papito? ¿Por qué toda esta gente está contigo?
¿Qué has hecho, papacito? ¿Por qué están atadas tus manos?
-¡Nada hijito! Regresa a casa y cuida a tu abuelita Claudia.
- ¡No temas! Pronto estaré con ustedes.
El pequeño fijamente miró a la gente y comprendió lo que estaba sucediendo. Lentamente se desprendió de la cintura de su padre y sollozando dijo:
- ¿Por qué quieren quitarme a mi padre?
¿A quién le mostraré mis buenas calificaciones?
¿Con quién voy a jugar mañana? Mi mamita está en el cielo. Muchos de los presentes estaban acongojados ante el drama del niño; los lánguidos ojos de Jhon se llenaron de lágrimas que rodaron por sus mejillas como dos gotas dolidas de rocío hasta mojar los cabellos de su pequeño hijo; su cuerpo tembló por un instante, cayó de rodillas y con angustiante voz clamó:
-Señor, Dios de los cielos, Perdóname padre, por haber cometido tanto pecado, por no haberte escuchado cuando me predicaban tu palabra. Perdona a toda nuestra descendencia y que se rompa toda maldición hasta la cuarta generación y prometo servirte hasta los últimos días de mi vida. Fue así que una luz cayó desde el cielo sobre la cabeza de Jhon , cayendo de bruces. Luego fue llevado a la cárcel, cumplió su condena. Así estuvo Jhon recordando todas sus fechorías en su lecho de moribundo. Después de un mes de sufrimiento y dolor pudo recobrar la salud. Y hoy es un gran predicador, por la gracia de Dios.
Zaminda -2017.
Los relatos constituyen escritos de inspiración idealista y en algunos de ellos aflora sutilmente el asunto religioso. Al respecto, la autora se ha cuidado de no transgredir las reglas que la literatura impone porque, no obstante ser profesora, no se atribuye un papel educador. Refiere los comportamientos y hechos concretos de una historia y no hay explicaciones respecto a nada divino o celestial, lo religioso se insinúa o se manifiesta simbólica o alegóricamente.
Personajes memorables de los relatos que se muestran en EL PODER DE DIOS son:
DAMIÁN DÍAZ del relato PODER DE DIOS, cuya existencia aciaga y azarosa, y las malas juntas determinan que viva al margen de la ley y que los delincuentes el Cobra y el Pantera lo involucren en un robo con asesinato. Al ser capturado por una muchedumbre encabezada por dos verdugos con pasamontañas y látigos, el gentío pide que lo castiguen arrojándolo a las aguas del río Chamán. La llegada de su pequeño hijo, abriéndose paso entre la multitud, inesperadamente suscita su salvación.
ÁNGEL, es el protagonista de EL VALOR DE ÁNGEL. Es un niño que estudia en un colegio cristiano, muy dedicado a sus estudios y solidario. Por ayudar a un compañero de su salón sufre una caída que fatal que determina su internamiento en el hospital. Al parecer la muerte lo acechaba, pero los ruegos de “Ángel no te mueras” coreados vigorosa y nerviosamente por la multitud lo alejan de la muerte.
MARINO PALOMINO GUANILO y la sirena MARILUNA protagonizan la narración LA SIRENA PACASMAYINA. Ambos jóvenes se profesan una estupenda amistad, Mariluna es una sirena muy singular, tiene conocimiento de la problemática social y se enfrenta a un poderoso del pueblo, reclamándole trato y salario justo a sus trabajadores. Pero Mariluna tiene que regresar a al mar, entonces un fenómeno sobrenatural lo aleja del lado de su amigo y como la gente ya no la ve señalan a Marino como su asesino y por ello está a punto de ser arrojado al mar, pero se salva porque la sirena, simultáneamente con un estruendo y una potente luz, aparece y ordena que lo liberen.
También hay personajes que simbolizan valores como la amistad, la solidaridad, el amor.
Frente al impresionante río Chamán, aquella fatídica tarde de invierno, Damián Díaz Cruz evocó su vida anterior, su mente se abrió como un viejo libro; su triste infancia, su pobre adolescencia y su desolada juventud pasaron por su confuso cerebro como un luminoso relámpago, ante los resonantes gritos de los pobladores del cálido y valiente pueblo de San José de Moro, cuna de la sacerdotisa Moche, quienes clamaban furiosos:
-¡Que lo arrojen al río Chamán!
-¡Que le den un escarmiento!
-¡Merece la muerte, la muerte!
El acusado estaba perplejo; tenía los pardos ojos clavados en las turbias aguas, que se deslizaban como una gigante serpiente; el ágil viento jugaba con sus negros cabellos y su morena faz reflejaba desconcierto. El débil sol iluminaba el rostro de los presentes, las eternas nubes caminaban agrupándose en el azulino cielo, algunas curiosas garzas se posaban en los árboles.
Damián quedó huérfano de madre a los siete años; a su padre jamás lo conoció. Su abuelita materna, doña María, se hizo cargo de él; pasó penurias, pues su progenitora tuvo que lavar ropa para que estudie; sus compañeros se burlaban porque no tenía padre ni madre. Pero cuando tuvo quince años recibió el golpe más duro de su vida: doña María fue a reunirse con su hija en el paraíso. Desde entonces, el sufrimiento, el abandono y la soledad lo marcarían para siempre. Deambulaba por las calles; por las noches se reunía con delincuentes en las cantinas y empezó a beber y a robar.
-Ahora nos toca el atraco a don José; ayer ha vendido quinientos sacos de arroz. Ya sabes a las diez nos reunimos donde hemos quedado.
-Sí, Cobra a esa hora estaré allí; avisa al Pantera.
Pero don José Chávez León, aquella noche que lo asaltaron, logró identificar a los asaltantes, los denunció y estuvieron presos cinco años.
Díaz, al salir de prisión, cuando tenía 20 años, conoció a Consuelo Paz, se enamoró, se casó con ella, y tuvo un hijo; con ello pensó que su vida cambiaría, pero no fue así.
-Damián, ahora que tenemos nuestro hijo, debes cambiar tu vida, ya no robes, dedícate a trabajar. ¡Hazlo por nosotros!
-Sí, mi Consuelito, en ti he encontrado paz. Desde mañana voy a ser otro hombre. Ya verás, cariño.
Después de dos meses de vida diferente, una oscura noche de invierno se encontró con el Cobra, quien lo convenció para seguir robando.
-Oye compañero, tú tienes que seguir trabajando conmigo, porque has sido y seguirás siendo mi compinche.
-¡No, no, Cobra! Yo ya no soy el de antes, he cambiado.
-Lo siento mucho, pero ya te hemos considerado dentro del asalto de esta noche. No nos puedes fallar. Además, que sea la última vez.
-Está bien, será como tú digas.
Dos corpulentos verdugos empezaron a atarle las manos para arrojarlo a las frías aguas. El aire juguetón seguía despeinando a la gente que estaba alrededor del cautivo, quien permanecía confuso ante los amenazantes gritos:
-¡Castíguenlo severamente!
-¡Háganle declarar la verdad!
-¡Que lo maten! ¡Que lo maten!
Todo empezó después del último asalto a don Julián Cieza Gómez, un acaudalado hombre, quien opuso resistencia; en venganza el Cobra le infirió dos profundos cortes, uno en el brazo y el otro en el abdomen. La víctima agonizó varios minutos y posteriormente murió. Los tres huyeron del lugar. Damián se escondió en la casa de un amigo. De ésta fue sacado a empellones, a las cuatro de la tarde, por una muchedumbre encabezada por dos verdugos con pasamontañas y látigos; le quitaron los zapatos y descalzo le hicieron caminar por las principales calles, mientras él decía:
-Yo no maté a don Julián. ¡Déjenme ir con mi familia, por favor! ¡No soy asesino! ¡Mi hijo me necesita! Su madre murió hace un año.
El reo estaba sudoroso, por momentos cojeaba y miraba con incertidumbre a sus captores que, como un mar humano, iba detrás de él; luego bajaba la cabeza y meditaba:
-¿Por qué desperdicié parte de mi vida? ¿Por qué seguí robando?
-Si hubiese cumplido mi promesa, hoy no estaría aquí. Consuelito sería feliz en el cielo y guiaría mi camino. Un fuerte latigazo lo hizo caer al pavimento.
-¡Levántate, cobarde! ¡Demuestra tu valentía! ¿Acaso no eres hombre, Damiancito? –dijo el verdugo Tulio.
Había transcurrido veinte minutos en la orilla del Chamán, ahora era las cinco de la tarde y el delincuente comprendió que pronto iba a morir, porque los enardecidos pobladores continuaban vociferando con más furia:
-¡Exigimos justicia! ¡Justicia para San José de Moro!
-¡Que lo lancen al río Chamán!
-¡Que lo maten! ¡Que lo maten! ¡Que lo maten!
El prisionero estaba azorado por la sentencia y tenía la mirada turbada y perdida en el inmenso horizonte, quería gritar que él no era asesino; pero de qué le serviría, se habían ensañado con él, sólo por robar con el Cobra. El Chamán, también conocido como el Río Loco, porque siempre destruía los sembríos, rugía de impaciencia en espera de su víctima.
De pronto se escuchó una agonizante voz que corría por la calle Sorochuco:
-¡Papá, papito! ¿Dónde estás?
El pueblo abrió un sendero y el jadeante niño ingresó, abrazó a su padre y preguntó:
-¿Qué haces aquí, papito? ¿Por qué toda esta gente está contigo?
¿Qué has hecho, papacito? ¿Por qué están atadas tus manos?
-¡Nada hijito! Regresa a casa y cuida a tu abuelita Lucía.
-¡No temas! Pronto estaré con ustedes.
El pequeño fijamente miró a la gente y comprendió lo que estaba sucediendo. Lentamente se desprendió de la cintura de su padre y sollozando dijo:
-¿Por qué quieren quitarme a mi padre?
¿A quién le mostraré mis buenas calificaciones?
¿Con quién voy a jugar mañana? Mi mamita está en el cielo. Muchos de los presentes estaban acongojados ante el drama del niño; los lánguidos ojos de Damián se llenaron de lágrimas que rodaron por sus mejillas como dos gotas dolidas de rocío hasta mojar los cabellos de su pequeño hijo; su cuerpo tembló por un instante, cayó de rodillas y con angustiante voz clamó:
-¡Dios mío, perdóname! Pueblo de San José de Moro ¡Tened misericordia de mí! ¡Prometo nunca más robar!
¡Seré un hombre de bien!
Una fulgurante luz apareció en el cielo, Damián rodó por el suelo convulsionando, de ésta bajó una blanca paloma y se posó en su cabeza. Varios cayeron de rodillas gimiendo y pidiendo perdón. Aquella divina paloma voló y se unió a la estrella y ésta hizo un zigzag y se perdió en el firmamento.
Un Pastor Evangélico se abrió paso entre la gente y después de una mística visión manifestó:
-¡Querido pueblo de San José De Moro! Dios hoy ha llegado a la vida de nuestro hermano Damián y ha perdonado sus pecados, por ello les invoco que lo dejen ir, porque sé que dedicará su vida a Dios.
-La próxima vez no tendrás salvación y espero que cumplas tu palabra, sabandija- dijo el verdugo Lucas.
El Pastor se acercó al preso que tenía la cara bañada en lágrimas y la vista fija en el eterno éter; desató sus manos, lo invitó a levantarse diciéndole:
-¡Hermano mío! Levántate, vete y no peques más.
Damián se incorporó, se limpió el rostro, abrazó a su hijo y pasó entre la muchedumbre que permanecía atónita ante tan maravilloso acontecimiento.
Autora: Zaminda
Ángel caminaba aprisa por la pileta de la plaza de armas de Pacanguilla aquella aciaga mañana de invierno. Iba a sus clases en la Institución Educativa Particular Cristiana “Phil Moon”, cuando escuchó:
-¡Auxilio, Ángel, ayúdame!
-¡Pronto amigo, que me caigo!
Volvió la mirada y vio que Mateo estaba cogido de una delgada rama de Ponciano; corrió desesperado, pero al llegar al lugar la débil rama se rompió. Él intentó sostener a su amigo en sus brazos; sin embargo el peso de éste lo venció, cayó pesadamente sobre la dura vereda golpeándose la cabeza y se desvaneció como un pájaro herido.
-¡Ángel, levántate amigo!
-¡Ángel, no te mueras!
Le decía sollozando Mateo, quien se había levantado asustado después de la caída mortal y sintiéndose culpable de lo sucedido, por haberse subido al árbol. Un inmenso manto oscuro cubría el infinito cielo. Eran las siete y treinta de la mañana. A la distancia varios alumnos ingresaban al colegio Cristiano, donde Ángel estudiaba el quinto grado y Mateo el sexto grado de primaria. En esta institución Angelito era un buen alumno, todos lo estimaban por su humildad y solidaridad con los demás. Las súplicas de Mateo fueron escuchadas por la profesora Priscila y un grupo de estudiantes que pasaban por allí. Al acercarse la docente encontró a su alumno desmayado y ordenó a Mateo que avise a su madre.
-¡Doña Esperanza, venga pronto, Ángel se ha caído y está inconsciente en la plaza de armas! –dijo Mateo, apenas encontró a la señora.
-¿Qué dices? No, no puede ser. Dios mío, ayuda a mi hijo.
Salió corriendo desesperada y angustiada en busca de su primogénito.
Ángel era mestizo, de pelo negro, ojos color café y rostro carismático. Cuando tenía tres añitos su padre murió en un accidente de tránsito. Su madre sufrió demasiado por la muerte de su esposo. Trabajaba en la chacra y lavaba ropa para alimentar, vestir y educar a su hijo. Ella quería que su vástago sea un gran estudiante y profesional en la vida
-¡Estudia, Angelito! Mañana tienes examen de Comunicación.
-Sí, mamita, pero no se preocupe que ya sé los temas.
-¡Ojalá apruebes con alta nota!
Cuando llegó doña Esperanza encontró a la profesora que le daba los primeros auxilios a Ángel, pero el niño no reaccionaba.
Sus compañeros estaban alrededor. Ella muy apenada abrazó, alzó y subió a su hijo a una moto taxi con la docente y se fueron al mini hospital de Pacanguilla. Ángel era dadivoso no sólo con sus compañeros y sus vecinos sino también con los animales que encontraba abandonados. Una mañana fría de primavera encontró a Boby, su fiel amigo, temblando debajo de una banca en la plaza de armas. Era muy pequeño y tenía mucho frío. Acarició su cabeza, lo alzó, abrigó y lo llevó a su casa. Una triste tarde de lluvia hizo llegar herido del ala derecha a Paco, el loro juguetón, curó su herida; pero jamás pudo volar. Los quería tanto a ambos, que cuando él desayunaba, almorzaba o cenaba sus amigos también lo hacían.
Había transcurrido media hora, Ángel permanecía inconsciente en el mini hospital; por la gravedad de su estado el médico había decidido su traslado a Chepén, y estaban esperando la ambulancia para llevarlo.
En la Institución Educativa Particular Cristiana “Phil Moon” las maestras y alumnos oraban por Angelito. El Director y el Pastor decidieron suspender las clases por una hora para ir a verlo.
Boby y Paco estaban tristes, sabían que su amigo estaba mal, pero ellos no podían salir de casa, doña Esperanza había echado llave la puerta. Boby corrió hacia el portón del corral seguido de Paco. Cavó un enorme hueco y salieron a la calle. Paco se subió al lomo de Boby y empezó a correr por la calle Leoncio Prado. Al llegar a la plaza de armas observaron que un grupo de alumnas iban por la calle Triunfo, se acercaron y cuando se dirigían a la calle Bolívar escucharon:
-¡Pobre Ángel!, se cayó por salvar a Mateo -decía Leydi, la niña de trenzas negras.
-Sí, él es tan bueno -comentaba Gisela, la de los cabellos castaños.
-¡Ángel, no te mueras! -decían todas en coro.
De pronto una agonizante voz corría por la avenida Panamericana:
¡Ángel, no te mueras!, ¡Ángel, no te mueras!...
Los pobladores al escuchar tan lastimera voz empezaron a seguirla. Una ola humana corría tras ella. Los carros se detenían y los pasajeros observaban atónitos el acontecimiento.
La puerta de fierro del mini hospital se abrió, eran las ocho y treinta de la mañana, y la voz afónica ingresó, era Paco que de tanto gritar sobre el lomo de su amigo, se estaba quedando sin voz. Boby jadeaba de cansancio.
En ese instante una enfermera traía a Ángel en una camilla, para subirlo a la ambulancia.
El pequeño estaba inconsciente sobre una sábana blanca. Tenía pálido el semblante; sus frágiles manos estaban pegadas a sus muslos con los dedos abiertos como esperando el apretón de otros. Detrás iba su madre sollozando. La ola humana rodeó al niño. Boby aullando se le acercó y recostó su cabeza sobre sus pies. Doña Esperanza gemía con la mano izquierda de su hijo apretada contra su pecho. El Pastor le cogió la mano derecha y la estrechó suavemente, mientras oraba en silencio.
-¡Ángel, te queremos!, ¡Ángel, no te mueras!
-¡Dios mío, sálvalo! ¡Dios mío, sálvalo!... -clamaban todos los presentes con fe, esperanza y amor.
Su faz se iluminó, su boca sonrió, sus débiles ojos se abrieron, se sentó lentamente y sus labios balbucearon:
-¡Madre! ¡Pastor! ¡Boby! ¡Paco! ¡Amigos míos! ¡Hermanos míos!
Hizo una breve pausa y muy emocionado exclamó:
-¡Gracias Dios mío! ¡Gracias amigos y hermanos míos!
Ángel se incorporó, abrazó a su madre, al Pastor y pasó entre la muchedumbre.
PRIMER PUESTO: ”MEDALLA DE ORO” III JUEGOS FLORALES SEMANA JUBILAR DE PACANGA -2008.
¡Mamá no me hagas daño!
¡Mamita, déjame vivir!
Estas suplicantes palabras aún resonaban en los oídos de Esperanza, quien permanecía meditabunda en una clínica informal. Esperanza vivía con su madre en la calle Triunfo de Pacanguilla. Ella no conoció a su padre, porque éste la negó y se marchó a su tierra. Ironía del destino, pero ahora le estaba pasando lo mismo:
-¿Dices que es mi hijo? Ja ja ja ja ja…
¿De quién será?
-Pero Boa ¡Es tu hijo!
-No, no es mío. Yo no quiero ese hijo.
Desesperada le contó a su madre, quien la reprochó y amenazó.
-¿Cómo es posible que te hayas embarazado de ese delincuente?
-Pero mamá, déjame explicarte…
-No quiero explicaciones, desaparece ese feto o te vas de la casa. Yo no voy a mantener otra boca más.
Angustiada, por la incomprensión de su progenitora, acudió a una amiga, ésta le aconsejó que abortara y le dio la dirección de una clínica. Aquel fatídico día en que Esperanza decidió abortar presionada por las circunstancias, lloró amargamente en su lecho por tan cruel destino, hasta que se quedó dormida:
-¿Por qué estás triste? ¡Yo quiero que seas feliz!
-¿Quién eres, pequeño ángel?
-¡Soy tu bebé! ¡Estoy contristado!
-¿Por qué, pequeño mío!
-Porque tú has decidido desaparecerme.
¡Mamá no me hagas daño!
¡Mamita, déjame vivir!
Mientras tanto el Boa y sus compinches asaltaban al próspero empresario José Luna Terán, a quien el delincuente le había herido de muerte con un cuchillo. La Ronda de Pacanguilla actuó inmediatamente y lo detuvo cuando intentaba huir a la sierra. Éste fue encerrado en el calabozo de la Municipalidad.
El Boa había llegado a Pacanguilla desde Bambamarca hacía medio año. Con dos primos más integraban una banda delictiva, que asaltaba y mataba a los que se resistían a sus atracos .Además enamoró a Esperanza, la inocente joven de mirada alegre, a quien la sedujo y embarazó.
El pueblo de Pacanguilla, cansado de las fechorías del Boa, decidió hacer justicia. Hombres y mujeres con cadenas y palos ingresaron a la plaza de armas y frente a la Municipalidad enardecidos vociferaban:
¡Señores policías entréguennos al Boa!
¡Que muera ese delincuente!,
¡Queremos justicia, justicia…!
Un inmenso manto oscuro cubría el infinito cielo, eran las cinco de la tarde; una bandada de curiosas garzas estaba posadas en las poncianas de la plaza de armas y en las alas del impresionante monumento del ángel que se erguía con una biblia abierta, como un espectador más del acontecimiento.
En el calabozo de la ronda permanecía el Boa con una sonrisa fantasmal pensaba…
-¡Que me saquen de aquí, a ver si pueden!
¡Muerto saldré de este lugar, antes que ellos me maten!
Después que las autoridades propusieron hacer justicia, los habitantes de Pacanguilla se retiraron pacíficamente del lugar.
A las ocho de la noche la banda del Boa redujo a los dos policías y a los dos ronderos que cuidaban al reo e ingresaron al calabozo y liberaron al maleante; pero en el tiroteo una bala perforó el pecho del Boa, quien cayó lentamente cogiéndose la herida. Sus cómplices huyeron en una camioneta. Se desangró cuando era trasladado al hospital y en su agonía balbuceaba:
-¡Perdóname, Esperanza! ¡Perdóname, hijo…!
Acostada sobre una camilla Esperanza luchaba con el sueño y la realidad. Buscaba una solución y reflexionaba compungida.
¿Será posible que mi hijo me haya hablado en el sueño?
¡Dios mío! ¿Qué hago? ¡Ayúdame padre celestial!
De pronto, cuando el doctor iba a empezar la extracción del feto, Esperanza se paró súbditamente; el médico y la enfermera intentaron detenerla, pero ella se abrió paso entre ambos y salió sonriendo de aquel lugar. A esa misma hora moría el Boa.
PRIMER PUESTO: MEDALLA DE ORO- III JUEGOS FLORALES – SEMANA JUBILAR DE PACANGA-2009.
Aquella fatídica tarde de invierno, Marino Palomino Guanilo evocó frente al imponente mar Pacasmayino su vida anterior, su mente se abrió como un viejo libro; su triste infancia, su amarga adolescencia y su feliz Juventud pasaron por su confuso cerebro como un relámpago, ante los resonantes gritos de los pobladores del fresco y solidario pueblo de Pacasmayo, quienes clamaban furiosos:
-¡Que lo arrojen al mar!
-¡Que le den un escarmiento!
-¡Merece la muerte! - ¡la muerte!
El acusado no comprendía lo que le estaba sucediendo, jamás en su vida imaginó que le podía pasar esto; estaba perplejo, tenía los pardos ojos clavados en el mar, el ágil viento jugaba con sus negros cabellos y su moreno rostro reflejaba desconcierto.
El azulino cielo, que cubría la pequeña ciudad pesquera enclavada a orillas del mar peruano como una fuerte roca, de pronto empezó a oscurecerse, las eternas nubes empezaron a agruparse, anunciando una fuerte lluvia, las pequeñas calles estaban en silencio, los gigantes pelícanos y las pardas gaviotas como cometas se cruzaban en el espacio, las bravas olas bramaban como rugientes animales en espera de atrapar su próxima víctima.
Marino quedo huérfano de madre a los nueve años. Vivió con su padre en una pequeña casa de adobe. Don Julio Palomino López era un hombre alcohólico y muy malo, por eso desde muy pequeño tuvo que trabajar para mantenerse, a veces se quedaba con sus amigos en la calle. Con ellos aprendió a consumir droga. La muerte de su padre no le afecto, cuando tenía quince años, se había acostumbrado a vivir solo.
Fue Mariluna, la sirena, como la llamaban en Pacasmayo, por su angelical rostro, sus largos cabellos dorados, su candorosa sonrisa y su inocente mirada; quien le ayudó a salir de este vicio. ÉL la quería como a la hermana que siempre anheló tener. La conoció cuando deambulaba por una calle Pacasmayina, en ella admiró la dulzura de su voz, su blanca tez, sus celestes ojos, su esbelto cuerpo y su decidido coraje para resolver los difíciles problemas. Se hicieron grandes amigos, un día ella le dijo:
-Marino, no sé si deba contarte.
-¿Qué secreto? – amiga mía, confía en mí, no se lo diré a nadie, aunque tenga que morir con él.
-¡Está bien! - te lo voy a decir:
-Yo soy un ser extraño, porque dice mi madre que ella me concibió cuando caminaba sola por la playa, pero mi padre nunca supo de esto y así murió. Cuando nací los alegres delfines emitían hermosos cánticos, las gaviotas y los pelícanos danzaban en el cielo, los animales terrestres y del mar festejaban con una linda fiesta en la tierra y bajo el agua marina.
-Yo no creo en esas cosas, no le hagas caso a tu madre – dijo Marino.
-No, no es así, tú no me entiendes, yo le doy la razón a mi mamá, porque cuando era niña, en varias ocasiones que fui a la playa, al ingresar al agua los peces acariciaban mi piel y ahora cuando voy al muelle a contemplar el mar, escucho una voz que me dice:
-¡Mariluna, Mariluna, hija mía pronto estarás conmigo!
-Bueno, amigo! – ya no hablemos más de esto. Ahora quiero que me acompañes a la casa del señor Isla, es necesario que hable con él.
-¡Está bien! – vamos.
Una cuadra antes de llegar, ambos se detuvieron y observaron la inmensa mansión color celeste, con bellos jardines floridos del hombre más acaudalado, temido y corrupto de Pacasmayo.
Ella muy serena, al llegar, tocó la puerta de cristal y cuando él abrió le dijo:
-¡Buenos días, don José!
-¡Buenos días, Mariluna! – Pasen y siéntense.
Ellos estaban admirados por los valiosos adornos, los finos muebles que estaban bien ubicados en la sala y se sentaron juntos en el mueble granate. El dueño de casa se posesionó frente a ellos y dijo:
-¿A qué se debe tu visita?
-Don José, quiero pedirle que no explote a sus empleados, que les pague lo justo por su trabajo, porque ante los ojos de Dios todos somos iguales.
-¡Óyeme bien, niña! – en mis asuntos no le permito ni siquiera a mi esposa que intervenga, mucho menos a una pobre muchacha que siempre está entrometiéndose en la vida de los demás.
-Pero señor, usted no puede tratar así a Mariluna. Si sigue ofendiéndola le voy a dar una buena bofetada para que aprenda a respetar a una dama.
-¡Tranquilízate marino! – no es necesario que actúes así. Yo sé que el señor Isla va a cambiar.
-¡Vámonos, amigo! – es hora de almorzar, mi madre nos espera. Los dos salieron apresuradamente.
-Te crees muy hombrecito, Marino Palomino, algún día me la vas a pagar, porque nadie ofende a José Isla sin tener su castigo.
-Dijo José colérico. Tenía la morena frente fruncida y la malévola mirada sentenciaba los ágiles pasos de los visitantes, que se perdían de vista en la esquina. Nadie se había atrevido a desafiarlo en toda su vida, porque le temían; sin embargo la Sirena y Marino se habían enfrentado a él.
La gente continuaba vociferando:
-¡Arrójenlo a las frías aguas!
-¡Háganle declarar la verdad!
-¡Qué lo maten! ¡Qué lo maten!
Dos corpulentos hombres empezaron a atarle las manos con una soga para echarlo al bravo mar. Eran José Isla y uno de sus empleados. El primero fingiendo estar a favor del pueblo, había encontrado la forma de vengarse de Marino. El tranquilo éter continuaba oscureciéndose y el aire juguetón seguía despeinando a la gente, que estaba aglomerada alrededor del cautivo. Quien permanecía confuso ante los amenazantes gritos. Y recordó que Mariluna le había dicho dos días antes muy contristada:
-¡Marino, mi buen amigo! – ya no quiero que me busques más, porque si lo haces, cuando me marche, el pueblo te acusará de haberme matado.
-¿A dónde te vas a ir? – estás alucinando, amiga mía.
-Sólo yo sé que muy pronto ya no estaré contigo, ni con mi pueblo – dijo ella y se fue.
-¿Por qué no le creí? - Ahora no estuviese en esta situación.
-¿Qué delito he cometido? – yo sólo quise ayudarla. Ahora estoy sentenciado a muerte, porque el pueblo me culpa de la desaparición de la angelical ninfa Pacasmayina.
Todo el pueblo apreciaba a Mariluna, desde niña atrajo a la gente con su extraña forma de ser, por su bondad y solidaridad con los más necesitados. Ella siempre solucionaba los problemas de las personas. Daba consejos a los jóvenes y señoritas. Sin embargo su permanencia en este lugar terminó aquella gélida noche de invierno, cuando ella cumplía quince años y había decidido ir a la playa para meditar sobre los graves problemas de sus paisanos.
Marino, quien se aproximaba a su humilde casa a esa hora, la vio salir vestida de blanco y con paso presuroso se dirigió al mar; él la siguió de cerca. El pueblo dormía, la luna brillaba en el celeste cielo, el viento silbaba, los gallos cantaban, los melancólicos perros aullaban y las nocturnas lechuzas gemían presagiando la partida de la sirena.
Mariluna caminó bastante hasta que llego al lugar de sus concentraciones, se sentó sobre la fría arena, luego se arrodillo y empezó a rezar con los ojos cerrados.
Una potente luz, en un instante, iluminó el espacio que ella ocupaba y lentamente comenzó a elevarse atraída por aquella luminosidad que venía del mar.
Marino se quedó petrificado sobre la indómita tierra sin saber qué hacer, parecía una piedra más, cuando reaccionó gritó:
-¡No, noooo, no te vayas Mariluna! – y cayó desmayado, después de unos segundos abrió los débiles ojos y vio que la sirena lentamente caía iluminada sobre las claras aguas marinas y se perdía en éstas.
Marino por un momento enloqueció y creyó que había soñado. Desesperado empezó a correr y a llamarla:
-¡Mariluna, Marilunaaaaa…!
-¿Dónde estás hermosa sirena Pacasmayina?
Cansado de buscarla se percató que se había alejado demasiado y no sabía cómo regresar, estaba temeroso por lo que había pasado. La luna se escondió detrás de una nube, la silenciosa noche avanzaba. Él se paró meditabundo a orillas del quieto mar, cuando vio que de éste salía una cadena dorada de plateadas hormigas, que se dirigían haciendo un luminoso camino hacia Pacasmayo. El las siguió y así pudo llegar a su casa. Pero una vecina lo vio regresar pálido y asustado. Ella hizo creer a la gente que la misteriosa forma de llegar de éste tenía que ver con la desaparición de Mariluna; porque según ella, Marino estaba enamorado de Mariluna y como ella rechazó su amor, él la mató y la arrojó al mar.
A las cuatro de la tarde del siguiente día, el pueblo se agrupó y fue a la casa de Marino, éste permanecía enajenado y echado sobre su cama; los golpes continuos a la puerta le hicieron salir de su aturdimiento, recién comprendía que lo que le había dicho Mariluna era verdad. Al abrir la puerta los pobladores, encabezados por don José, se lanzaron sobre él como gallinazos a su presa, lo llevaron a empellones por las desiertas calles hasta el tétrico muelle. Mientras doña Azucena decía:
-¡Déjenlo libre! – él no es el culpable - ¡es inocente, inocente!
Habían transcurrido veinte minutos en el frígido puerto de Pacasmayo, ahora eran las cinco de la tarde, la vida de Marino estaba a punto de terminar. Los enardecidos pobladores continuaban vociferando con más furia:
-¡Es un asesino! - ¡Asesino!
-¡exigimos Justicia, Justicia!
-¡Que lo lancen al mar!
-¡Qué lo maten! - ¡Qué lo maten!
El prisionero estaba azorado por la sentencia y tenía la mirada turbada y perdida en el inmenso horizonte. No podía revelar la verdad, era su secreto de Mariluna.
Por una calle se aproximaba una unidad con varios policías, quienes habían sido informados por los amigos del preso, que el pueblo estaba a punto de linchar a Marino Palomino Guanilo.
De pronto se oyó un fuerte estruendo y una luminosa luz iluminó al cautivo. El pesquero pueblo pacasmayino posó su insólita mirada en aquella estrella, temerosos muchos cayeron al suelo desmayados, varios se hincaban clamando perdón, otros lloraban, especialmente su madre, doña Azucena Méndez Díaz, quien siempre supo que su hija se iría algún día, y Marino, su fiel amigo.
De aquella luz provenía una voz que decía:
-¡No lloren por mí! – háganlo por los abandonados niños huérfanos, por los drogadictos, por los opresores, por los oprimidos y por ustedes mismos.
-Liberen a Marino, él sólo es culpable de haber sido mi verdadero, amigo. A partir de ahora el sanará a los enfermos y vivirá con mi madre, porque será como el hijo que ella nunca tuvo. No acusen a una persona sin tener pruebas, ámense los unos a los otros, estén siempre unidos, practiquen los valores y los mandamientos divinos.
La luz hizo un zig zag en el espacio y como un rayo se perdió en el cielo. Los policías y la gente allí reunida no podían creer lo que acababan de ver y oír, estaban estupefactos, pensaban que había sido una visión divina. Temerosos el señor Isla y su empleado empezaron a desatar la soga, pero ésta se había apretado y al hacer fuerza, José resbaló y cayó al mar, las feroces olas lo envolvieron con furia y lo arrastraron al fondo. Marino impaciente dijo:
-Suéltenme pronto, debo salvarlo.
Una vez desatado con bizarría se lanzó al mar, por un instante todos creyeron que habían muerto, porque ambos desaparecieron.
Todos estaban desesperados, pero esta angustia terminó, cuando Marino apareció flotando sobre las saladas aguas con José como una gaviota con su pez, nadó con ligereza hacia la orilla, en ésta dos de los policías le dieron los primeros auxilios y después de unos segundos José Isla Salas reaccionó y preguntó:
-¿Quién me salvo?
-Ha sido Marino – le dijo uno de los policías.
Isla atisbó el infinito firmamento, con los mansos ojos llenos de lágrimas y la voz desfalleciente dijo:
-¡Dios mío, Perdóname!
-¡Palomino, Perdóname! – he sido déspota y despiadado con mis trabajadores, con la gente, con Mariluna y contigo. Lo que me ha sucedido hoy me ha transformado en un hombre de bien.
El pueblo no podía creer el arrepentimiento de aquel hombre que quiso matar a Marino. Las bravas olas se tranquilizaron, las aves marinas jugaban con la brisa y el viento en el espacio, el infinito mar emitía una alegre melodía y el opaco cielo se transformó en un inmenso manto azulino que cubría el alegre y apacible pueblo pacasmayino, ante el asombro y la paz de todos los presentes.
Seudónimo: Zaminda – 2005
¡Cuánto sufriste madre!
¡Perdóname mamá!
Decía un adolescente, con el rostro bañado en lágrimas, ahora comprendía que había juzgado mal a su madre; su tía le estaba confesando toda la verdad sobre ella, después de una semana de su sepelio.
-Tu madre fue buena contigo y te protegió siempre. Cuando estabas en su vientre te defendió de la amante de tu padre, ésta a golpes intentó que ella te abortara.
-¿Por qué no me lo contó ella? -Pensaba hacerlo, hijo, cuando tú cumplieras dieciocho años; pero la muerte se la llevó antes. Y yo le prometí que te contaría toda le verdad, cuando ella agonizaba en el hospital.
-¿Por qué mi padre la engañó con otra mujer?
-Tal vez, porque no la amaba como ella a él.
-¿Por qué ella me castigaba cuando mentía?
-Porque tu madre detestaba la mentira, sus padres, tus abuelos maternos le enseñaron a decir la verdad; tu padre siempre le mentía y ella temía que tú fueras igual a él.
-Pobre mamá ¿cuánto debe haber sufrido en silencio?
-Tía, yo fui malo con ella, no merezco su perdón.
-Hijo, no sabías la verdad, actuaste mal, debes arrepentirte y pedir perdón a Dios.
-Ahora comprendo porque me decía: "Hijito te quiero mucho, tienes que cambiar y ser un buen hijo".
- Tía debo ver la tumba de mi madre-Dijo el huérfano, incorporándose bruscamente.
El adolescente salió y corrió como un venado herido, por las calles del pueblo rumbo al cementerio; llegó, ingresó y abrazó con desesperación el nicho de su madre; una fuerza súbita le hizo caer de rodillas y con estruendosa voz, que estremeció aún a los muertos, clamó:
¡Mamita perdóname…! ¡Te extraño mamá…! ¡Dios mío ten misericordia de mí, perdóname…!
Después de media hora, cuando él salía del cementerio escuchó un melodioso canto, al volver la mirada a éste, vio una hermosa paloma blanca posada en la cruz de la tumba de su madre.
Autora: Zaminda – 2012
Día esplendoroso de la comunidad de Collambay, la gente llega de todas partes a la gran fiesta de la Virgen de las Mercedes, patrona del pueblo, bajan de los carros; otros llegan a pie. En ese instante la plaza de armas se ve colmada. Es un 24 de septiembre, día central de la fiesta.
El sol débil ilumina el rostro de los presentes. De las cantinas llegaba la música, canciones de los Shapis, melodías preferidas de los Collambaynos. Allí se encontraba Santos Yupanqui, Jacinto Córdova Tejada, Dilmer Ruiz Villacorta, Eusebio Sandoval Méndez y Apolonio Córdova Tejada, festejando la gran fiesta. De pronto surgen altercados.
Santos maliciosamente dice a Jacinto:
- ¿Te acuerdas de aquella noche?
- Yo, no sé nada, ¡Carajo!
- Cállate la boca, maldito traidor, o te la mando a cerrar para siempre.
¡Oh! Compañeros aquí tienen a un infeliz que no tiene que tragar y para hacerlo extorsiona a los demás -¿A cuántos más has chantajeado miserable?
Apolonio interviene diciendo: hermano ¡Por favor!, no pelees; la gente se va a enterar de todo, éste no estaba tan ebrio, pues había llegado recién.
- ¡Claro! dice Dilmer- Anda, anímate, no seas tonto; si lo haces será más fácil para ti cobrar dinero; pues ya no estarás solo, seriamos tres contra uno. A mí me gustaría verlo hundido a este farsante. La cárcel es lo que se merece por delincuente.
- ¡Pobre mamá! Lloró tanto por su pequeño becerrito. Me da tanta rabia, por eso quiero vengarme de este canalla que no pagó su culpa.
- ¡Haber! No me vas a decir que a ti si te estima, porque este desalmado no quiere a nadie, sólo a sí mismo.
- Está bien, les voy a contar, pero no ahora, él debe estar por llegar, que les parece mañana a las cinco de la tarde en mi casa.
- Pero ¿Dónde estará Jacinto?, hace una hora que salió, vamos a verlo dice Eusebio.
Los tres caminaron hacia la plaza; ya en el centro se despiden.
- ¡Adiós Santos! – le dice Eusebio, ya sabes mañana a las cinco, no te olvides.
- ¿Trato? ¿Qué trato será? Se preguntaba, de repente recordó aquella horrenda noche en que encontró a su marido sepultando a Amelia, una bella y esbelta mujer, que no tenía familia; llegó al pueblo y nunca se supo de dónde provenía. Jacinto siempre lo asediaba, le perseguía por su hermosura, más esta se rehusaba a aceptar la invitación alguna. Colérico y cansado de rogarle que sea su amante, la violó y le dio muerte, estrangulándola con una soga. Todo esto lo sabía Santos, que presenció atónito tan horripilante crimen; más Jacinto nunca quiso hablar de esto con su esposa, cada vez que ella le preguntaba, evadía la conversación.
- En peligro, ¡Yo!-Ja, Ja, Ja, Ja,…! No me hagas reír, nadie se atreve a enfrentar a Jacinto Córdova, amo y señor de este pueblo, pues no digas que no te dije nada sobre el trato.
Del trato con Santos con Dilmer y Eusebio; han quedado en reunirse a las 5:00 de la tarde, mañana, Seguro que es para contarles lo que paso aquella noche.
No, esto no puede ser, Santos no puede hacerme esto.
¡Claro! que puede, tú sabes cómo se ha portado últimamente, quién sabe que estarán tramando esos tres.
Me las vas a pagar, juro que me las vas a pagar o no me llamo Jacinto Córdova.
¿Qué vas hacer? ¿A dónde vas?
- A buscar a ese perro traidor, estoy harto de él.
- ¡Vamos cholo! - Decía Santos eufórico, no te dejes ¡Arriba el guicho!, siempre arriba, ¡Amigos salud!
- ¡Hermano! Dice Santos, te pasaste; te defendiste, dejaste bien a los hombres, así debe ser, ¡Arriba el cholo!, compañeros, ¡Salud! Eran aproximadamente las 10:00 de la noche, Santos se despide de sus amigos y se dirige a su domicilio.
Tambaleante se aproxima Santos, sin imaginar lo que le esperaba. De pronto un fierrazo en la cabeza lo hace caer desvanecido, en el suelo Jacinto lo golpea salvajemente, lo arrastra por la carretera, moribundo lo deja en el centro para ser aplastado por los carros. Después de su masacre Jacinto regresa a divertirse con sus amigos.
Felipe Meléndez Alfaro, un paisano de Santos, lo encuentra debajo de un espino, en el centro de la carretera.
¡Hermano! Le dijo con dificultad Santos, Ayúdame ¡Por favor!
Felipe creyendo que sólo estaba ebrio, lo condujo a su posada. Por la madrugada su ronquido lo despertó, pero no le dio importancia. Al amanecer, grande fue su sorpresa, pues, su amigo santucho, como él lo llamaba de cariño, estaba muerto; de inmediato avisó a los dueños de la casa, vino la policía y se lo llevaron como sospechoso del crimen. Mientras tanto Celinda discutía con Jacinto.
¿Lo mataste?, ¿Cómo lo hiciste?
- No, yo no he sido.
- ¡Jacinto Córdova! Perro maldito, tarde o temprano la pagarás, pues hay un Dios justiciero.
La esposa del difunto llora desconsoladamente la irreparable muerte de su esposo, apenas hacía tres meses que se había casado.
Félix y Santiago juran vengar la muerte de su hermano mayor, que fue el padre que nunca tuvieron.
Por el camino Felipe es interrogado por el Sargento que lo detuvo.
- ¿Por qué mataste a Santos?
¡Pobrecito! Matarlo así ¡Que crueldad!, decía Elvira.
Fue un buen hombre no merecía morir asesinado – afirmaba, Julia.
Toda la muchedumbre lamentaba su muerte y se lo manifestaban a través de las condolencias a la viuda.
El cadáver de Santos es conducido por la tarde al cementerio, en el trayecto, se oyen desgarradores lamentos y llantos de los deudos, especialmente de su esposa, Teófila.
- ¡Santitos! Ay, ¡Mi Santitos! Aay, aay…
- Sí, mi hija, -le consolaba su madre, doña Macedonia. Ya en casa, después del sepelio. Madre e hija comentaban –Todo será aclarado mamá, Felipe está preso, sé que él no fue, entonces ¿Quién fue?
Felipe es conducido ante el tribunal, Teófila y Macedonia, lo observan apenadas. Está demacrado, Triste y descuidado, dicen entre ellas.
El Fiscal golpea la mesa.
¡Silencio! ¡Orden en la sala! ¡Por favor que el Juicio va a comenzar!
- Señor abogado de la defensa tiene la palabra.
- Señora Meléndez de Córdova, jura decir la verdad, solamente la verdad.
- Silencio, ordena el Fiscal, o mando a desalojar a todos de la sala.
- Bueno, después de haber escuchado la declaración de la señora Celinda, los miembros del Tribunal hemos decidido dejar en libertad al acusado Felipe y así mismo declarar orden de captura contra Jacinto Córdova, por ser el autor del crimen. Jacinto, al tener conocimiento de la noticia, huye al potrero de Avendaño. Pero no contaba que los ronderos de Collambay lo estaban esperando en la curva del diablo, en donde lo capturan. Luego es entregado a la Policía ahora se encuentra purgando condena en la cárcel del Milagro, en la ciudad de Trujillo, con una condena de veinte años.
LA VENGANZA
En el caserío de San Ignacio, existía una señora llamada Diana. Ella curaba con medicina natural. Viajaba hasta la ciudad de Trujillo, en piajeno, para comprar yerbas con las cuales preparaba la medicina que daba a sus pacientes.
Al día siguiente Lucrecia fue a pastar su ganado. Al sacar la estaca de una de las vacas que se encontraba amarradas, salió junto con la estaca, desde el suelo, una culebra de color negra y empezó a correr tras ella. Lucrecia corrió en dirección a su casa llegando muy cansada. La culebra se quedó por el camino.
Por la noche Lucrecia empeoró su salud y ya no pudo hablar. Su esposo al verla en ese estado la traslada a Sinsicap llevándolo inmediatamente hacia una curandera quien preparó un brebaje y le dio a tomar a Lucrecia. Después puso cuatro hombres bien armados en la puerta de entrada a la casa donde estaban curando a Lucrecia, para que disparen a cualquier animal que se apareciera delante de ellos. Como a eso de las doce de la noche apareció un pollinito retozando por la casa pasando entre los hombres que cuidaban la casa; los cuales no atinaron a disparar creyendo que en el corral había algún piajeno. En eso salió la curandera y preguntó de dónde provenía ese ruido que ella había escuchado, ellos le dijeron que un pollinito había pasado hacia el corral.
Benito entra en la habitación que se encontraba Lucrecia y ambos se quedaron mirándose mutuamente. El la abraza sollozando, aferrándose hacia su pecho y ella llora desconsoladamente, sabía que iba a morir, dice amargamente.
Después ingreso doña Diana a la habitación de su hija y trató de consolarla; sin embargo, Lucrecia la miró con desprecio y rabia.
Al día siguiente cuando Diana cocinaba para su hija y su yerno, Lucrecia cogió un palo y se lo iba a estrellar en la cabeza de su madre; pero la fortuna intervención de la mano de don Benito evitó el golpe mortal. Volteo doña Diana y dijo:
- Pobre mi hija, está mal de la cabeza.
- Pobrecita, no sabe lo que dice
Eulogio, apodado “El compadre Gallinazo”, era un Joven de Test blanca de ojos verdes, tenía amistad con doña Teodolinda, una mujer que tenía pacto con el diablo; ella atendía muy bien al llamado “Compadre Gallinazo”, cuando llegaba a su casa. Un día le dijo:
- Mis felicidades “Mi querido compadre gallinazo”, porque ha elegido la novia más bella del pueblo.
- Tómense una copita más de vino para su camino
Al día siguiente ambos amanecieron mal con terrible dolor de estómago, que no les admitía alimento alguno. Después de tanto padecer ambos esposos fallecieron cogidos de la mano, sabiendo que su amor los arrastró a tal destino. Sus familiares lamentaron sus muertes.
Los esposos fueron enterrados en el cementerio de Parcoy, uno junto al otro como siempre soñaron estar por la eternidad.
Esa tenebrosa noche de invierno, los perros aullaban y la sirena de una ambulancia gemía por la avenida panamericana, era un día viernes en que Jhon agonizaba debido a un accidente y era conducido de emergencia a un hospital de Pacasmayo.
-Si no hubiese ido a esa fiesta, mi hijo estuviera bien, ¿Por qué tuvo que ir con esos amigos? Cuantas veces le aconsejé que no se reuniera con ellos- Decía doña Claudia, mientras gruesas lágrimas caían por su lánguido rostro.
-Todo va a estar bien mujer, nuestro hijo es fuerte y pronto se pondrá bien, no te preocupes.
- No lo sé, Jaime, dice el médico que está en coma.
Un día lunes un pastor evangélico tocó a la puerta y Jhon abrió molesto.
-Joven, Buenos días, dispone de tiempo para hablarle de la palabra de Dios.
-No señor, yo soy un hombre muy ocupado, en quince minutos debo reunirme con mis amigos.
- Pero joven, solo cinco minutos necesito para predicarle de Jesús.
- Sabe señor, yo sé de Jesús, porque en la escuela me han enseñado sobre él, así que ahora no necesito que me hable Dios.
- ¿Dónde está mamá? – le preguntaba Juanito a Mariluna aquella tenebrosa madrugada de invierno en que ambos niños no podían dormir porque estaban frente a la avenida panamericana y el ruido de los carros era continuo. Aquel lugar no era como su casa, donde vivían con su madre.
- Debe estar en nuestra casa, hermanito. Mañana vamos a verla temprano.
- Así me dijiste el viernes, han pasado varios días y tú no me llevas para abrazar a mi mamita:
-Mami, yo quiero verte, extraño tus caricias, tu sonrisa, tus cánticos, tus juegos y tu comida. Dijo el pequeño, mientras las lágrimas rodaban por sus tristes mejillas. La puerta se abrió de súbito e ingresó Jhon , el padre de ambos niños, quien dijo: Mariluna pon sus zapatos a tu hermano, que vamos a ir de compras. De pronto se escuchó una agonizante voz que corría por la calle Ladislao Espinar: - ¡Mamá, mamita! ¿Dónde estás?
El pueblo abrió un sendero y el jadeante niño ingresó, abrazó a su padre y preguntó:
- ¿Qué haces aquí, papito? ¿Por qué toda esta gente está contigo?
¿Qué has hecho, papacito? ¿Por qué están atadas tus manos?
-¡Nada hijito! Regresa a casa y cuida a tu abuelita Claudia.
- ¡No temas! Pronto estaré con ustedes.
El pequeño fijamente miró a la gente y comprendió lo que estaba sucediendo. Lentamente se desprendió de la cintura de su padre y sollozando dijo:
- ¿Por qué quieren quitarme a mi padre?
¿A quién le mostraré mis buenas calificaciones?
¿Con quién voy a jugar mañana? Mi mamita está en el cielo. Muchos de los presentes estaban acongojados ante el drama del niño; los lánguidos ojos de Jhon se llenaron de lágrimas que rodaron por sus mejillas como dos gotas dolidas de rocío hasta mojar los cabellos de su pequeño hijo; su cuerpo tembló por un instante, cayó de rodillas y con angustiante voz clamó:
-Señor, Dios de los cielos, Perdóname padre, por haber cometido tanto pecado, por no haberte escuchado cuando me predicaban tu palabra. Perdona a toda nuestra descendencia y que se rompa toda maldición hasta la cuarta generación y prometo servirte hasta los últimos días de mi vida. Fue así que una luz cayó desde el cielo sobre la cabeza de Jhon , cayendo de bruces. Luego fue llevado a la cárcel, cumplió su condena. Así estuvo Jhon recordando todas sus fechorías en su lecho de moribundo. Después de un mes de sufrimiento y dolor pudo recobrar la salud. Y hoy es un gran predicador, por la gracia de Dios.
Zaminda -2017.

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